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Txarango y el privilegio de un mundo sin fronteras

Definitivamente, seguimos yendo a la deriva. Y lo que nos queda. Esta es la conclusión a la que llego después de ver varias veces el videoclip del grupo musical Txarango que lleva este nombre, “A la deriva”.

Miro este videoclip desde mi perspectiva de mujer afrodescendiente, pero también desde la mirada crítica que me proporciona mi trabajo desde el antirracismo, que implica deconstrucción permanente de todo lo aprendido, y que me permite ver determinados comportamientos y criticarlos. Y al criticarlos me convierto yo en la criticada, porque veo cosas que muchas personas blancas no ven y entonces me culpabilizan a mí, porque hilo muy fino.

El vídeo de Txarango me genera malestar. Aunque no es el vídeo en sí lo que me genera malestar, sino las dinámicas que el vídeo pone de manifiesto con las que yo me relaciono, así que intentaré usar estas líneas para explicarme.

Como me cuesta decidir por dónde empezar, lo haré por la letra. Como himno de esperanza y cambio suena bien. Para personas blancas, claro. Aun así, yo lo escucho y oigo muchas expresiones que no me dan el pego, y me recuerdan a la pose de muchas personas (blancas): tienen un discurso de alianzas para romper el sistema, pero forman parte de él y no son conscientes de que, más allá del discurso, sus acciones perpetúan el sostén del sistema. Este sistema se refuerza cada vez que desde el activismo antirracista se señala una conducta racista y el mecanismo de fragilidad blanca se pone en marcha, percibido como una acusación y un ataque en vez de una oportunidad para (des)aprender y crecer. Se refuerza cada vez que se invisibilizan las injusticias que sufrimos, detrás de lemas como “todos somos personas”, “yo no veo colores” o gritando que “las fronteras no existen”. Se refuerza cuando nos dicen a las personas afro que insistimos demasiado en la necesidad de ver colores… Ignorando que sin ver los colores de las otras personas no se puede formar parte de la solución. La discriminación por color de piel es real. Decir que no existe es, de nuevo, un privilegio que tienen las personas blancas, ya que a ellas no se les niega un trabajo, una vivienda o el acceso a determinados espacios.

A mí, como mujer afrodescendiente, oír nombres como Víctor Jara o Rosa Parks descontextualizados (y apropiados) me da pereza. O rabia. Ya no lo tengo claro. Y cuando no es Rosa Parks, es Angela Davis. Y cuando no es la Davis, es Martin Luther King, por comparar su lucha con cuestiones que no tienen nada que ver, como pasó en octubre del 2017 cuando Quim Torra comparó el procés con la lucha de la población afroamericana en Estados Unidos. Me cansa y me harta que no se vea que estas luchas no son compartidas, y aunque me parece bien y acepto que sean referentes universales, hay una línea muy fina que separa la alianza con otras luchas y la suplantación. Y esto hay que cuidarlo mucho.

Otro de los motivos que me genera malestar es esta idealización del mundo sin fronteras y del privilegio que desprende. Sólo se puede hablar de un mundo sin fronteras si eres blanco y vives en Occidente. O si vives donde sea y tienes un pasaporte europeo que te abre puertas, cuando a muchas personas tener un pasaporte africano, o de otro territorio del sur global, les supone obstáculos y más obstáculos. Para muchas personas, el mundo no es un lugar maravilloso y sin fronteras. Para muchas personas, sobre todo si no son blancas, los países se convierten en fortalezas donde no eres bienvenido.

Sólo se puede hablar de un mundo sin fronteras si eres blanco y vives en Occidente.

Es maravilloso que Txarango exprese este deseo de vivir en un mundo sin fronteras, y me gustaría dejar claro que no responsabilizo al grupo de las políticas migratorias o la externalización de las fronteras. Lo que sí quiero poner de manifiesto es que, como parte del proceso de deconstrucción propia, es necesario aprender sobre cómo las fronteras se convierten en instrumentos de los Estados para negar derechos a las personas (a las personas, no a las mercancías ni a las materias básicas). Sólo hay que ver cómo Europa refuerza su frontera sur en Ceuta y Melilla instalando vallas con hojas cortantes donde mucha gente se deja la piel y la vida, literalmente. O cómo permiten que miles de personas mueran en el Mediterráneo, que ya es una fosa común de demasiados cuerpos negros anónimos, y no parece que tenga que dejar de serlo en el futuro más cercano.

Sólo hay que ver cómo los países de la Unión Europea se pasan la responsabilidad de acoger barcos llenos de personas africanas como si fueran una patata caliente, lavándose las manos y eludiendo todo tipo de responsabilidad. Mientras esto sucede, sí, es muy bonito cantar para un mundo sin fronteras donde nadie sea ilegal. De verdad que es genial, pero fuera de la música debe traducirse en acciones, y esto es lo que falta. Porque de gente anónima, como los integrantes de Txarango, tenemos a patadas en Catalunya, con mensajes reivindicativos de alianza, pero que a la hora de pasar a la acción y ser verdaderamente antirracistas ya se lo piensan un poco más. Mojarse cuesta por la deconstrucción que implica, y porque conlleva aceptar una interpelación que incomoda.

Por otro lado, esta libertad de movimiento de la que habla la canción genera la falsa ilusión de que el mundo te pertenece. Y dentro de esa dinámica expansiva se producen fenómenos de apropiación cultural, la utilización de personas diversas de forma testimonial (como se hace en el video) y sin un papel de peso, porque se trata de personas de colectivos discriminados. A eso se le llama tokenismo, la imposición de la salvación blanca y, en los casos más flagrantes, el extractivismo de distintas vertientes (cultural, espiritual, recursos, etc).

A pesar del análisis que estoy haciendo, entiendo el propósito del videoclip de Txarango: mostrar que todos somos personas y todos somos iguales. Es el eslogan que se ha usado mucho estos días entre las personas que mostraban su apoyo al movimiento Black Lives Matter después del asesinato de George Floyd. Todos somos personas, todos somos iguales. De nuevo es un enunciado controvertido, porque evidentemente todos somos personas pero no somos iguales: la sociedad, tal y como está estructurada, no nos trata igual. Y esto también se ve en el videoclip.

Es cierto que aparecen personas diversas. Aun así, la escena me conecta con la publicidad de United Colors of Benetton. De nuevo, aparece ese tokenismo que utiliza la alteridad, pero el centro lo siguen ocupando personas blancas. En el caso de Txarango es comprensible, al fin y al cabo es su videoclip. Pero esta actitud me recuerda a las formas de hacer de aquella gente que se desplaza a territorios del sur global en viajes de cooperación y voluntariado y se sitúan en el centro de la narrativa, usando las personas autóctonas como si fuesen atrezzo de sus fotos. O también me recuerda cómo, en muchas ocasiones en Occidente, se incluye la presencia de personas muy discriminadas en debates y actividades sin que tengan oportunidad de decir demasiado: simplemente están para que no se pueda decir que no están y evitar la acusación de discriminación.

De nuevo, este comportamiento conecta con esta necesidad de explorar el mundo desde el privilegio, de desplazarse a zonas empobrecidas del planeta a vivir una experiencia trascendental y transformadora, como si esto no se pudiera vivir en un entorno más cercano. Y así Txarango se va hasta la India para traernos unas imágenes donde se romantiza la situación de las personas que aparecen, que es algo que hacen habitualmente las personas que viajan a estos países.

Yo, ante estos viajes y ante esta necesidad de usar la India como parque de atracciones espiritual, propongo alternativas… Y así neutralizo un poco la sensación de queja poco constructiva que algunas personas que me estén leyendo puedan tener. Veamos.

La primera es dejar de romantizar sitios empobrecidos como destinaciones de transformación personal. Si tienes que volar más de 6.000 kilómetros y dejarte mucho dinero para cambiar tu vida, debería saltarte alguna alarma. Además, toma conciencia del privilegio que supone (de raza y de clase) que puedas viajar al otro lado del mundo para tomarte una temporada sabática lejos de tu rutina habitual y replantearte tu vida.

Si tú eres una persona que tiene la necesidad de viajar tan lejos para ayudar, o para mostrar otras realidades, yo querría que tuvieras presente que a tu alrededor, en tu comunidad, en tu barrio o en tu ciudad también hay realidades que necesitan ser atendidas y que “ayudar” no tiene por qué estar relacionado con viajar lejos, con hacer la inversión económica que conlleva. Como si aquí al lado no hubiera proyectos con los que cooperar. O como si sumara más puntos cooperar en el tercer mundo que hacerlo en el comedor social del barrio.

Valóralo. Quizá no haya que viajar hasta la India para participar en un proyecto de cooperación. Así nos ahorraremos las imágenes estereotipadas que siempre nos llegan desde allí; porque imágenes de niños corriendo descalzos o bañándose en el río, o de tuk tuks conducidos a velocidades que nos hacen pensar en imprudencias y riesgos, ya hemos visto demasiadas. El problema aquí es que participar en los proyectos de barrios humildes de Catalunya y enseñar a los chavales corriendo y jugando es un poco más complicado, ya lo sabemos, por el tema de la protección a la infancia y adolescencia y por el derecho a la intimidad. Parece que este es un derecho de los niños en Occidente, pero en otros sitios no es tan relevante y podemos exponerlos. Y así aparecen todas las fotos de los viajes a África y a la India llenas de niños rodeando una persona blanca, que es, de nuevo, el centro. Y estas imágenes se comparten en todos sitios: Twitter, Facebook, Tinder… Y no importa. Porque no son niños de aquí. ¿Nos lo podemos ahorrar? Yo creo que sí.  

Si tienes que volar más de 6.000 kilómetros y dejarte mucho dinero para cambiar tu vida, debería saltarte alguna alarma.

Además, ten en cuenta esto también. Si te ahorras el viaje, te ahorras unos eurillos. Entonces, toda la inversión que implica hacer un viaje así la puedes destinar a algún proyecto local y de proximidad. Esta también es una alternativa interesante a tener en cuenta. En vez de ir a África a ayudar, como si no pudieras hacerlo cerca de casa. Mucha gente piensa en ahorrar para pagar un viaje que les llevará lejos, a un entorno distinto y con una barrera idiomática que también es un reto. Me gustaría saber cuántas personas se plantean ahorrar y, ya que quieren ayudar, dar parte de los ahorros a proyectos locales para personas en riesgo de exclusión. Pensemos en la doble moral que conlleva querer ir a otros territorios a ayudar y no informarse sobre proyectos cercanos.

Más cosas. Tal vez, y ya que decidieron viajar a la India, los integrantes de Txarango podrían haber aprovechado para hacer una colaboración con músicos locales. ¿No queremos buscar un mundo nuevo juntos? Pues tener en cuenta las personas de los territorios que visitamos y convertirlos en protagonistas también es una forma de conseguirlo. Así sí que construiremos juntos, como dice la canción. Porque de lo contrario no venimos a romper los marcos, sino a confirmarlos. A mí me hubiera parecido más interesante, novedoso y sobre todo respetuoso. Porque si no perpetuamos la imagen de siempre: el hombre blanco que llega a un país del tercer mundo, hace lo que quiere y se va sin preocuparse de lo que sucede allí, ni del impacto que ha supuesto su irrupción en este territorio. Ha sido así desde la colonización, y por lo que parece no hay previsiones de cambio. Estas son las actitudes y dinámicas relacionadas con la colonización de las que hablaba al principio del artículo, y que critico desde mi mirada de mujer afrodescendiente.

Vamos a la deriva sí, pero la deriva de la que yo hablo es distinta a la que propone la canción. Hablo de una deriva perezosa que dificulta el cambio. Una deriva que lleva a repetir una y otra vez las mismas conductas invasivas neocoloniales que siguen dejando claros los privilegios de un grupo ante las opresiones y discriminaciones del resto de personas.

Desde aquí hago una invitación a romper esta inercia desde la responsabilidad, desde la aceptación de la existencia de estas desigualdades. Y desde la comprensión que romper estos patrones nos llevará tiempo y esfuerzo, pero valdrá la pena.

Tenemos que cambiar el mundo, sí, pero empecemos cerca de casa. Dejemos de intervenir en otros territorios de forma paternalista y de infantilizar a sus habitantes creyendo que, si las personas occidentales no van, no podrán salir adelante. Como dice frecuentemente Sani Ladan, “África necesita que la dejen en paz”, y eso es aplicable a cualquier otro territorio. Seamos parte consciente y cambiemos la deriva.

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