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Los currículums son todavía más inútiles si hay racismo

Los ciudadanos y los comerciantes se equivocan al asociar sus problemas al mantero: deberían achuchar al político, como hacemos nosotros, para cambiar la ley de Extranjería y que eso nos permita tener derechos y sumarnos a sus propias exigencias sociales.

A los siete años ya ayudaba a mi madre a hacer muñecos de trapo. Ella era la que los vendía. Siempre me decía que los hacía muy rápido. Después estudié carpintería y mecánica, aunque finalmente volví a la costura. Realmente, mi casa fue mi escuela y mi madre me lo enseñó todo. Lamentablemente, no pude ir a clase.

Al cabo de unos años me fui de Senegal por necesidades económicas, pero también para descubrir otros oficios. Cuando llegué a Mauritania me encantó la pesca; gracias a ella fui muchas veces a las Islas Canarias y allí me llegaron rumores que decían que España necesitaba a trabajadores en los campos. Decidí migrar.

En ese momento, ya había trabajado en media docena de sectores y tenía quince años de trayectoria profesional. Dio igual. Al llegar a España, pregunté por los campos y me contaron que tenía que llevar tres años en el país para poder trabajarlos. Durante ocho meses busqué cualquier trabajo. Estuve de paleta, de sol a sol, y me pagaban tan poco por ello que de ninguna forma podía ayudar a los míos. Sólo me quedó la venta ambulante.

La gente en España quiere seleccionar sus trabajos, lo entiendo, pero los hay que no podemos ni preguntarnos de qué trabajar. Tengamos la experiencia que tengamos. Tenemos un problema que va más allá de la falta de oportunidades: la ley de Extranjería nos excluye, no nos permite mejorar nuestras vidas y nos prohíbe aportar en el territorio de acogida.

Para todo el mundo el trabajo es una forma de progreso. Pero para nosotros es algo más: es pura supervivencia. Cuando uno está en situación regular puede decir me gusta o no me gusta esto. Una persona racializada siempre está dispuesta a todo. No puede elegir. Lo de cargar sacos o no es un debate privilegiado, no es un debate para migrantes. No podemos acceder siquiera a los trabajos basura, a los más básicos.

Ojalá algún día una persona recién llegada aquí pueda aprovechar su experiencia como lo hace un blanco que viaja a Senegal.

Hace unos meses, un miembro de mi familia enfermó y, al llegar al hospital de Mbour, no estaba su doctor de siempre. Lo habían cambiado y era un francés recién llegado. ¡El jefe del hospital acababa de llegar! Al revés, sería imposible: tenemos un compañero mantero que es médico, tiene estudios en Cuba. Después de conseguir todos sus títulos, llegó aquí y tuvo que hacer de nuevo la ESO.

La venta ambulante es lo único que nos queda. Y desde ahí luchamos. Pero, por desgracia, el espacio público es el espacio del dinero. El Ayuntamiento nos echa con el pretexto de la ilegalidad de nuestras mantas, pero sí permite sillas y mesas para los turistas.

Luego están los comerciantes, que nos culpan de no pagar impuestos. Ojalá pudiéramos. Nos gustaría que pensaran en el porqué del porqué. Si los comerciantes realmente quieren acabar con la venta ambulante deberán hacer por cambiar antes la ley de Extranjería. De alguna forma, es el Gobierno el que nos manda a vender. Esa es la consecuencia ante la imposibilidad de acceder a los papeles. Que los comerciantes luchen junto a nosotros contra ese Gobierno. Nosotros también queremos sumar para ayudar en todas las conquistas sociales posibles, pero antes hay que sacar al mantero de la vulnerabilidad total.

Los currículums no sirven si detrás hay un sistema racista. El otro día fui al banco. Abrí la cuenta hace años, con un pasaporte que conseguí tras dos deportaciones. Y ahora estaban actualizando las libretas y la mía estaba bloqueada. Gracias al trabajo del Sindicato Popular de Vendedores Ambulantes, a su marca Top Manta, al local del colectivo en el Raval, ahora tengo nómina. Pero el trabajador del banco, me dijo: “¿Te emplea una asociación popular de vendedores ambulantes?”

Él se preguntaba cómo podía tener nómina con una asociación de manteros. Le dije que la nuestra es una empresa como cualquier otra: una empresa legal con un nombre que se asocia a la ilegalidad. Espero podamos crecer y ayudar a más gente. Nuestra cooperativa no sólo nos saca de los problemas asociados a nuestra actividad en la calle. También hackea el sistema. Porque el problema aquí no es sólo legal o laboral. Es sobre todo racial.

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