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La ciudad abierta como refugio del pensamiento

Y catapum: 2020 nos ha revelado que somos muy frágiles. Que todo a nuestro alrededor se sostiene por hilos invisibles de los que lo desconocemos todo. Estamos viviendo un ensayo de apocalipsis distópico que ha disparado las depresiones y los índices de suicidio, y hemos descubierto que nos faltan palabras e ideas para explicarnos (y para imaginar), tanto a nosotros como a un mundo en crisis climática, sanitaria y social. Hace tiempo que sabemos que este mundo, que nuestras ciudades, se deshumanizan, y nos faltan herramientas. Sin embargo, la crisis es también una brecha en el sistema que nos permite identificar y repensar los retos que afrontamos: qué democracia queremos, en qué ciudad viviremos, cómo usaremos la tecnología y para qué.

¿Cómo nos ayuda en esto el pensamiento y qué futuro es posible pensar hoy? “Sabemos que estamos rodeados de incertidumbres, la sensación de riesgo es muy clara. He recordado estos días una frase de Magdalena Álvarez que decía que nos enfrentamos a problemas del siglo XXI con ideas del siglo XX e instrumentos del siglo XIX”. Lo dijo el comisionado de Cultura del Ayuntamiento de Barcelona, ​​Joan Subirats, en la presentación de la Biennal del Pensamiento del Instituto de Cultura de Barcelona, ​​que se celebra este octubre y que, precisamente, es una oportunidad ineludible para enfocar en los debates que marcarán nuestro futuro. La Biennal, pues, como oportunidad y como refugio: el refugio del pensamiento, tal como la define uno de sus comisarios, César Rendueles.

Si la esperanza se construye sobre lo que sabemos, tal como escribió el escritor y poeta Edmond Jabès, iniciativas como la de la Biennal del Pensamiento nos invitan a “aprovechar la brecha que esta pandemia nos abre para imaginar cambios profundos y nuevas maneras de pensar y vivir”, como ha dicho la directora del CCCB, Judit Carreras.

 

Palabras para una idea de futuro

La incertidumbre, sin embargo, no es un sentimiento endémico de este tramo de la postmodernidad que nos ha tocado vivir. A medida que la historia avanza, el mundo se confirma como este “vasto océano de incertidumbres”, en palabras del filósofo Bruno Latour. La evolución de las sociedades industriales y la hipertrofia del capitalismo ha acabado dañando —y contaminando— la idea de progreso y de futuro desde los comienzos del siglo XX. “Hay que recuperar la idea de futuro en un mundo que se empeña en negarlo”, nos recuerda Carreras; y que, si acaso, sólo lo ve como una proyección económica de crecimiento perpetuo. Un crecimiento que provoca desigualdad y que nace de la injusticia asumida como cataclismo natural.

La pandemia, que nos ha hecho más evidentes estas desigualdades, también nos ha recordado “la gravedad de la emergencia climática y el riesgo que supone para la supervivencia de la humanidad y para el resto de especies del planeta, el clima de miedo sanitaria, económica y social que se deriva”, reconoció la directora del CCCB en la presentación del evento del pensamiento. Frente a todo esto, nos hemos quedado “sin palabras para imaginar y poner nombre a este futuro”, de tal forma que ha sido, a veces, un futuro impensable.

Este, como sabemos, no es un sentimiento nuevo, ni es poco importante: la crisis del empalabramiento, en relación directa con la crisis de la pedagogía y de la credibilidad, como apuntó el antropólogo Lluís Duch, se plantea en Occidente al menos desde 1902 cuando el poeta y ensayista Hugo von Hofmannsthal escribe en su Carta de Lord Chandos que el lenguaje se le había hecho insuficiente para pensar y compartir el mundo.

Ojalá los coetáneos vieneses de Hofmannsthal —Stefan Zweig, Karl Kraus y otros— hubieran tenido la buena idea de montar un proyecto como el Vocabulario de Futuro, dentro del programa de la Biennal, que pide a intelectuales y pensadores que encuentren palabras para este nuevo mundo. Para cada una de estas palabras que piensan autores como el ya citado Latour, Stefano Mancuso o Mircea Cartarescu, ellos mismos redactan un texto que será interpretado por cineastas y artistas visuales como Isaki Lacuesta, Carla Simon o Alba Satorra.

‘Hay que recuperar la idea de futuro en un mundo que se empeña en negarlo’, nos recuerda Judit Carreras, directora del CCCB

La inauguración de la Biennal irá más allá de la ecología de las palabras y abordará también la cuestión de la supervivencia de los humanos en el planeta y el futuro de las especies con pensadores como Donna Haraway y Margaret Atwood. Donna Haraway es conocida por su Manifiesto Cyborg, publicado en 1985, en el que articula feminismo y socialismo y que desarrolla la analogía social del ciborg. Sobre el asunto de la tecnología y sus retos en términos humanísticos, como las incertidumbres que generan unas sociedades controladas por el algoritmo y por los avances científicos y tecnológicos de todo tipo, Atwood —todo un referente del pensamiento ecológico— ha escrito que cada uno los avances de la ciencia y la técnica conlleva “una parte oscura” que hay que conocer y explorar, para poder descartar.

 

La ciudad de los afectos

Atwood coincidiría que el pensamiento utilitario y aplicado ha debilitado la capacidad humana de gestionar emocionalmente el día a día, sobre todo en épocas críticas, y que no hay ámbito donde esto haya sucedido de manera más evidente que en el tecnológico. Más allá de qué beneficios económicos o de tiempo conlleva una innovación tecnológica, deberíamos poder pensar sobre cosas inútiles, como la forma en que afecta a las relaciones y las emociones, y qué rol desempeñan en la construcción de imaginarios tanto las tecnologías como las ficciones tecnológicas.

“La tecnología —dice este sentido Marta Peirano, responsable de los contenidos sobre tecnología de la Biennal, junto con Adrià Garcia Mateu— afecta a nuestra capacidad de imaginar futuros, de proyectar nuevas ideas y también afecta a la habilidad que hemos desarrollado para deshumanizar a otros colectivos y manipular”. Peirano, autora de El enemigo conoce el sistema (Editorial Debate, 2019) y El pequeño libro rojo del activista en la red (eldiario.es libros, 2015), prologado por Edward Snowden, reivindica, precisamente, la reflexión sobre la conexión entre tecnología y lenguaje.

Efectivamente, no siempre hemos sabido pensar la tecnología desde los efectos que tiene en lo social ni hemos sabido situarla dentro de una ciudad humana y humanista. Urgidos por la velocidad, tal vez la premisa dominante en cualquier ámbito de la civilización humana, como ha escrito Sloterdijk, la rebaja del gasto o el aumento de los beneficios, pocas veces hemos contestado, críticamente, de qué manera nos afectaba como personas y como sociedad la aplicación política y social que se ha hecho de la tecnología. Hay un impacto claro, por ejemplo, en cómo esta tecnología afecta a las identidades de género, de raza, de clase social, o en cómo está conduciendo hacia una perpetuación o no de unos imaginarios colectivos.

“Las nuevas tecnologías facilitan una transmutación del lenguaje a fin de servir a procesos que, desde el punto de vista democrático, son tóxicos, como la propia deshumanización de colectivos, la proliferación de las teorías de la conspiración y de narrativas que atentan contra los principios democráticos”, argumenta Peirano. Sheila Sen Jasanoff, también presente en este ámbito de la Biennal, ha sido una de las autoras referentes, y pioneras, en este tipo de reflexiones. Suyo es el concepto de “epistemologías cívicas”, aplicado a la forma como diferentes sociedades, a través de sus maquinarias políticas, desarrollan diferentes modos de razonamiento político cuando toman decisiones relacionadas con la ciencia y la tecnología.

‘La tecnología afecta a nuestra capacidad de imaginar futuros, de proyectar nuevas ideas’, dice la comisaria Marta Peirano

Para Peirano, ahora que la Covid-19 ha conseguido lo que parecía imposible, que es que las relaciones, los procesos y las interacciones que tenemos estén del todo mediados por una gran plataforma digital, ya sea Google o Facebook o Whatsapp o Zoom, incluyendo espacios donde hasta ahora no había entrado, como la sanidad o las escuelas, “los escenarios de construcción individual que habíamos llegado a contemplar, como resistir a determinadas aplicaciones o no utilizar determinadas tecnologías, quedan completamente descartados”. Hoy, las relaciones laborales y formativas deben estar necesariamente mediadas. ¿Cuáles son, pues, los escenarios de acción colectiva que nos quedan y cómo los organizamos? De la reflexión en torno a estas preguntas dependerá que la tecnología nos permita equilibrar las desigualdades sociales y facilitar relaciones más humanas.

 

Democracia en tiempos de crisis

Si hablamos de derechos, cabe preguntarse, también, si es posible la democracia en una ciudad en la que existen estas desigualdades. “La idea de la que partimos es una idea obvia —dice Daniel Gamper, asesor de los contenidos de democracia de la Biennal, junto con el sociólogo César Rendueles—: reflexionar y practicar la democracia, que es un sistema de gobierno, una manera de tomar de decisiones, una forma de vida, forma parte de la misma democracia. La democracia es también el discurso sobre sí misma. La discusión que hacemos es una manera de ejercer esta democracia.”

En torno a la idea de democracia, Rendueles, , que acaba de publicar el ensayo Contra la igualdad de oportunidades (Seix Barral, 2020), considera que otro eje de reflexión es la idea de transición. “Creemos que en la última década se ha extendido una cierta sensación en nuestras sociedades de pérdida de sentido, de pérdida de legitimidad de las estructuras políticas y culturales que orientaban nuestras vidas de manera más o menos consensuada”, asegura. El sociólogo considera que estamos viviendo un momento de apertura a otras posibilidades de organización colectiva. “Pero tampoco está nada claro hacia dónde vamos, no?”.

‘Se ha extendido una  sensación de pérdida de legitimidad de las estructuras políticas y culturales que orientaban nuestras vidas’, explica César Rendueles

“Nos parecía relevante en este contexto —continúa Rendueles— debatir sobre el papel del conocimiento científico, del solucionismo tecnológico, en nuestras democracias. De repente, la importancia que han tomado las dimensiones técnicas en los últimos meses, con una gran visibilidad pública que posiblemente forma parte de las estructuras de gobernanza de nuestro tiempo”.

Esta coartada del solucionismo, como ha indicado la pensadora Marina Garcés, también presente en la Biennal de 2020, “ha perdido la atribución de hacernos mejores”, como personas y como sociedad. “Ya no contamos con hacernos mejores a nosotros mismos, sino que solo aspiramos a obtener más o menos privilegios en un tiempo que no va a ninguna parte”, ha escrito en Nueva ilustración radical (Anagrama, 2017).

La ciudad como reto

Los ciudadanos y las ciudadanas sabemos que el contrato cívico conlleva una obligación ética de cuidar el medio urbano donde vivimos. Hemos interiorizado, pues, que el ciudadano debe cuidar la ciudad. Por otra parte, sin embargo, ¿cómo cuida la ciudad a la gente? ¿Cómo genera espacios de calidad, inclusivos y saludables?

Dentro de la lista de cosas a repensar, en un momento en que el 55% de la población mundial vive en áreas urbanas y se estima que en 2050 esta cifra alcanzará el 70%, esta magnitud de transformaciones que afectarán en poco tiempo en ciudades como Barcelona marcarán la arquitectura, nuestra manera de vivir, de relacionarnos, de desplazarnos, de convivir y de compartir. “Hay que pensar sobre el acceso a una vivienda digna, los nuevos modelos de movilidad, el crecimiento de los tejidos, la densificación, y la gestión de los procesos y ecosistemas urbanos”, asegura, en este sentido, la música y arquitecta Núria Moliner, una de se responsables de los contenidos sobre ciudad de la Biennal 2020, junto con el también arquitecto Josep Ferrando.

Si la convivencia urbana es esencialmente colectiva, necesitamos de un urbanismo capaz de corregir los desequilibrios. “Necesitamos —dice Ferrando— una ciudad que escucha, que observa de forma atenta y empática, que entiende a la gente, que la cuida, para generar complicidad y comunidad”. Una ciudad atenta y vivible es una ciudad sana, pero el incremento de temperatura del aire en las grandes ciudades, por los efectos de la globalización, requiere fortalecer las infraestructuras de salud, de masas de vegetación, pero también garantizar la calidad del aire.

‘Necesitamos una ciudad que escucha, que entiende a la gente, que la cuida, para generar complicidad y comunidad’, reclama el arquitecto Josep Ferrando

En este sentido, la antropóloga Yayo Herrero, autora de ensayos como La vida en el centro (Libros en acción, 2018) o Petróleo (Arcadia, 2018) y que estará presente en la Biennal, ha escrito en alguna ocasión que “configurar una salida alternativa y justa que no reconozca y no asuma la naturaleza ecodependiente y interdepenediente de la vida humana es misión imposible”. “Sólo la conciencia de lo que sostiene materialmente la vida puede ayudar a perfilar políticas, instrumentos, procesos e instituciones compatibles con esta doble dependencia”, resuelve.

Necesitamos, pues, que las ciudades se piensen desde la economía circular, desde la emergencia climática. “Sólo un 1% de los objetos que están a nuestro alrededor son diseño de autor. Aquí hay algo que no funciona. ¿Y el 99%? Mucha gente empieza a hablar de desarrollo sostenible, pero incluso esto es una especie de oxímoron, porque es imposible crecer infinitamente en un entorno, nuestro planeta, que sí es finito. Algunos modelos que me parecen interesantes son la generación distributiva, que seamos consumidores y productores de energía al mismo tiempo, o la economía colaborativa”, ha explicado en alguna ocasión Óscar Guayabero, un referente del diseño en Barcelona, ​​que expondrá estas dudas en el evento del pensamiento.

Ciudades más abiertas, pues, en tiempos de cierres y de miedos; más resilientes, en tiempos de debilidad, menos desiguales y más democráticas cuando nos amenaza el populismo. Necesitamos pensar en ello, en todo esto, con las herramientas de la filosofía y de las humanidades, como necesitamos pensar en las funciones vitales cotidianas. Nuccio Ordine, citando a Ionescu, escribía en La utilidad de lo inútil (Acantilado, 2013) que “la poesía, la necesidad de imaginar, de crear, es tan fundamental como lo es respirar. Respirar es vivir, no evadir la vida”. Podríamos añadir que pensar es como respirar. Y que hoy necesitamos más que nunca este refugio.

  • Este es un texto elaborado per deriva por encargo del Institut de Cultura de Barcelona con motivo de la Biennal de Pensament 2020.

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