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María José Llergo, lo político de cantar sin prisa

La cordobesa es una artista-puente. Su cante, profundo pero a la vez cercano, conecta presente y pasado: la memoria de su tierra, las enseñanzas de sus abuelos, sus raíces andaluzas y un presente injusto que combate recuperando lo que el flamenco es. Lucha.

Despierta la misma admiración y sosiego al hablar que al cantar. Son pocos los artistas que emocionan de igual manera sobre un escenario y ante una grabadora. María José Llergo (1994) lo hace. Tal vez porque entiende lo contemporáneo desde enseñanzas pasadas: las de sus abuelos, las de los campos en Pozoblanco donde se empapó de flamenco. Con todo ello, la cordobesa ha despertado una atención casi mística entre el público.

Afincada en Madrid, previo paso por Barcelona para estudiar música con una beca (“toda mi vida me han dicho que no soñara con esto que me está pasando”), con las pocas canciones que ha decidido lanzar hasta la fecha le ha bastado para tocar hueso en muchos.

La joven, que en enero publicará su EP debut, Sanación, rompe el trajín con su cante, pero también con su discurso, que atenta contra los convencionalismos y aboga por algo tan sencillo –y tan vilipendiado– como el respeto al otro. La artista reivindica el espíritu combativo del flamenco, el único espíritu que tiene para ella. El que sirve para luchar contra el antigitanismo, desde el feminismo y desde una perspectiva social.  

La artista ha conseguido aplicar pausa en tiempos de fast food. Seguir sus ritmos. Sumando aliados, que la acompañan sin marcarla: la compañía Sony, el rapero Juancho Marqués (Quema) o el productor Lost Twin, con quien ha trabajado el flamenco vanguardista del tema El Péndulo, su última referencia.

¿Se puede llevar otro ritmo en tiempos de instastories? ¿Se debe?

Sí a las dos cosas. Uno debe hacer lo que siente, por lo menos yo lo necesito. Si siento que estoy obedeciendo, se pierde la espontaneidad del arte. El arte es una manifestación espontánea de algo que llevas dentro y que se materializa, en mi caso, con la música. Y he definido el arte de forma superescueta, porque el ser humano todavía no ha conseguido dar con las palabras. Igual que tampoco ha conseguido definir la belleza. Conseguimos sentirla. Cuando trabajas con el arte, y eso que yo llevo sólo desde abril profesionalizada, poco tiempo pudiendo materializar lo mío con garantías, lo que más agradeces es haber podido decir ‘no’ a muchas cosas. 

El mercado nos hace vivir con miedo a pronunciar ese ‘no’.

Yo llevo toda la vida pensando en mi presente. No me ha dado para pensar en mi futuro. La precariedad, la incertidumbre me hacen vivir en un presente constante. 

¿Jugar con la idea de futuro también parte de un privilegio?

Yo estaba en Barcelona estudiando con una beca, estudiaba todo lo que podía, porque sabía que mi tiempo aquí era limitado. Me tiré aquí seis años estudiando y estuve… Estudiando. Poca fiesta, poca broma. Porque para mí era vital. Y me alegro muchísimo porque ha sido muy productivo, pero yo no le pedía nada a cambio al esfuerzo que hacía; hacía lo que sentía. Me dejaba llevar por la magia de la música que estaba conociendo aquí. De las personas. No hay nada como tomar decisiones en torno al arte, porque mi arte es mi vida. Yo no canto letras de otro. Yo no canto la vida de otro. Yo canto la mía, como yo veo el mundo. Y si hay una tormenta y me sale un poema o una canción, ese es mi centro. Mi tierra, que siempre he echado de menos, es mi centro. Es como si mi tierra fuese un hilito tirando de mi, y cuanto más lejos me voy, más me hace así [mueve las manos como si rescatara el cubo de un pozo].

Y ese centro, ¿cómo dialoga con la inmediatez? ¿Con que las canciones prácticamente caduquen antes de ser publicadas?

Hay que buscar el aquí y el ahora. Cuando estoy en el escenario encuentro el aquí y el ahora. Y cuando canto en mi casa. Eso me abstrae de toda la pretensión, del ego. Simplemente me expreso, con la máxima sinceridad que puedo. Para conmigo y por ende para los demás. Eso es lo mejor que me puedo hacerme a mí misma, ser sincera. Mucha gente te puede dar lo que quieres, pero muy poca lo que necesitas. Yo intento darme a mí misma lo que necesito.

Ese centro… ¿Es sólo individual?

Todo es una decisión política. Qué te compras. Qué comes. Estamos eligiendo continuamente, y no hace falta que sean decisiones tan grandes como a quién votar. Cómo tratas a los demás. Si los tratas por encima del hombro, ¿sabes? Si respetas a los demás, aunque tengan un trabajo diferente al tuyo, aunque vengan de otro país. Y que te respeten a ti. Todo es política. Porque todo lo que haces tiene un efecto sobre los demás. Mi música tiene un factor político, sí, pero no es elegido, ni impostado ni preparado. Yo he aprendido mucho y me queda mucho por aprender, pero si hablo del drama del Mediterráneo [Nana del Mediterráneo] como lo hago, es porque lo siento así. Y si me indigna que haya gobiernos irresponsables, lo voy a decir.

¿No le pides nada a la música? 

La música me ha salvado la vida, no puedo pedirle más. 

¿Y a lo que está alrededor? ¿A la industria?

No le hago caso. 

¿Y cómo haces para que las empresas del sector no se apropien de tu entusiasmo?

Lo más revolucionario es ser libre. En tu arte, en tu música. Y no dejar que nadie se entrometa, ni en tus letras, ni en tus canciones, ni en tu expresión. 

¿Cómo has hecho para que eso pase con una multinacional como Sony? ¿Sigues pudiendo reivindicar tu identidad al completo, como joven, racializada y feminista?

Mira, lo tengo todo [ríe]. Pero sí, es lo que dices. Así ha sido: toda mi vida me han dicho que no soñara con esto que me está pasando. Yo igual vengo de un mundo donde lo menos común es que pasen estas cosas. Un mundo humilde, pero en el que nunca me he sentido pobre. A mí, ni el dinero ni la vanidad me tientan. Por cosas de la vida, he aprendido aquello que importa. Me quedo con mi libertad, antes que con la pasta. No hay nada que pueda compensar eso. La pérdida de las libertades es terrible, podemos aprender de ello del pueblo gitano. Para el pueblo gitano las libertades son imprescindibles. Muchos de nosotros cada día perdemos libertades y no las reclamamos. 

Y estos compromisos, ¿se tienen o se adquieren?

Los compromisos se descubren. Yo no estaba al tanto de lo del Mediterráneo, hasta hace unos años. Me sobrecogió y canté sobre ello sin pensar jamás que podría grabar esa canción y dársela a la gente. Podemos ir adquiriéndolos igual, pero deberíamos buscar la igualdad siempre. Nos concierne a todos, como una obligación. La igualdad debería ser un derecho, para todos. Sin embargo, no reivindicamos cuando vemos que nuestros abuelos tienen pensiones de mierda o nuestras abuelas, que siquiera tienen por trabajar siempre en los cuidados en casa… 

Si no nos afecta, no lo luchamos.

Exacto. A mí me gustaría que nos pusiéramos en el lugar del otro, ser más sensibles, porque mañana te puede pasar a ti. No es nada sofisticado. Me siento un poco tonta por decir cosas tan evidentes, pero aunque suene evidente, lo complejo es llevarlo a cabo.

Si se universalizara ese sentido común… 

Ojalá se universalizara. Y se entendiera a los artistas como entes libres y no como presos del mercado. Un artista no está aquí para complacer. Mucha gente, insisto, puede darte lo que quieres, sobre todo cuando va de la mano de convencionalismos que están apoyados por industrias. 

El complacer es el amigo más típico de una carrera… 

Complacer a los mercados es amigo de una carrera industrial. Es enemigo de una carrera personal. Porque estamos en un mercado donde se nos cosifica. Continuamente. Y a veces se deshumaniza, parece que de repente eres un ídolo al que adorar ciegamente. En vez de una persona que hace arte, que siente, que es sensible. Y por ende es fuerte. No es sensible y débil. Al contrario, es sensible y por ello fuerte. Porque tiene perspectiva, espíritu.

Volviendo al principio de la charla. Ese espíritu debe dar para unas stories, pero no para tropecientos. ¿Los artistas trabajan todo el día para las redes?

Las redes construyen un retrato parcial de uno mismo. En Instagram todo es de color de rosa; en Twitter todo es atacar; y en Facebook, todo familiar. Es totalmente diferente dependiendo de la red social que uses, esa es la sinceridad de cada red. Si en Instagram compartes una foto riendo, estará todo genial. ‘Qué cuqui’. Pero si compartes una story triste, hablando de tu depresión, mal. No es lo que el mundo quiere ver. 

¿Tú quieres hacer de tus redes un reflejo complejo de tu vida o, al contrario, hacer decrecer tu relación con tu yo en Internet?

La gente que me sigue es preciosa. Me manda poemas. No los veo como comunidad, los veo como iguales. Pero también sobre un escenario. Por eso les doy lo mejor de mí, estando en ese espacio-tiempo mirándome. Eso para mí es lo más bonito. Todo el mundo debería vivirlo alguna vez, cuando siento ese aplauso es como un abrazo. Sentirlo es la aceptación más bonita del mundo.

¿Y cómo hacer para que todo el mundo lo viva? Siempre nos han dicho que los escenarios son para unos pocos.

Yo reivindico mucho que mis referentes tengan visibilidad. Si Vogue me hace un reportaje, le digo que no me van a poder conocer sin conocer a los míos. ‘Vámonos a Pozoblanco y os presento a mis abuelos, el campo, donde yo aprendí a cantar’. En el número de diciembre están mi abuela María y mi abuelo Pepe, eso para mí es lo más bonito que hay. Que sientan lo importantes que son, que lo sepan. Están en los créditos de los videoclips. 

¿En los créditos?

Y pongo: ‘María Aguado Calero’. El nombre completo de mi abuela. Y ella me dice: ‘Esa se llama como yo’. [ríe]. Nunca en su cabeza cuadrará que se trata de ella… Y lo es, ¡claro! Sin ella ese videoclip no estaría ahí. Cada uno con su familia debe repartir alegrías. Las alegrías compartidas se viven mejor. Mi abuelo siempre ha soñado con cantar. Él vivió en Barcelona cinco años e iba por el Paral·lel, por las salas, queriendo cantar en ellas. Y ahora que estoy yo cantando en ellas, me acuerdo de él, e intento que viva a través de mí su sueño. Cuando el equipo de Vogue fue a Pozoblanco, mi abuelo se puso de pie y se sintió como en un teatro. ¡En el patio de su casa! Le dura todavía la alegría. ‘¡Qué buen día echamos!’, me dice. Sigue muy emocionado con aquello. Y yo con él.

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