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Elizabeth Duval, el precio de exponerse

Esta joven escritora lleva concediendo entrevistas desde que es adolescente, cuando empezó el tránsito, y cinco años después ya es una de las voces de la generación Z con más atención mediática. Elizabeth Duval habla, porque lo conoce bien, del campo de batalla de las redes sociales (“Lo está ganando la derecha”) y del dolor que produce estar ahí. Acaba de sacar su primera novela Reina, pocas semanas después haber lanzado su primer poemario Excepción.

Y de repente le entró un DM de Instagram: “Quieres participar en First Dates?”. What? El reality de citas del canal de televisión Cuatro, desde su cuenta oficial, le había escrito por privado para invitarla a “enamorarse” en directo. Así, sin venir nada a cuento. A ella, una madrileña de 19 años que ni era seguidora de ese programa ni comulgaba con él. “Reproduce el discurso más carca posible sobre el amor romántico y además lo intenta incrustar en parejas que a priori se verían fuera, como las de dos chicas, dos chicos o las no binarias”, aduce. Pero en aquel momento @lysduval respondió que sí. Decidió que se aprovecharía de los millones de visualizaciones que tiene First Dates y que se lo tomaría como una performance de autopromoción más. Al final, no hubo segunda cita: “En programas postproducidos es muy complicado hacer calar tu discurso porque luego hacen los recortes que quieren”, pero la jugada surtió efecto: muchos la descubrieron entonces.

Descubrieron que Elizabeth Duval lidia con eso de exponerse desde los 14 años, cuando empezó el tránsito y comenzó a salir en los medios; que ha escrito libros (acaba de publicar Reina con Caballo de Troya), que está más que acostumbrada a dar entrevistas (“Soy la trans más digerible para el sistema”) y que ahora está estudiando filosofía en la Sorbona. Que sus tweets, ella lo dice, son el equivalente postmillenial de los diarios de Alejandra Pizarnik, la gran poeta argentina insaciable que se quitó la vida con cincuenta pastillas de Seconal a los 36 años. Que lo mismo te habla de Sálvame como de la lucha por la hegemonía del discurso en las redes y la violencia que te comes cuando estás ahí. ¿Por qué no colocar discursos subversivos utilizando estos espacios? Polémica pero a la vez muy consciente de que una cosa es el personaje y otra la persona que hay detrás, Duval avisa de dos cosas. Que los últimos años ha perdido amistades. Y que durante la entrevista quizás oigamos cómo corta las patatas que después freirá para cenar.

¿En qué lugar se deberían tener los debates contemporáneos: en programas como First Dates o en la universidad?

En los libros es muy complicado llegar a las máximas personas posibles. Por no decir que me parece imposible. De hecho, no me parece que los libros vayan a ser el medio por el cual las ideas lleguen al mainstream. Pueden ayudar a ello, pero el hábito lector igualmente está implantando ya una división también de clase y de acceso a cierto capital cultural que está ahí. La población que ve Sálvame es mucho más variada que la que va a leer un ensayo sobre feminismo, identidad, nuevas masculinidades o cualquier cosa de estas. Y lo mismo pasa con todas las charlas o debates que llegan a un sector muy limitado de la población. A lo mejor First Dates no es el medio. En programas como éste es muy complicado hacer calar tu discurso porque luego ellos, al montarlo, hacen los recortes que quieren. Pero hay programas muy masivos en los que sí se pueden tratar o infiltrar este tipo de debates. Pienso, por ejemplo, en tweets que he leído sobre cómo había sido la cobertura de todo el tema del coronavirus en Sálvame [durante la segunda semana de marzo]. De repente, tenías voces pronunciándose sensatas en relación a toda la histeria colectiva. Así que sí: yo creo que hay discursos que pueden calar utilizando este tipo de programas. Eso sí, creo que influye mucho la cuestión del directo. Yo optaría por programas que no se vean sometidos a esa edición posterior.

¿Qué precio tiene trasladar estos temas a la televisión?

¡Yo creo que el precio es positivo! Hay una diferencia entre los espacios de elaboración del discurso y los espacios de difusión de ese discurso. En este tipo de espacios televisivos quizá no se pueda elaborar tanto ese discurso, o ver las vertientes que pueda tener, o jugar con él, o explorarlo; pero sí que se puede difundir. Y ahí está la cuestión. Está bien que una dimensión del debate, que a lo mejor es más la de elaborarlo antes de distribuirlo al gran público, se produzca en la academia. Estos debates contemporáneos no deben quedarse solamente en fascinaciones internas de la academia.

¿Por qué, mientras tantos activismos lo hacen desde los márgenes, tú optas por difundir mensajes desde dentro? ¿Cómo una se prepara para ello?

Hay una cosa de recorrido personal en eso. Yo estuve muchos años de mi adolescencia actuando como portavoz del colectivo trans. Me empezaron a entrevistar con 14 años, estuve en la portada del suplemento Tentaciones de El País ya con 16 o 17 y poco a poco me hice menos sensible a críticas, troleos y comentarios. Y es necesario: si apareces en los espacios mainstream, te expones a una brutalidad desmedida que no pasa tanto si te quedas en los márgenes. Es lo que le pasó a Anna Pacheco en Operación Triunfo. La cantidad de violencia verbal que recibió fue brutal. O también recuerdo los comentarios de entrevistas que me hicieron a mí cuando era adolescente en medios de derechas. O incluso ahora en El País, por ejemplo. Esta forma de visibilización requiere una especie de preparación, de curtirte…

Es duro escuchar que es “necesario” insensibilizarse…

Es muy complicado, sí, pero no hay otra manera. Hay que aceptar que en el momento en el que te expones al campo de lucha mainstream esa violencia va a existir, va estar ahí, y creo que es necesario afrontarla. Que evidentemente son mucho más cómodos y más seguros y llenos de cuidados los espacios que nos son afines, pero la lucha discursiva no está tanto en la conquista de estos espacios sino en propagar el discurso más allá. Evidentemente, el mainstream es una cosa complejísima que suscita tanto amor como odio, y ese odio no lo tendrías tanto quedándote en el espacio de la comodidad.

Un odio que se mueve como pez en el agua en las redes. Tú que lo has integrado en tu vida casi como un hecho cotidiano, ¿quién crees que tiene las de ganar en esa lucha por la hegemonía del discurso?

Hay que tener en cuenta que el mundo de las redes no es un terreno de combate igual para todos. Hay estudios, por ejemplo, que demuestran que el algoritmo de Youtube hacía que te aparecieran vídeos de la alt right, lo cual es muy peligroso. En la izquierda no existen directamente tantos youtubers o figuras públicas que ocupen ese espacio. Los youtubers de izquierdas son gente que se significa mucho menos. No existe, por ejemplo, Un Tío Blanco Hetero de izquierdas. No existe un contrapoder a esas figuras de la derecha. También se ve cómo se está dando esta batalla en el hecho de que Vox haya sido de los primeros en usar Tik-Tok. Y yo creo que es una batalla que por más que haya intentos, en general no se está ganando por parte de la izquierda.

¿En qué está fallando la izquierda?

A la izquierda le gusta mucho la idea de tener la superioridad moral o conceptual. Pero en política muchas veces las cosas son más cuestión de los afectos, algo casi emocional. No se puede vencer al adversario sólo con una razón moral o intelectual, o demostrando que su discurso no tiene sentido en un terreno de discusión más o menos racional. Se debe incorporar la cuestión de los afectos. Y eso lo hace muy bien la derecha. Hay emociones poderosísimas que la derecha ha empleado, que no son necesariamente las mismas que tiene que emplear la izquierda; como el miedo o la paranoia. El miedo general a la inmigración o la paranoia de las denuncias falsas por violencia machista… Al final la lucha por la hegemonía del discurso tiene que ver mucho con un juego emocional.

¿Qué costes emocionales te produce escoger la provocación como aliada para visibilizarte?

Yo tengo la suerte de tener redes afectivas que me permiten poder hacer esto. Poder lidiar con esas avalanchas o posibles comentarios. Pero hay un proceso por el cual, en el momento en el que se existe de forma relevante, también se pierden cosas por el camino. Yo he perdido amistades y esa es la parte casi más dura. Puede no importarme tanto la gente que no conozco o los amigos de Twitter, pero perder por el camino a la gente que conoces es la peor parte. Es muy complicado para algunos distinguir entre la dimensión pública y la íntima. Evidentemente yo no soy la misma en Twitter, en Instagram, en charlas o entrevistas, que luego en casa. Cuando se te desliga completamente la persona del personaje es muy fácil pensar que el personaje es lo único que queda y resaltar todo lo malo que tenga o que se diga que tiene. En mi caso, egocentrismo, arribismo y todo eso.

No sé si es persona o personaje, pero al menos en redes se te ve muy segura de ti misma. ¿De dónde has sacado las herramientas para afrontar tu vida así ya con 19 años?

Yo creo que es un proceso de aprendizaje y de darse de hostias. Más allá de estos planteamientos que van con ser una persona pública, hay muchas cosas más personales que te acaban haciendo crecer o madurar o adquirir esas herramientas casi obligándote a ello. Que yo no sé tampoco si es del todo positivo eso de tener muy claro quién soy y qué quiero mostrar y qué quiero hacer. Pero es así, y creo que no hay otra.

Yo pensaba que dudar molaba…

Hagas lo que hagas te van a criticar. Yo creo que sí que se tiene que permitir la duda. Pero si permites la duda u optas por el “yo creo” –que para mi tiene un componente positivo porque todo intercambio reflexivo tiene que ser un diálogo y no un monólogo en que impones tu verdad– igualmente te van a criticar: por debilidad, por no saber, se va a poner en cuestión el hecho mismo de que estés capacitada para hablar de algo. Muchas veces hay que elegir, sobre todo en posicionamientos públicos, cuál de las dos cosas se hace. Y aunque ambas corran riesgos de ser criticadas yo creo funciona mejor ser afirmativa.

¿Por qué?

Porque es más efectivo, es una cuestión casi pragmática. Convence mejor y hace llegar un mensaje más estructurado. Hagas lo que hagas van a criticarte: si no eres altiva, eres dubitativa y si no seguramente te dirán que no tienes la capacidad como para hablar ni siquiera de ese tema. Que además todo esto también tiene un componente de machismo… A mí no se me acusaría de un montón de cosas si estuviera haciendo todo esto desde esa otra perspectiva. Primero, porque está super mal visto que una mujer tenga ambición. Y segundo, porque es inconcebible en las cabezas de muchos que una mujer pueda lograr cosas por méritos propios. En los intercambios íntimos no soy tan impositiva, ¡eh! [ríe].

¿Cómo te relacionas con tus privilegios?

Soy consciente de que hablo desde un lugar en el que se me ha dado mucha atención desde hace un montón de tiempo. Y soy consciente de por qué se me ha dado esa atención. Darle atención a una mujer con ciertos medios obedece a un montón de cosas. Obedece a que soy blanca, a que puedo tener un discurso más o menos estructurado, a ciertos privilegios que me han permitido dar una imagen que es muy consumible, a que me ajusto a los cánones… Saber dónde voy a estar el mes que viene también es un privilegio. Hay una parte de la gente joven, la más precarizada, que no puede imaginarse dónde va a estar ni la semana que viene. Es muy complicado conciliar la vida con esas exigencias del capitalismo. Por eso, de hecho, han surgido tantos discursos que hablan de poner la vida en el centro. Respecto a lo trans, lo que decía es que en un momento dado de mi adolescencia me escogieron como una de las imágenes de lo trans: yo era una imagen mucho más digerible que una mujer trans de cincuenta años que tiene que trabajar como prostituta y que ha ha hecho la transición a los cuarenta. En este sentido, yo soy una imagen mucho más vendible.

¿Y te sientes cómoda con ello?

Para mí, lo importante es no olvidar que hay mucha gente que no está en la posición de altavoz social que a mí sí que me han dado, mucha gente que no puede hablar y que sí que tiene todo ese componente de sufrimiento. O sea, yo nunca voy a estar comentando nada sobre lo trans para mi propio beneficio. Ha llegado un punto en que eso me da igual. Creo que ahora se trata de aprovechar ese privilegio para intentar actuar.

Tu “actuar” pasa por escribir artículos, libros, poesía… ¿Te has planteado volver a la trinchera?

La producción intelectual y la política son dos esferas que para mí son autónomas, pero que necesitan la existencia la una de la otra. Ahora bien, cuando te estás dedicando a una cuestión cultural es muy difícil tener el tiempo para invertirlo en cuestiones puramente políticas. Si además de todo lo que hago, me planteara militar en una organización o un sindicato estudiantil… Este año no tengo el tiempo para ello. Todos tenemos limitaciones y ritmos de vida que se imponen y que nos obligan a reflexionar sobre estos temas. Muchas profesiones, como la de periodistas o escritores, por ejemplo, estamos trabajando todo el día porque la exigencia en Twitter ya es otra parte de tu trabajo. En un mundo ideal tendríamos tiempo para todo, pero si te dedicas a lo literario-cultural es muy poco el tiempo que te queda para hacer algo eminentemente político.

¿Lo descartas?

[ríe] Imagino que todo es posible… Por ahora no lo descarto, pero no es una esfera que me interese mucho ahora mismo.

¿Hay una voluntad al menos de aprovechar esos privilegios para convertirte en referente de adolescentes que están viviendo lo mismo que tú hace unos años?

Yo no tuve verdaderos referentes porque hay una carencia brutal de eso, la referencialidad se daba para mí más bien en horizontal, con gente que conocía, en persona e incluso en foros por internet donde se trataban esos temas, pero sin figuras genuinas de referentes en los que identificarse. En este sentido, creo que, quiera o no, es un poco inevitable que me vean y me categoricen así; para mí es incluso un poco incómodo que me coloquen en ese pedestal, pero es inevitable.

Todavía no ha habido ninguna persona trans en Operación Triunfo… ¿No te animas?

[ríe] Creo que no ha habido ningún concursante, no. Apareció el novio de Marina, que era trans, eso sí. Yo si fuera a hablar de lo trans, creo que haría una pedagogía muy simple. Describiría términos, hablaría de situaciones concretas, explicaría que no se trata en absoluto de una masa homogénea de personas. Partiría de la base que la realidad trans no es tan desconocida como mal comprendida. Y digo “mal comprendida” porque aunque haya habido avances en el discurso de lo público alrededor de lo trans, la visión que se tiene de ello todavía no ha calado tanto. Además, hubo un efecto casi de reacción en los primeros años de la década de 2010: se dieron ejemplos que tendían a ser niños trans, que hacían su transición muy pronto, perfiles que eran muy asimilables por el sistema… Y eso perjudicó al colectivo porque invisibilizó a otra gente. Se trata de salir de ahí.

NOTA: Esta entrevista fue realizada con anterioridad a la publicación del Estado de Alarma debido a la crisis sanitaria del Covid-19

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