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Beber en cuarentena

La compra de alcohol ha aumentado durante el confinamiento por la COVID-19, según datos de consumo, aunque esto no significa que haya habido un incremento del consumo poblacional, ni que éste desemboque en hábitos que requieran atención. Sin embargo, diferentes profesionales de las conductas adictivas apuntan que es probable que haya un incremento de demandas de ayuda y recaídas de personas que ya tienen problemas con el alcohol, cuya atención se ha adaptado a la situación sanitaria. El alcohol, una sustancia psicoactiva depresora que frecuentemente se utiliza como anestesiante, y que puede sustituir otras drogas menos accesibles, es la primera droga (legal) de uso problemático en Catalunya.

Son las siete de la tarde de un miércoles de abril y, como estamos a mitad de semana, una semana que es igual que la anterior, Álex se premia por lo bien que lleva el panorama, abriendo una primera lata, que pronto invita a alguna más, mientras juega en el ordenador. El jueves es el verdadero punto muerto de una semana laboral descafeinada, porque Álex ahora tiene menos trabajo. Desconecta. Cae una birra. Los viernes son viernes, y está claro que el viernes se sale. Álex solía hacer unos quintos con sus colegas los viernes, pero ahora no puede, así que se los toma durante una videollamada, que empalma con unas copas con su pareja en el sofá. Los sábados, momento íntimo donde los haya, es la celebración legítima del relax. Un ritual. Se curra algo para cenar y escoge un vino con impostura sibarita. Copita. Más de una.

El domingo media docena de botellas se hacina en una esquina del suelo de la cocina, mientras la basura rebosa de latas de cerveza. Y Álex no sabría decir cuándo las compró.

A mediados del confinamiento por la pandemia de la COVID-19, se incrementó la compra de alcohol en supermercados. Lo indican los datos del Ministerio de Agricultura, Pesca y Alimentación, que apuntan que entre el 6 y el 12 de abril aumentó un 86,5 % la compra de cerveza, un 73,4 % la de vino y un 93,4 % la de bebidas espirituosas, en comparación con la misma semana del año anterior.

Pero estos datos por si solos no quieren decir nada.

Así lo sostiene Jordi Bernabeu, psicólogo especializado en adicciones del Hospital Althaia de Manresa, que aboga por contener los discursos de alarma. “Somos incapaces de asegurar lo que ha pasado, más allá de que las formas de consumo han cambiado. Quizás se haya distribuido el consumo y lo que antes se bebía en los bares ahora se beba en casa”. En la misma línea se pronuncia Joan Colom, subdirector de Drogodependències de la Generalitat de Catalunya: “Puede que incluso haya bajado el consumo poblacional si contamos todos los tipos de locales de ocio cerrados. No me atrevería a decir que ha aumentado, aunque habrá quien era bebedor y lo llevaba escondido, porque tenemos mucha tolerancia social al alcohol, y ahora ha visibilizado el problema. En todo caso, estamos haciendo una encuesta para conocer cómo han sido los cambios de consumo, y ya hay más de 40.000 respuestas. Pronto estarán los resultados”.

Un cambio es lo que experimentó Julia —nombre ficticio—, enclaustrada en su piso alquilado de Barcelona, cuando comenzó a ver que los días pasaban. La primera semana, Julia se tomó la nueva situación con deportividad, estoica, pero pronto comenzó a tener insomnio y, cuando conseguía vencerlo, le asaltaban las pesadillas. Para afrontarlo, “al principio bebía infusiones”. “Luego comencé a beber alcohol para dormir y lo mezclaba con dormidina”, cuenta. No ayudó que su empresa hiciera un ERTE por la reducción de actividad, uno de los cuatro millones que se han hecho en el Estado español durante el estado de alarma. “El ERTE me angustia mucho, me da miedo que al final acabemos en el paro, aunque también he llevado fatal no haber visto a mi pareja”, apunta Julia.

Oriol Esculies, director de Projecte Home en Catalunya, señala que el alcohol “es un depresor del sistema nervioso central”. “Aunque en un primer momento puede ser euforizante, es una sustancia que relaja, tranquiliza. Es posible que estando en casa ahora, con el nerviosismo, la angustia o la soledad, las sustancias como el alcohol, que además tiene mucho azúcar, nos encajen bastante”, completa.

Nora y Josep viven en Girona, con su hijo de dos años. Los dos teletrabajan y se turnan la jornada laboral para cuidar del pequeño. “Hasta que no dejaron salir a los niños, nos agobiamos mucho. Estábamos todo el día pendientes de él [su hijo], no sabíamos qué más inventarnos para entretenerlo y notábamos que la situación le afectaba, porque lloraba más de lo normal”, cuenta Nora. Un semillero para el estrés, entre juguetes de interés agotado y persistentes llamadas de atención, en un piso con un balcón precario. “Durante esos días yo creo que he bebido más para relajarme, sobre todo por la noche”, apunta. Tanto ella como su pareja coinciden en que han incrementado el consumo durante las comidas pero Josep difiere de Nora: “Bebo más vino porque nos reunimos en la mesa. Pero he bajado el consumo de cervezas, porque no salgo”.

El que ha aumentado de forma clara el consumo es Álex —nombre ficticio—, que ya bebe por placer asiduamente. “A mí me gusta beber, y nunca he pensado que pudiera ser un problema, pero reconozco que algo ha cambiado”, comenta este vecino de Sabadell, que vive de alquiler con dos personas más. “Creo que durante la cuarentena he bebido para hacer el momento diferente, íntimo, cuando me tomo una copa con mi pareja. Toda la semana es igual, todos los días se repiten, me han caído los ingresos, cosa que me raya bastante, estoy estresado y ese momento me relaja y es como muy mío”, explicaba a comienzos de mayo.

Más allá de sus paréntesis, Álex asegura que también ha bebido para hacer como que todo es normal. “Como que sigo saliendo y relacionándome, y hago videollamadas donde todos bebemos, porque esto es así, ya lo damos por hecho. Pero cuando veo que el pack de 24 cervezas que compré hace unos días ha caído enterito, me doy cuenta de que yo no salía todos los días. Al final, me acabo buscando excusas para pillar una lata. También es verdad que como tengo pocos encargos de trabajo todo es más lento, nadie te espera”, observa.

Porque durante el confinamiento el tiempo transcurre de otra forma. Según el antropólogo José Mansilla, “hemos rediseñado nuestros rituales, que son los que le dan sentido a la cotidianidad: levantarse, tomarse el café, ir a trabajar, volver, etc”. “Y en muchos de los rituales aparece el alcohol, por ejemplo haciendo el vermut, que es un ritual que ayuda a construir el tiempo de ocio. Ahora mismo estos rituales, esta nueva construcción del tiempo que no van tan ligada al tiempo lineal que marca el trabajo, implica nuevas pautas de consumo”, explica. En ese sentido, Mansilla apunta que la cuarentena no implica aislamiento: “De hecho, las relaciones en muchos casos se han intensificado, mediante las videollamadas. Y el alcohol es un lubricante de las relaciones sociales, es un facilitador para que éstas se lleven a cabo”.

Uno de los factores que explican su omnipresencia.

Hasta un 77 % de la población del Estado español consumió alcohol a lo largo del año, según un estudio del Observatorio Español de las Drogas y las Toxicomanías del año 2018. El mismo documento apunta que un 9,3 % lo hizo de forma diaria en los 30 días anteriores. El índice de consumo es mayor entre hombres de clase socioeconómica baja, señalan datos del INE. En 2017, el consumo de alcohol movió una industria de 7.585 millones de euros en el Estado español, indica un informe de la Federación Española de Bebidas Espirituosas (FEBE). El 0.12 % del PIB. La fundación Projecte Home informa que en 2018 aumentó en siete puntos el consumo en Catalunya.

“El alcohol es la sustancia que más atención demanda, la primera droga de uso problemático en nuestro país”, apunta Jordi Bernabéu. Datos del Departament de Salut señalan que cada año hay 14.000 personas que inician un tratamiento por adicción, la mitad de ellas por consumo de alcohol. Un informe de 2017 de la Encuesta Europea estandarizada sobre alcohol (SEAS) indica que el 22,8 % de los catalanes ha hecho un consumo de riesgo en los 12 meses anteriores, y un 8,2 % tiene un trastorno vinculado al consumo. Gran parte de los usuarios son hombres, aunque según la psiquiatra Elisabet Tasa, residente en el Hospital General de Vic, “esto no es tanto por el consumo sino por las barreras que las mujeres tienen para pedir ayuda: un doble estigma por ser consumidoras y además no cumplir el ideal de feminidad, lo que se espera de ellas como mujeres, que hace que, por ejemplo, enseguida se cuestione su validez como madres, sobre todo las mujeres de mediana edad con familia”.

“No le pienso decir que quieres hablar con ella de esto, que se va a cabrear. Va a decir ‘¿Qué vas diciendo tú por ahí de mí?’. En serio, que no quiero una crisis”, dice un conocido, refiriéndose a su pareja. “Ponme otro nombre en el artículo, eh, a ver si ahora van a pensar que me paso el día bebiendo”, apunta Álex.

El alcohol está muy normalizado mientras no te pases, y bebas en contextos compartidos. Si parece que se te va la mano, se pasa del proselitismo del consumo al estigma. Hasta 1990 aún se podía servir alcohol a menores de edad en los bares, “y el alcohol se promueve desde instituciones como la familia y la administración, mediante las fiestas mayores, por ejemplo”, apunta Bernabéu, pero la imagen estereotipada del alcohólico tambaleándose junto a una tragaperras, con la camisa manchada y una barba de tres días, diluye la complejidad.

Un cumpleaños, una comida de trabajo, un reencuentro. Raro es que no se consuma cuando todo invita a hacerlo. Y normalmente, se queda ahí. Porque el alcohol comienza a ser un problema cuando se usa como recurso, como refugio, y comienza a dar indicios de celeridad cuando se produce en soledad.

Según Jordi Bernabéu, “puedes estar mal porque bebes, pero normalmente el consumo problemático de alcohol tiene que que ver con la gestión del malestar previo”. “Las drogas siempre acaban viéndose como un objetivo finalista, cuando hay personas que también tienen trastornos depresivos”, ahonda. Elisabet Tasa explica que hay diversas teorías en psiquiatría que intentan abordar el consumo: “La escuela más psicodinámica dice que las drogas son deseo, que nos inyectamos deseo, mientras que la Hipótesis de la automedicación sostiene que algunas personas comienzan a consumir una sustancia a la que potencialmente se harán adictos porque piensan que los ayuda con una serie de síntomas. Frecuentemente, las personas adictas a hipnosedantes como el alcohol son gente con tendencia a la ansiedad, mientras que mucha gente que llega con adicción a estimulantes, como la cocaína, que imita a la dopamina, son TDAH sin diagnosticar”.

Para Oriol Esculies, “el consumo problemático suele estar relacionado con una mala gestión de las emociones, cuando bebes sistemáticamente ante situaciones que te provocan ansiedad y no generas herramientas para afrontarlas”.

Unas emociones que están codificadas culturalmente.

“Nuestra cultura está impregnada por la inmediatez, el miedo a la desaceleración y a la frustración, lo que no hace extraño que malestares típicos de hoy en día sean de la esfera de la ansiedad y la depresión”, sostiene Elisabet Tasa. “Y si estamos tristes frecuentemente no esperamos a ver cómo evolucionamos, sino que creemos que tenemos que hacer algo, ponerle remedio enseguida, así que una de las cosas que se puede hacer es consumir, mientras que otras personas optan por ir a que le receten ansiolíticos, y otras hacen deporte compulsivamente”, desarrolla.

En el Estado español, el consumo de antidepresivos aumentó en un 14,75 % entre 2012 y 2016, señala un informe de Círculo de la Sanidad, que apunta que la crisis económica tuvo influencia en el consumo. Entre el año 2000 y 2013 aumentó un 57 % el consumo de ansiolíticos, indica la Organización de Consumidores y Usuarios (OCU). Unas cifras que sitúan a España entre los estados con más consumo de los países de la CEOE. “Parece que también han aumentado las recetas y venta de ansiolíticos durante en confinamiento”, apunta Bernabéu. Pero aún no hay datos fiables.

Según Elisabet Tasa, “actualmente tenemos una intolerancia total hacia las emociones negativas: no dejamos a la gente estar triste, porque cuando estás triste no eres productivo y tienes que apartarte del engranaje de productividad durante un tiempo, aunque la tristeza probablemente tenga una función evolutiva”. “Eso no significa que no haya gente que necesite atención y tratarse una depresión, pero estamos en un punto en el que incluso se están medicalizando duelos. Hemos desterrado el malestar”, remarca. Por lo que el consumo de alcohol, que también afecta a las vías de la serotonina, la hormona de la felicidad, no desentona.

Antes del estado de alarma, Julia bebía una o dos copas de vino a la semana y, cuando salía, algún gintonic. Nunca bebía sola. Durante el primer mes de encierro, cuando aún no había ningún horizonte, comenzó a beber dos copas cada noche. A veces más. “Yo he bebido porque no tenía porros, así de claro”, espeta Julia. “Pero ahora estoy reduciendo el consumo, porque empecé a preocuparme. Me hago claras y bebo por la tarde”, añade. En la misma línea se pronuncia Álex: “He comenzado a sustituir algunas cervezas por agua con gas porque esto no puede ser, pero es verdad que estamos en desconfinamiento y ya no estoy tan agobiado”.

El psicólogo Jordi Bernabeu destaca que “para que un consumo sea problemático tiene que perdurar en el tiempo”. “Yo creo que tenemos capacidad para autorregularnos”, asevera. Según Oriol Esculies, “no vas a desarrollar una adicción en unas semanas, grado más alto de dependencia en el que te encuentras mal si no bebes y todo se desmorona, pero tenemos que vigilar que no haya personas que se hayan situado en un consumo de riesgo, que no afecta al desarrollo de tus actividades ni a tus relaciones, ni a la salud, ni a la economía, pero que si sigue así puede llegar a hacerlo”, sostiene. “La línea entre el consumo de riesgo y la dependencia es muy fina”, añade Tasa.

Una situación frágil

“El trabajo duro comenzará cuando esto acabe. Habrá gente que venga a pedir ayuda por una recaída y otros cuyo consumo no era de dependencia, pero que con el confinamiento la han desarrollado”, explica Oriol Sànchez, enfermero de la Unidad de Conductas Adictivas del Hospital de la Santa Creu i Sant Pau de Barcelona. Sànchez trabaja en el dispensario de sustancias para tratar la adicción a los no opiáceos, entre ellos el alcohol, aunque durante los meses de confinamiento también ha llevado la ventanilla de la metadona.

En el Sant Pau, a día de hoy, solo se pueden barajar hipótesis, porque el propio confinamiento ha hecho que mucha gente en tratamiento no haya acudido a los controles ni a por medicación. “Lo que sí puedo decir es que de los 80 pacientes que venían los lunes a mi ventanilla habrá estado viniendo un 20 %. Muchos de los otros nos llaman y nos explican cómo lo llevan, pero lo normal es que el que esté mal no llame, aunque ya he hablado con varios que han recaído. Habrá un porcentaje importante tanto en el alcohol como en la cocaína que habrá recaído. Y entre los ciento y pico que vienen a por metadona por consumo de heroína, que sí vienen todos, se nota el consumo de alcohol”, desarrolla el enfermero.

En pleno confinamiento, el cannabis aumentó su precio, mientras que la cocaína se situó entre los 70 y 80 euros el gramo, dependiendo de la zona y el proveedor. El alcohol continúa siendo omnipresente y adaptado a todos los bolsillos. “Es la droga puente”, puntualiza Oriol Esculies, director de Projecte Home. “Por eso intentamos que las familias de los pacientes no entren alcohol en casa. Los consumidores de cocaína y cannabis pueden recaer a través del alcohol”, añade.

Una cuarentena no es nunca la situación ideal, pero aún menos para mantener un tratamiento. “Cuando se trabaja una adicción, la persona comienza a establecer nuevas dinámicas, nuevas rutinas que le organizan, que frecuentemente incluyen el deporte y las relaciones con un entorno sano, que no esté vinculado al tóxico. Dinámicas que de pronto se las rompes. Además, el confinamiento en sí es un factor de riesgo, comienzas a darle vueltas a la cabeza, porque no sabemos aburrirnos y necesitamos estar hiperestimulados, por eso algunos se han arriesgado a contagiarse o a que les pare la policía y han seguido viniendo”, explica Oriol Sànchez. “Si la persona es frágil y el entorno ahora también es difícil, el esfuerzo es doble. Una de las recomendaciones en el tratamiento por adicción es que no te aísles, y ahora estar encerrado dos meses solo o con tus padres, con los que no dejas de discutir, es difícil de manejar. Muchos de los chavales con los que hablamos están angustiados y tienen muchas ganas de consumir, por lo que parte de las terapias van dirigidas a gestionar la situación en casa”, añade Oriol Esculies.

En Catalunya, actualmente hay 63 Centros de Atención a personas con Drogodependencias (CAS), 14 salas de consumo, 14 pisos de reinserción y 17 comunidades terapéuticas. Gran parte del tratamiento por una adicción se hace en casa.

Álvaro bebía con animosa frecuencia desde hacía veinte años y, más allá de alguna “liada puntual”, no tenía grandes problemas. Aun así, lo intentó dejar alguna vez, pero siempre volvía a beber. “Hasta que en febrero tuve un accidente con el coche y valoramos con mi mujer que debía entrar en Proyecto Hombre”, cuenta este vecino del Vallès Occidental. Cien días más tarde de tomar la decisión, Álvaro asegura que el confinamiento le “ha venido bien”, en todo caso. “Yo no he hecho un confinamiento súper estricto, he trabajado, y como todos los bares estaban cerrados, no he tenido tentaciones. Sí puede ser que haya tenido algún momento más de tensión en casa, pero es lo que tiene convivir tantas horas”, explica. 

“La visión que yo tengo de las personas que ya tienen un problema previo y que tenemos en tratamiento es bastante positiva. Muchos de ellos están usando el confinamiento como espacio de contención. Aunque también es verdad es gente que lo tiene muy trabajado”, señala Jordi Bernabéu.

Emilio nombre ficticiofue consumidor problemático durante más de cuarenta años. “Salía a media tarde del trabajo a por coca colas, y le echaba whisky a la mía. Así me llevaba el cubata hecho y nadie lo notaba”, rememora. Hoy, cinco años después de que ingresara en la Unidad de conductas adictivas del Sant Pau, condicionado por una diabetes y, posteriormente, por un cáncer de laringe, no ha tenido ninguna recaída. “Las ganas de beber existen siempre, eso es algo que no desaparece, es para toda la vida, pero a veces te vienen más y a veces menos. Vivo con mi mujer y en mi casa hay bebidas alcohólicas, convivo con el alcohol, pero sé que si algún día toco algo puedo recaer, por eso tengo una gran rigidez y hago solitarios que me relajan”, asegura Emilio, que sí que ha hecho el confinamiento a rajatabla. 

Una vez desarrollada la dependencia no hay marcha atrás y la abstinencia es el terreno de seguridad que no alimenta los circuitos del cerebro que han aprendido a no saber parar. “A mí me está yendo bien, pero es verdad que yo estoy tomando Antabus, y sé que si bebo puedo tener un susto”, cuenta Álvaro, refiriéndose a un medicamento de suministro controlado, que provoca un desajuste en el organismo si se ingiere alcohol, dándote un mal viaje al hospital entre náuseas. Uno de los medicamentos que se utilizan para controlar la abstinencia los primeros meses, mientras se realiza el trabajo emocional. “Aún estoy en el proceso de saber qué me ha llevado a beber, porque no he tenido una vida especialmente difícil”, puntualiza Álvaro. “Por eso valoro las videoterapias”, añade. 

Durante el estado de alarma, la atención por drogodependencias se ha adaptado a las restricciones, en un contexto en el que los servicios sanitarios han estado centrados en la COVID-19. “En el Sant Pau hemos mantenido las horas de atención ambulatoria, pero el hospital de día y la sala de desintoxicación han estado cerradas. Además, la desintoxicación por alcohol es muy agresiva, hay que monitorizar a los pacientes”, comenta Oriol Sànchez, haciendo referencia a las consecuencias del síndrome de abstinencia dura, que causa desde deshidratación y temblores hasta el delirium tremens, un síndrome potencialmente mortal, que provoca alucinaciones y taquicardias, entre otros. “Aparte de tocar vías dopaminérgicas, como todas las adicciones, el alcohol afecta a diversos neurotransmisores depresores, que disminuyen su producción natural para que no entres en coma etílico. Cuando hay abstinencia se produce un desequilibrio, porque al cerebro no le ha dado tiempo a reorganizarse”, explica Elisabet Tasa.

Según el subdirector de Drogodependències, Joan Colom, “estos meses se ha mantenido toda la red de atención de forma telemática y también las salas de venopunción, aunque con un tercio de la ocupación”. Colom detalla que “las salas hospitalarias se destinaron a la COVID-19, pero si había un ingreso urgente, esa persona entraba en la unidad de psiquiatría del hospital. Cerramos los centros de día y la sala de Café y Calor. Pero se están reabriendo progresivamente las salas de unidades hospitalarias de desintoxicación y las de patología dual”.

La Fundación Projecte Home ha estado trabajando con el Departament de Salut para abrir un centro residencial provisional porque “ya de por sí hay mucha gente demandando ayuda”. “Hasta ahora no podíamos entrar en el centro terapeútico de Montcada i Reixac, para que no entrase el virus, porque aunque no tenemos gente mayor sí tenemos gente muy tocada por el uso de las drogas, con problemas hepáticos y del corazón. En el nuevo centro, los pacientes pasarán la cuarentena en habitaciones individuales y se les pasará el test del PCR. Si en cinco días dan negativo, ingresan en el centro terapeútico”, explica Oriol Esculies, que hace hincapié en la necesidad de que sigan llegando Equipos de Protección Individual (EPI). “Esto durará mínimo seis meses, pero en algún momento, no solo en tema de drogas, también en salud mental o en las residencias de ancianos, habrá que volver a la normalidad”, apunta. 

Una normalidad que se compone en algunos casos de listas de espera de atención a adicciones “de más de cuatro meses”, manifiesta Oriol Sànchez. Listas que quizás se verán abultadas. “Hasta septiembre no podremos saber qué ha pasado, porque ahora llega el verano, que ya de por sí es una época difícil, con mucha presencia pública del alcohol y con reducción de la atención, como también pasa en Navidad. Y en estos periodos los consumos se disparan”, advierte el enfermero. Según Esculies, “probablemente en medio año habrá un crecimiento de las demandas de ayuda por adicción y atención psicológica”. 

Tampoco ayuda el panorama socioeconómico que se está abriendo, que ya se deja entrever en las colas del hambre de ciudades como Barcelona y Madrid, y los datos de desempleo creciente. Situación que, previsiblemente, afectará a los consumos. “No sabemos qué pasará, pero sí es cierto que en épocas de depresión social se disparan los trastornos de tipo internalizante, como la depresión, la ansiedad o la tristeza, y en estas épocas las drogas siempre cumplen una función”, sostiene Jordi Bernabéu. “En los años 80 la heroína entró progresivamente en el Estado español en un momento en que la situación vinculada al paro, especialmente entre la población joven, era muy dura. No se pueden establecer relaciones causales, no por estar en paro beberás más pero sí que en épocas de desocupación en general se consume más”, apunta. 

Pero a día de hoy, a principios de junio, en plena desescalada de un confinamiento de dos meses y medio, no se puede asegurar nada. 

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