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Se busca señora

Los cuidados en Occidente se delegan a personas con una situación de mayor vulnerabilidad que la de sus contratantes. Un ejemplo son las trabajadoras internas que dentro de los hogares experimentan relaciones de poder desiguales. ¿Cómo es este poder entre la familia y la persona contratada cuando la trabajadora vive con la persona que cuida?

“Tengo la opción de contratar una persona interna para cuidar de mi madre —explica nerviosa y con la voz temblorosa Marina Reig, trabajadora y socia de una cooperativa de comunicación ética y feminista—. Yo trabajo y mis hermanos trabajan, y esta parte más barata la delegamos en estas personas. Lo tengo clarísimo, pero yo no me veo capaz de cuidarla”.

La madre de Marina necesita atención las 24 horas y la familia no sabe cómo resolverlo. Frente a la necesidad, se reúnen Marina, su hermana pequeña y su hermano para decidir qué hacer con su madre.

—Yo la he cuidado hasta ahora —comenta la hermana pequeña—. Ya no puedo hacerlo más.

—Yo no puedo, eh, ya lo sabéis, tengo el niño —responde rápido el hermano.

—Yo no quiero —confiesa Marina—. No sería bueno cuidarla para las relaciones familiares.

—¿Y si la llevamos a una residencia? La mama lo puede pagar —propone el hermano.

—Será un proceso muy lento, necesitamos una solución rápida… —reflexiona Marina—. ¿Y si contratamos a alguien que la cuide las 24 horas? Además, la mama quiere quedarse en casa…

Finalmente deciden contratar a dos mujeres migrantes como internas, Maria y Nadia, que cuidaran de la madre todo el día. Ellas forman parte de las 483.000 personas que se dedican al trabajo del hogar, según datos de la Encuesta de Población Activa del segundo trimestre de 2020, unas 93.000 menos que en el primer trimestre del año. El 87% son mujeres, muchas de ellas migrantes, según las voces expertas consultadas, aunque no hay datos exactos en las estadísticas de los organismos oficiales.

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“El último eslabón de la cadena del sistema de cuidados global es la mujer migrante trabajadora, que trabaja para una tercera persona o familia que no tiene las condiciones para poderse encargar de los cuidados”, explica Karina Fulladosa-Leal, doctora en psicología social y activista en Sindillar. El racismo estructural que atraviesa el sistema, fruto de la división colonial norte-sur, impacta directamente en los cuerpos de las mujeres migrantes trabajadoras, que se ven obligados a realizar trabajos exigentes en el ámbito físico, emocional y psicológico como son las tareas de cuidados y del hogar internas. En este marco, la Ley de Extranjería limita sus derechos y dificulta los procesos de regularización administrativa y de acceso a la ciudadanía. Genera una situación de desigualdad estructural que las convierte en una subclase trabajadora explotada.

En el Manifiesto de un feminismo para el 99%, Cinzia Arruzza, Tithi Bhattacharya y Nancy Fraser argumentan: “Las sociedades capitalistas han instituido desde hace mucho tiempo las divisiones raciales del trabajo reproductivo. Ya sea a través de la esclavitud o del colonialismo, del apartheid o del neoimperialismo, este sistema ha obligado a las mujeres racializadas a proporcionar ese trabajo gratis o a bajo coste para sus hermanas blancas o de la etnia mayoritaria. Forzadas a proporcionar cuidados a los niños y en los hogares de sus cabezas o empleadoras, han tenido que esforzarse más para cuidar de los suyos”.

Fulladosa-Leal complementa esta idea. “Las mismas mujeres empleadoras acaban no cargándose toda esta responsabilidad que debería ser la corresponsabilidad de un Estado y de una población masculina. No me gusta culpabilizar a unas mujeres en base a las otras, aunque evidentemente hay unos privilegios que unas tenemos y otras, no, y está bien decirlo. Hay que observar a quién estoy oprimiendo cuando yo me libero”, dice.

Una explotación silenciosa

Mei, trabajadora interna sin contrato, cuida de los gemelos de nueve meses de Silvia, que ha pedido que la citemos con un nombre ficticio. No quiere que Mei (también nombre ficticio) lea el reportaje y descubra que existen sindicatos: esto la podría llevar a reivindicar sus derechos. “Seguro que será anónimo, ¿verdad? —pregunta por segunda vez Silvia—. Prefiero que no se implique en el sindicato, porque me da miedo que la gente le empiece a decir que debe exigir cosas: es mejor como hasta ahora, que vamos hablando las cosas. Nuestro estilo es todo lo contrario a exigir derechos, eso otro es enfrentamiento. Lo nuestro es buen rollo, dar y recibir. Pero no creo que me venga con el bla, bla, bla, porque no es su carácter ni nuestro plan. Además, ella quiere ser profesora de niños y así hace prácticas”.

Madre soltera y con la familia fuera de Cataluña, Silvia se planteó cómo podía trabajar de comercial al mismo tiempo que cuidaba de dos bebés. Valoró el precio de la guardería para los dos y, comparando los gastos, decidió buscar una persona que viviera con ella y la apoyara las 24 horas. Mei cuida de los bebés durante el día y hace tareas del hogar los ratos que duermen. “Al final era mejor tener una chica porque me ayudaría con más cosas que la guardería”, explica nerviosa Silvia mientras remueve frenéticamente el café, que le ha hecho cambiar a la camarera porque no tenía exactamente el tamaño que le había pedido. Ha salido del trabajo un rato y los bebés y Mei la esperan para almorzar.

A los gemelos les cuesta dormir, así que, para distribuirse las tareas, Silvia y Mei duermen cada una con un bebé durante una semana y cada lunes cambian. “Yo valoro la flexibilidad: si una noche el bebé duerme mal y, por tanto, la chica también, puede dormir cuando los bebés duermen la siesta. Es normal si está agotada. Pero he tenido mucha suerte —se abre una sonrisa en la cara de Silvia—. Tiene mucha energía. Algunas veces duerme por la tarde, pero pocas. Normalmente limpia, ordena, pone lavadoras…”. Silvia le paga el sueldo mínimo en mano, 950 euros al mes, y como no tiene contrato no cotiza a la Seguridad Social. Mei acuerda con Silvia los días de vacaciones que le corresponden durante el año. Descansa un día y medio a la semana, desde el sábado por la mañana al domingo por la noche, aunque la flexibilidad con la que se organizan puede hacer variar el día de fiesta.

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Dentro de los feminismos existe el debate sobre si es necesario abolir el trabajo del hogar interno por sus condiciones alienantes y de esclavitud. “Las compañeras dicen: ‘¿Qué haremos con todas las que trabajan en esto?’ —comparte Fulladosa-Leal en referencia a las integrantes del sindicato Sindillar—. Queremos visibilizar y denunciar que las condiciones de trabajo son esclavizantes. Acabas viviendo una vida que no es la tuya: llevamos puesta la vida de los demás, vivimos en la casa de los demás y vas perdiendo autonomía. Ninguna de ellas ha dicho nunca que su sueño fuese ser trabajadora del hogar y de los cuidados. Hay muchas a las que les gusta el trabajo, pero no en detrimento de su salud física, emocional o psicológica”.

A Íñigo Espinosa le ha removido mucho pensar que Concha dejó de vivir su vida y de cuidar de su hijo para atenderle a él. Íñigo tuvo una cuidadora durante su infancia. Años después, han retomado el contacto (él ahora tiene 50), y Concha sí recuerda con felicidad aquellos tiempos.

Iñigo Espinosa.

“Cuando estaba enfermo la veía habitar la casa —comenta Íñigo, melancólico—. Había una horita que ella se quedaba leyendo una revista o cosía y se ponía la tele. Cuando no estábamos aprovechaba la casa, como si estuviera en su casa. Era rarísimo ver a Concha mirando la tele, pero no estaba currando todo el día, evidentemente. En un momento dado paraba, se hacía la comida y comía en una casa vacía”. Que no era la suya, pero donde pasaba muchas horas para poder llevar un sueldo a la casa que sí era suya: aquella donde estaba su familia.

 

La feminización de los cuidados, una cuestión de clase

El género sigue siendo un factor clave en las tareas de cuidados. Su feminización se explica por el rol que cumple la mujer como cuidadora. Lola Zambrano, directora de la Agencia Casanovas, que lleva más de 30 años en la selección de trabajadoras del hogar, lo resalta cuando comenta que, aunque hay algún hombre en la agencia, “el abanico se amplía con la mujer”. “La mujer sabe cocinar mejor. Somos más señoras de casa las mujeres que los hombres, seamos realistas. Lo único es que el carnet de conducir lo tienen los chicos y las mujeres, no. Y a veces hay clientes que van a comer con amigos y quieren que los lleven. También piden chicos porque pueden levantar más peso”, argumenta. Estos estereotipos de género que remarca Lola se reproducen a nivel social y estructural, y perpetúan la feminización de los cuidados de manera sistémica.

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Cuando llegamos a la oficina de la Agencia Casanovas, ubicada en Sarrià-Sant Gervasi, encontramos una larga cola de mujeres que socialmente se leen como racializadas. Se organizan la espera de manera ordenada a ambos lados de la acera dándose el turno, intentando no ser más de seis y manteniendo la distancia de seguridad. Dentro, Lola está hablando con una chica.

Yo tampoco iría de interna si tuviera a la familia en mi país. Y gracias que tenemos esta mano de obra, porque la gente mayor la necesita y las familias con niños, también

—Me encantaría cogerte, pero tienes muy poca experiencia— le dice Lola, firme.

—Pero yo he trabajado cuidando a un señor …

—Has tenido suerte por la pandemia, ya que hemos necesitado más gente —la corta—. Hay chicas con cuatro años de experiencia esperando. Ahora, mucha gente busca trabajo. Tengo que decirte que no.

“La cola es por la Covid-19”, nos cuenta Lola en su despacho, lleno de recuerdos de los campeonatos de hípica del padre y también de los suyos. Mientras habla, la medallita con la virgen que lleva colgada del cuello tintinea. “A las chicas del servicio doméstico se añaden las chicas de restaurantes, hoteles… que no son profesionales del sector. Les digo que no, porque el cliente pide un estándar. Es como si fuera una agencia de modelos, no puedo coger a una chica que viene de un restaurante”, se excusa decidida.

El perfil de las trabajadoras del hogar en su agencia se basa en tres aspectos clave: “El tiempo que llevan en España, la experiencia y que no tengan familia aquí”. A estos requisitos se suma una buena imagen y saber estar. Explica que las chicas españolas, “de aquí”, no quieren hacer el trabajo porque su familia está con ellas y no tienen la disponibilidad de las chicas “de fuera”.

De hecho, Silvia, durante la conversación en la cafetería, nos ha reforzado esta tesis: cuando ella hizo la selección de Mei prefería una joven sin cargas. “Las madres como yo tienen muchos hijos, allí. Me daría pena que teniendo hijos alguna cuidara de los míos y no de los suyos, y en cualquier momento quisiera marcharse o traer a los hijos, y en mi casa no cabrían”, nos ha compartido. Lola también lo tiene claro: “Yo tampoco iría de interna si tuviera a la familia en mi país. Y gracias que tenemos esta mano de obra, porque la gente mayor la necesita y las familias con niños, también”.

Como factores de opresión, el género, la clase y la raza interseccionan, pero Carmen Juares, coordinadora de la Asociación Mujeres Migrantes Diversas, resalta la clase como factor preponderante. “Es clave. Cuando hablamos de feminismos nos remueve por dentro: son las mujeres las que ofrecen estas condiciones laborales por no corresponsabilidad”, recuerda Carmen, que tiene muy presente los lemas “No estamos todas, faltan las internas, temporeras…” del pasado 8-M.

La Lola Zambrano (dreta) i la seva germana (esquerra) al despatx de l’Agència Casanovas.

“Sólo hubo este momento de sororidad; después cada una volvió al lugar que ocupa en la sociedad. Hemos encontrado personas racializadas con condiciones económicas bastante altas que ejercen el poder de manera injusta con la trabajadora. Tanto te puedes encontrar mujeres leídas como blancas con un alto estatus de Pedralbes como familias de Nou Barris, que muchas veces muestran más solidaridad con las trabajadoras”, se lamenta.

El perfil de clientes que tiene Lola en la agencia es variado, desde gente muy adinerada a familias jóvenes o hijos e hijas de personas mayores que trabajan. “Antes el servicio doméstico era un lujo, ahora es una necesidad. Vivimos más años, tenemos más enfermedades y apuramos al máximo antes de ir a una residencia “, comparte Lola.

A su vez, cuando se le pregunta a Marina Reig sobre los requisitos que tuvo en cuenta para seleccionar las cuidadoras de la madre, resalta que quería “buena gente”, y esto solo se sabe con el tiempo y viendo el feeling con la persona cuidada. Admite, sin embargo, que no les encajaba un perfil joven: “Buscábamos responsabilidad y que no se agobie si mi madre se cae, que le pasa mucho. Por eso una chica muy joven nos hubiera preocupado un poco más”, relata segura.

 

Relacionarse con quien cuida de tu familia

Los vínculos con los que cuidan de las personas que amas a menudo son complejos, y diluyen la línea entre quien contrata y quien es contratada. Silvia ve a Mei, la cuidadora de sus hijos, como a una amiga. “Ella es igual que yo. Es verdad que trabaja para mí, pero nos contamos nuestras cosas o tengo detalles con ella como comprarle unas galletas súper caras de una tienda bio —detalla Silvia—. Afortunadamente, nos hemos hecho amigas y a veces salimos a la terraza a charlar y nos abrimos un vinito, aunque sea su trabajo. La familia más grande que tiene aquí soy yo”.

Ella es igual que yo. Es verdad que trabaja para mí, pero nos contamos nuestras cosas o tengo detalles con ella como comprarle unas galletas súper caras de una tienda bio

“Lo más perverso que hay es que te digan que eres de la familia o que somos amigas —denuncia, en cambio, Juares—. Te hace generar un vínculo con la persona que te contrata y no denuncias la situación de falta de derechos porque te sientes culpable de pensarlo: te han dado el trabajo, son los padres del que niño que tanto amas y que has visto crecer y que te recuerda a tus hijos, o es la hija de la abuela que tanto quieres. Lo vives y sientes, pero quien te contrata, no: eres de la familia, pero cuando te quieran despedir no hay derechos laborales. Si a alguien de la familia le ofrecen trabajar 24 horas por 800 euros, la familia no estará de acuerdo con ello, pero que estés 14 horas allí, sí, y eres de la familia”.

La relación de Íñigo Espinosa con Concha, la trabajadora que lo cuidó durante su infancia, también fue muy estrecha y de estima. La recuerda supliendo las funciones de su madre. “Me vio desde recién nacido —explica Íñigo, que después de tantos años se ha planteado los vínculos y el rol que desempeñó Concha durante su infancia—. Nos queríamos mucho. Tengo el recuerdo de que si yo me caía y me hacía daño, iba a Concha, no iba con mi madre. Me cuidaba ella. Pero yo no tenía una percepción clara de que Concha tenía otra vida, y ella tenía un hijo de mi edad, que no cuidó. A él lo cuidó la madre de Concha”.

Iñigo Espinosa (esquerra) amb la seva cuidadora Concha i el seu germà.

Ahora se ven dos veces al año y ha podido hablar sobre todo esto con ella: “Su hijo me ha dicho que su madre no era suya, que era mía. Yo le he dicho que no era consciente de ello, pero es cierto que su madre estaba siempre conmigo, y no con él”, relata Iñigo.

El vínculo de Íñigo con Concha, como persona cuidada, o el de Silvia con Mei, como empleadora al tiempo que conviviente, es diferente del que tiene Marina con las cuidadoras de su madre, a quien solo ve cuando hace visitas. Ella valora como “maravillosa” a una de ellas, María, que siente como a una igual por el capital social que comparten. “María es economista, es como yo. No es por menospreciar a la gente que no tiene, pero… —Marina duda y se enreda; le cuesta encontrar las palabras para explicarse—. Es una persona con la que podemos hablar de muchas cosas y es muy dulce con mi madre. No tienes nunca la impresión de que está intentando arañar una hora”.

También Silvia tenía claro que quería una cuidadora con quien compartiera el imaginario; buscaba alguien para cuidar de los gemelos que no fuera de perfil “típico, bajo, sin estudios, que escribe con faltas” y que le dice “Hola, señora”. “Son perfiles que han trabajado en casas con mucha diferencia de clases, que llevan uniforme, que las explotan. Yo no quería eso, quería sentirme de igual a igual”, argumenta.

Con las familias de más alto nivel hay que ir con uniforme, es indiscutible. Por eso hacemos firmar las normas de disciplina, educación…

Las normas que la Agencia Casanovas tiene colgadas en su web sí remarcan, en cambio, esta diferencia entre persona que contrata y contratada. Algunas son la obligatoriedad de la higiene diaria, dirigirse a los jefes de usted, señor o señora, no decir mentiras para evitar malentendidos y enfrentamientos, no hacer llamadas desde el teléfono de la casa o utilizar objetos personales de la familia, e ir con uniforme o bata y zapatillas. “Con las familias de más alto nivel hay que ir con uniforme, es indiscutible. Por eso hacemos firmar las normas de disciplina, educación…”, confirma Lola Zambrano, su directora. Desde la agencia dan una garantía de ocho meses a la persona que contrata: si no está contenta con la trabajadora asignada, puede solicitar un cambio sin coste.

 

Las condiciones del trabajo del hogar

La precariedad del trabajo de los cuidados en los domicilios también se refleja en los datos de las trabajadoras afiliadas a la Seguridad Social: sólo 374.467 en junio de 2020 según los datos oficiales, un 77% del total de personas que se dedicaban a los trabajos del hogar durante el segundo trimestre. El porcentaje, más elevado que en otros trimestres, se puede explicar por el impacto de la pandemia que ha dejado sin trabajo a muchas trabajadoras. Son las que no tienen contrato las más vulnerables para ser despedidas.

Las contrataciones se regulan por el Real Decreto 1620/2011 que, pese a reglamentar laboralmente el ámbito del trabajo del hogar (indica descansos, sueldo mínimo, etc.), lo mantiene como un sistema especial dentro del Régimen General de la Seguridad Social. Esto implica que las trabajadoras no tienen derecho a la prestación de desempleo o maternidad.

La ley marca el sueldo mínimo, 950 euros mensuales, como el límite a pagar. Es un sueldo calculado para una jornada de 40 horas, pero la misma ley indica que, aparte de estas 40 horas laborales, se puede pedir a la trabajadora interna 20 horas más de presencia en las que no tiene que hacer tareas concretas, pero sí estar disponible por si hay alguna urgencia —en cuyo caso se le debería pagar aparte—. Tiene dos horas de descanso al día y hay que respetar las 12 horas seguidas de reposo de la noche, aunque, como duerme en la misma casa, no se puede asegurar que no tenga que levantarse por urgencias. A la semana tiene derecho a irse del domicilio 36 horas seguidas, que normalmente se realizan durante el fin de semana. Esta regulación supone que, para cubrir los siete días, haya que contratar dos trabajadoras.

Mei, la cuidadora de los gemelos de Silvia, llegó hace pocos meses de su país y se encuentra en situación administrativa irregular. Silvia la ha acompañado a ver una abogada, pero de momento sin los tres años de empadronamiento es complicado regularizar su situación. Existe la opción de hacerse pareja de hecho, pero al ser la empleadora Silvia cree que sería raro que hicieran el trámite. Están a la espera de que un amigo de Mei le haga el favor. “Ella quiere cotizar. Me dijo que se pagaba la seguridad social y le dije que, cuando llegue el momento, llegaremos a un acuerdo. Según mi trabajo pagaremos a medias, o yo un poco más…”, comenta convencida Silvia, inmersa en un soliloquio nervioso y apresurado que da poco pie a interrupciones.

El pago de la seguridad social de las trabajadoras corre a cargo, casi en su totalidad, de las personas que contratan. Es un tema que genera controversia, ya que es un coste que no siempre quieren asumir. Si las trabajadoras necesitan el contrato para poder regularizar su situación, a menudo se ofrecen a pagar sus cotizaciones, aunque no esté permitido por la ley. “Pasa mucho que las familias prometen hacerte un contrato en el futuro cuando tengas los tres años de empadronamiento. La mayoría lo cumplen, pero la Seguridad Social se la acaba pagando la misma trabajadora, cobrando una mierda”, explica rotunda Carmen Juares desde la Asociación de Mujeres Migrantes Diversas.

Lo único que me da miedo es que, si la contrato, me deje. Si no tiene contrato, no tiene donde ir. Pero confío en ella, soy así

Silvia tiene claro que, si la contrata, es porque quiere “hacerle el favor” a Mei. “A mí no me beneficia contratarla, porque tengo que pagar más, pero prefiero hacerlo bien porque estoy muy contenta con ella. Lo único que me da miedo es que, si la contrato, me deje. Si no tiene contrato, no tiene donde ir. Pero confío en ella, soy así”, remarca Silvia.

A la hora de contratar una trabajadora interna, la ONG Anem per feina apuesta por unas condiciones acordadas con los sindicatos y asociaciones del sector del trabajo del hogar: un salario base de sueldo y medio (ya que trabajan más de una jornada , 40 horas y las 20 de presencia), más el pago de días de fiesta u horas trabajadas por urgencias nocturnas.

También encontramos agencias como la de Lola Zambrano, que de manera presencial ofrecen acompañamiento en todo el proceso de selección y contratación, o aplicaciones y empresas en línea —como Cuideo y Cuidum— que aseguran el sueldo mínimo y acompañan en la realización del contrato. Cobran una cuota mensual a cambio de seguimiento y cambios ilimitados de cuidadora. En la web de Cuideo se muestran perfiles de posibles cuidadoras, a quienes describen con frases como “Es una mujer dulce y discreta” o “Es una mujer risueña y habladora. Le gusta compartir el té y ver la televisión con el usuario”.

Hay webs como Topnanny (donde Silvia encontró a Mei), Milanuncios o Jooble, que simplemente son escaparates donde colgar ofertas de trabajo y candidaturas. Toda la relación se hace entre contratante y contratada sin intermediarios. Esto permite que personas en situación administrativa irregular se puedan anunciar y puedan llegar a acuerdos laborales sin contrato. Hay muchos anuncios que no respetan ni el sueldo mínimo ni las condiciones laborales, como por ejemplo el que busca una “cuidadora interna entre 19 y 31 años por 900 euros al mes sin ataduras para poder viajar a menudo”, o el que ofrece 808 euros mensuales por “una cuidadora interna de lunes a domingo”.

Contradicciones y reivindicación

Marina Reig, después de decidir junto a sus hermanos contratar a una cuidadora interna para su madre, hizo todos los trámites a través de la ONG Anem per feina. “Lo único que puedo hacer es mantener las condiciones”, reflexiona Marina, consciente que contratar trabajadoras internas le genera contradicciones desde su posición de autodenominada feminista. “Me tengo que limpiar la conciencia con otras cosas. He trabajado con ONG y he hecho lucha, y pasas del comercio justo al trabajo del hogar. Es el recorrido que hemos hecho muchas que estamos en ámbitos activistas. Hay cosas que hago mejor que otras: compro en la cooperativa porque me es más fácil que cuidar de mi madre. Es un gran tema”, concluye Marina.

Karina Fulladosa-Leal comparte la vivencia que han tenido en el sindicato Sindillar con mujeres feministas que les han expuesto sus contradicciones. “Hemos tenido muchos debates con feministas autóctonas que han planteado lo mismo: ‘No estoy en casa en todo el día, necesito una persona en casa, ¿cómo lo hago?’. Si tienes contradicciones puedes hacer mil acciones: darle a la trabajadora condiciones dignas de trabajo, sin discriminación y sintiendo que el trabajo es tan digno como otros, asociarte, darle apoyo o ir a una mani”, reivindica la Karina.

Desde sindicatos y asociaciones de trabajadoras del hogar, como Sindillar, la Asociación de Mujeres Migrantes Diversas o muchas otras (el sindicato de Cuidadoras sin papeles, Libélulas, Mujeres p’alante, etc.), reivindican los derechos de las trabajadoras del hogar y la ratificación del convenio 189. Aprobado por la Organización Internacional del Trabajo el 2011 y en vigor desde 2013, defiende la igualdad de derechos de las trabajadoras del hogar con el resto de personas que trabajan, estableciendo unas condiciones mínimas a nivel internacional. Es un tratado vinculante para aquellos países que lo ratifiquen, pero España aún no lo ha hecho. Aunque las demandas de las trabajadoras del hogar son más amplias, sería un primer paso para mejorar sus condiciones laborales.

 

¿Cómo nos tenemos que cuidar?

Reflexionando sobre el modelo de cuidados que tenemos establecido, hay que plantearse qué alternativas existen. Las sociólogas Sara Moreno, Carolina Recio, Vicent Borràs y Teresa Torns aseguran en un artículo sobre los cuidados de larga duración que “la percepción de los cuidados como una cuestión individual representa una dificultad para articular demandas colectivas”. Es decir, buscamos respuestas individuales a una problemática social y estructural, que va más allá de las dificultades concretas que tiene una familia para hacerse cargo de las personas que debe cuidar.

“La respuesta pasa por la administración. Subir impuestos y crear respuestas comunitarias diferentes como se hace en otros países —aporta Carmen Juares—. Aquí, tenemos la concepción de que ‘Como en casa en ningún sitio’, pero hablemos de ello: ¿en qué condiciones tengo a la trabajadora y en qué condiciones estás tú? La persona que cuida no tiene porqué tener conocimientos sanitarios y el organismo envejece”. En este punto surgen propuestas como trabajadoras en domicilios en turnos de ocho horas, o atención en servicios compartidos con otras personas como la opción de la vivienda cooperativa senior, que puede incorporar servicios sociosanitarios a medida que las personas habitantes desarrollen dependencia o necesidades.

Fulladosa-Leal apuesta por una colectivización de los cuidados. “Culturalmente tenemos que modificar la pedagogía del cuidado. Parece que las mujeres nacemos con el don del cuidado y los hombres, no. Todas las identidades sexuales y de género debemos cuidar de la vida: hay que colectivizar y generar mucha cultura del cuidado, no solo hablar, sino en los espacios donde estamos transformarla. Que esto sea el centro y a partir de ahí generar otro tipo de relaciones. Y como se dice en la economía feminista, invertir todo el dinero pensado ​​para destruir la vida en la vida. No es caro, implica un nuevo orden mundial a favor de la vida, no de su destrucción, con relaciones de reciprocidad y solidaridad”.

Y, al hablar de reorganización, volvemos al tema de los privilegios. Por género, por clase, por raza… “¿A qué tienen miedo los hombres en relación a qué privilegios? Y en relación a la clase, ¿qué tenemos miedo a perder? —pregunta firme Fulladosa-Leal—. Cuando hablamos del tema privilegios la solidaridad es una palabra bonita, pero cuando tenemos que empezar a distribuir la economía y los privilegios, a ceder, a callar en lugar de hablar, a ocupar otros lugares menos visibles, todo se complica, porque implica una transformación no sólo social, sino también de identidad. Dices que no puedes pagar la seguridad social de la trabajadora, pero tienes un 4×4, te vas de vacaciones… ¿Qué es lo que no estás pudiendo pagar? Lo que pasa es que no estás dispuesto a renunciar a alguno de tus privilegios para pagar a la persona unas relaciones laborales justas”.

  • Edición de texto: Gerardo Santos, Arianna Giménez y Cristina Allué.

    Edición fotográfica: Claudia Frontino.

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