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Empecemos a querernos, impostoras

Me lo explica como si no le entendiera. Mientras agarra el volante con una mano y sacude la espalda contra el asiento, me mira de reojo y me confiesa que suele contratar a mujeres porque no negociamos el sueldo. Sé que me lo dice sin maldad, como quien repite algo que ha escuchado muchas veces. Sé, incluso, que me aprecia y que me lo dice, quizás, para que aprenda a respetarme. Le escucho como si no le entendiera y miro hacia el semáforo, que cambia a rojo. Nos detenemos. No veo más que luces. Me lo explica como si no le entendiera, como si yo no fuera mujer, como si yo hubiera negociado mi sueldo cuando me contrató. No lo hice. ¿No se acuerda?

Desde hace algunos meses, cuando estoy nerviosa o ansiosa o deprimida, casi como un juego, mantengo una conversación conmigo misma en la que busco las diferencias entre la impostura, la farsa y el fraude. Lo hago para convencerme de que no debo odiarme, de que no debo escuchar esa voz que me insulta la mayor parte del día. Siempre empiezo pensando que la impostura nace de la incomodidad de vivir, con nosotros mismos y con los demás. La impostura es un mecanismo de supervivencia y se activa con el fingimiento. Pessoa escribió que el poeta es un fingidor, pero podría haber escrito que el poeta es un impostor. El poeta finge que tiene la voz de otros y finge que sabe vivir como los demás. Yo soy una impostora como tantas otras porque sé que nuestra vida es vulnerable y finita.

A los quince años, en casa de la abuela, a finales de julio, me desperté una mañana con las bragas sucias. La abuela me explicó que aquella mancha marrón era la menstruación y que ya era mujer. Llamé a mi madre por teléfono para decírselo, pero mientras se lo contaba me sentía impostora. ¿Qué tipo de mujer podía ser yo si aquella mancha íntima e ínfima era la regla? Desde aquel día tuve que fingir que era mujer. No se me ha dado mal. La impostura es una máscara que te pones para sentirte cerca de los demás, aunque a veces implique engañarse. La impostura, al fin y al cabo, nace de una empatía radical. Yo quería ser como mi abuela y como mi madre o como mi abuela y mi madre querían que fuera. En la impostura siempre hay la voluntad de ser mejor.

Salgo del coche. Me distraigo. Intento olvidar que hay hombres que me contratan porque no negocio mi sueldo. ¿Por qué no lo negocio? Intento olvidar la condescendencia de los hombres. Entro en una librería y leo las primeras páginas de El sueño de una lengua común, de Adrienne Rich. Le dedica el primer poema a Marie Curie, pero es un epitafio para todas las impostoras.

Murió    famosa   negando

sus heridas

negando

que sus heridas     provenían      de la misma fuente que su poder”

¿Por qué será, entonces, que tantas y tantas mujeres nos sentimos mal? “No eres como los otros creen que eres”. “No eres como tú crees que eres”. “Eres ridícula”. “No te lo mereces”. “Es culpa tuya”. Después de tantos años de escuchar esa voz que me insulta la mayor parte del día, me he dado cuenta que sus vómitos usan solo tres estrategias. La voz alimenta la culpa, el odio y la desconfianza. No hay más. Así es de previsible. Por eso tantas y tantas mujeres nos sentimos mal. La sociedad ha convenido que a este sufrimiento le llamemos el síndrome de la impostora, como si las impostoras fuéramos las responsables.

No es la voz de la consciencia la que nos habla. No lo es. La voz es el sistema haciéndose pasar por nosotras. Lo único que quiere es dominarnos, convertir nuestras preciosísimas vulnerabilidades en carne de cañón productivista y reproductiva, convertir nuestra impostura en una farsa. Y desviar la atención del síndrome a la impostora, del fuego a la herida quemada. Como hizo con Camille Claudel o con Carmen Laforet o con Elsa von Freytag-Loringhoven o con Gerda Taro o con…

Así que cuál es la diferencia entre la impostura y la farsa, me pregunto. Y vuelvo a ponerme a prueba. La farsa utiliza la impostura premeditadamente para obtener un beneficio individual que puede perjudicar a otros. Los farsantes pretenden tener virtudes que no tienen para colocarse por encima de los demás. El sistema postcapitalista y patriarcal es una fábrica de farsantes. ¡Y cuántos hay…!

A menudo entraba en la redacción con los ojos turbios, después del almuerzo. A veces, si no nos sacaba conversación, se sentía herido por nuestros silencios. Nosotras intentábamos disimular con la mirada fija en las pantallas. Entonces, buscaba algún pretexto para decirnos, en el despacho, a solas, o a bocajarro, allí mismo, quiénes éramos, quiénes no llegaríamos a ser, cuánto iba a hacer por nosotras, cuánto le debíamos, cómo había triunfado y cuán original y perspicaz era… Si no le seguíamos la corriente, se irritaba. La farsa es una máscara que obliga a los farsantes a mentir. La farsa es un mecanismo depredador que se activa con la pretensión. La farsa, al fin y al cabo, nace de un egoísmo radical. En la farsa siempre hay la voluntad de ser mejor que los demás.

Pienso en aquella frase de Vivian Gornick, en Apegos Feroces. “Por primera —aunque no por última— vez sentí de manera consciente que los hombres eran de una especie distinta a la mía. Distinta y extraña”. 

Hay estómagos agradecidos o precarios confundidos— que publican libros donde cantan las bondades de la farsa y confunden fingimiento y pretensión. Pero en el fingimiento el engaño tiende puentes, mientras que en la pretensión la mentira solo busca un bien material o simbólico. Hay estómagos agradecidos o precarios confundidos— que publican libros donde cantan las bondades de la soberbia, de la seguridad, de la fuerza (y no de la fortaleza), de la codicia, de la ambición, de la superficialidad, del self-made man. Ahí está la trampa. Ahí empieza la competición. La función ha generado el órgano: Twitter e Instagram son potentísimas máquinas de producir farsantes.

Y al final, claro, algunos farsantes llevan hasta el límite de la convención su farsa y cometen fraude. El sistema postcapitalista y patriarcal se ha intentado proteger contra el fraude, pero ni lo intenta contra los farsantes, que campan a sus anchas.

***

Hemos de empezar a querernos, impostoras, porque la impostura nace de la empatía y de la duda sana. Hemos de empezar a querernos, impostoras, porque la impostura es la reacción natural a la farsa. En esta lucha velada, los farsantes nos harán sentir culpables de ser impostoras. Pero ojalá una sociedad de impostoras que quieren ser mejores antes que una sociedad de farsantes que nos obliga a competir contra los demás. Hemos de empezar a querernos, impostoras, porque cuando lo hagamos nuestra impostura ya no será un síndrome, sino una fuerza política que lo barrerá todo. Hemos de empezar a querernos, impostoras, porque en la reivindicación de nuestra impostura nace una lucha que debemos ganar.

La impostora que soy yo crece hacia dentro como en espiral. La impostora que soy yo se examina todo el tiempo, se pone en duda y en contradicción, analiza sus vulnerabilidades y, lo más importante, convierte esas vulnerabilidades en virtud.

¿Frustrada? Sí. ¿Por qué? Porque me resulta imposible ser Dios, o la mujer-y-hombre universal, o cualquier otra cosa importante. Soy lo que siento, pienso y hago. Quiero dar expresión de mi ser lo más plenamente posible porque en algún sitio me he tropezado con la idea de que, haciéndolo, podría justificar el hecho de estar viva” (Diarios completos, Sylvia Plath).

No nos hacen falta más farsantes. Lo que necesitamos son impostoras.

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