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Massin Akandouch, activismo, desobediencia y ‘likes’

Cada vez que juega con la manga de la sudadera negra, muestra un número que lleva tatuado al dorso de la mano derecha: ‘3356’. Massin Akandouch (2001, Al Hoceima) propone hacer la entrevista en el coro de Mataró, en la plaza de la Muralla: “Aquí quedaba siempre con mis amigos después de la escuela. Me gusta porque me transmite tranquilidad”.

Massin busca tranquilidad y es normal que lo haga. Cuando nació, su nombre —que comparte con el histórico rey amazig Massinissa— estaba prohibido por las autoridades marroquíes. Ha crecido con el luto de vivir la represión hacia sus seres queridos para participar en la disidencia política. Tan solo un año después de su nacimiento, su familia tomó la decisión de marcharse del Rif y migrar a Mataró, donde todavía viven.

Es un enamorado de Barcelona y pasa en la ciudad buena parte de su tiempo. Una de las primeras veces que entendió qué era el racismo estaba en su ciudad preferida, una tarde en que paseaba con amigos blancos por el Raval y notó como ellos experimentaban todos los estereotipos sobre el barrio.

Pero por mucha devoción que tenga Massin por Barcelona, detesta profundamente la estatua de Colón. Sus antepasados formaron parte de la resistencia anticolonial rifeña y se siente “denigrado” cuando tiene que andar por debajo del monumento.

Massin se define como un tipo serio, pero cuando llevamos un rato charlando en esta plaza de Mataró se vuelve más extravertido y sincero. Se abriga del frío otoñal con una chaqueta vintage de segunda mano porque apuesta por la moda ecológica. Un colgante con una joya familiar amazig revela hasta qué punto es cuidadoso con los detalles de su outfit.

A pesar que confiesa no peinarse nunca, empezó a hacer hablar de su pelo cuando era un adolescente, a causa de su papel como activista. En Instagram acumula más de 13.000 seguidores. Los videos de las acciones animalistas en que participaba catapultaron su influencia en las redes sociales. En una de estas acciones, un buen día, liberó a Mercury, un cochinillo de granja, pero se sintió mal por la madre que le hizo dejar atrás. Para recordarla se tatuó el número que llevaba grabado en la oreja: el 3356 que ahora, en esta plaza, saca el jefe a menudo sobre su mano, bajo la manga de la sudadera.

¿Por qué empezaste a hacer activismo?

Supongo que es genético. Mi madre es activista desde que tenía catorce años. Por ello, fue fugitiva y presa política. También sufrió torturas. Mi familia me ha inculcado los valores de la lucha social desde muy pequeño. Recuerdo, por ejemplo, cuando íbamos cada año a la Diada de Catalunya, siempre con una bandera amazig y una estelada.

¿Qué es para ti el activismo?

No es una cosa que yo haya escogido, lo tengo que hacer, es una cuestión de supervivencia. No tengo más opción que luchar por mis derechos. Es la herramienta que tenemos para vivir dignamente. No puedo aceptar las opresiones.

¿Ser tan joven juega a favor o en contra?

Ser joven perjudica y favorece a la vez. Por un lado, puedes conseguir que la gente te escuche más porque un joven llama más la atención. Pero también te pueden despreciar por no tener experiencia.

¿Cómo utilizas las redes para hacer llegar tu mensaje?

Hoy por hoy, tengo una relación violenta con las redes. Antes publicaba mucho, compartía mi día a día, pretendía normalizar el activismo entre la juventud. A pesar de todo, acabé quemado y dejé de publicar. Mi salud mental tiene que prevalecer y sobre todo con Instagram he acabado teniendo una relación tóxica.

 

¿Crees que valoramos a los activistas en función de los likes?

Sí. Nos hemos olvidado del trabajo de calle. Hay personas que hacen activismo para darse autobombo. Ahora está de moda. Esto también alimenta egos. A mí me ha pasado. Llegué a creer que sabía más que otra gente solo para ser activista. Por suerte, cuando me alejé de las redes, me di cuenta que lo había hecho mal, y cambié mi forma de actuar.

¿Qué peligros tiene hacer lo que haces?

[Respira profundamente] Hay peligros legales. He recibido muchísimas denuncias y multas por hacer lo que hago. También hay consecuencias sociales. En mi instituto me empezaron a tomar por loco. Les parecía bien mi activismo mientras no rompiera la ley. Pero, para mí, en cualquier movimiento social, la desobediencia es imprescindible.

La desobediencia es imprescindible en cualquier movimiento social

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Un discurso animalista de Gary Yourofsky significó un antes y uno después en la vida de Massin: lo motivó a hacerse vegano y activista por los derechos de los animales. En su momento, el joven mataronense llegó a liderar el movimiento Meat The Victims en Catalunya. A pesar de todo, hace un tiempo que decidió dar un paso atrás y ahora se ha alejado de la primera línea de combate.

Ya no estás tan activo en el activismo por los derechos de los animales…

Sigo defendiendo los derechos de los animales siempre que puedo, pero me he alejado un poco de todo lo que implica el movimiento. Ha llegado a ser tóxico. Todo era veganismo, estaba en una burbuja, necesitaba descansar, tener una vida normal.

¿Crees que hay marcas que se aprovechan del movimiento?

Claro, se aprovechan para sacar beneficios económicos.

¿Se relaciona con la blanquitud?

El activismo vegano está emblanquecido. Hay personas para las que es más complicado ser veganas. Por cultura, etnia o estatus social. Despreciarlas porque comen carne no me parece aceptable. Cuando viajo al Rif, continúo practicando el veganismo y tengo el privilegio de comprarme los alimentos que quiero, pero por el precio del brik de leche de soja que compro, una familia entera comería durante toda una semana.

Los videos de las acciones de Meat The Victims se hicieron virales. ¿Qué significado tiene para ti liberar animales?

 

Siempre se han hecho acciones para liberar animales. Normalmente no se graban, se intenta que nadie se entere. Pero decidimos grabarlo porque sabemos que es un acto polémico. Creíamos que era una manera de poner en la agenda pública el veganismo. Sirve para politizarlo a pesar de llamar la atención de los medios. Aun así, no es sencillo, requiere preparación. Nos tenemos que asegurar de mantener la bioseguridad intacta, que los animales no se estresen, que la gente esté segura.

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En 2016, se encendió la llama del movimiento popular del Rif, más conocido como Hirak, a raíz de la muerte del pescador Mouhcine Fikri. Massin lo vivió a la otra orilla del Mediterráneo, sufriendo por un nuevo capítulo de represión hacia su familia.

El activismo vegano está emblanquecido: hay personas para las que es más complicado ser veganas por cultura, etnia o estatus social

¿Cómo viviste el surgimiento de Hirak?

El Rif es una zona históricamente marginada, ignorada y maltratada. Hirak pide cambios, justicia social y derechos. Es un movimiento de dignidad. El régimen marroquí ha respondido con represión. Una de las caras más icónicas del movimiento es Nasser Zefzafi, que ahora está encarcelado. Mis primos Silya Ziani y Karim Amghar también fueron arrestados.

¿El norte de África es árabe?

En el norte de África hay árabes, pero no son originarios del Magreb. Los árabes vinieron y ocuparon la zona a expensas de la masacre de los amazig. Hay activistas, cantantes, poetas, periodistas que han sido asesinados por los arabistas. Ser amazig en el norte de África es peligroso, a pesar de ser nuestro hogar. Por eso decía que el activismo es supervivencia.

¿Los árabes se apropian de la cultura amazig?

Principalmente, la apropiación se ha hecho desde un punto de vista europeo, porque se cree que el norte de África es árabe, de moros. Gran parte de la historia y cultura amazig desapareció o pasó a considerarse árabe. Desde un punto de vista eurocéntrico, hay cosas que se consideran árabes pero que realmente no lo son.

¿Qué diferencia hay entre amazig y bereber?

Bereber es la terminología europea para designar en el pueblo amazig. Proviene de bárbaro y es despectivo, porque nos presenta como seres salvajes.

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Massin ha vivido el racismo en primera persona. Guarda en la memoria experiencias que le hicieron entender cómo operaba la xenofobia. Por ejemplo, recuerda un día en que paseaba con amigos blancos en el barrio del Raval y notó como ellos estaban pasando miedo. 

¿Has sufrido racismo de algún tipo?

De pequeño me emblanquecí, me europeizé. Me avergonzaba de mis orígenes. Los ocultaba. Cuando mis padres llevaban tayín o cuscús a la escuela me avergonzaba. Quería hacer lo que los cánones de la blanquitud establecen, porque si no lo hacía, me sentía inferior. Me autocolonicé. Cuando empecé a profundizar sobre quién soy y de dónde vengo, cuando empezó el Hirak, recuperé la dignidad. Llegué a la conclusión que la identidad amazig está en peligro y que si no la preservo, contribuiré a su extinción. El racismo que más he sufrido ha sido cuando se ha puesto en entredicho mi capacidad por mi origen.

De pequeño me emblanquecí, me europeizé. Me avergonzaba de mis orígenes. Los ocultaba. Cuando mis padres llevaban tayín o cuscús a la escuela me avergonzaba.

¿“Que bien que hablas catalán”?

¡Exacto! [ríe] Pero también con el inglés. Se sorprenden que pueda hablar tan bien un idioma.

En cuanto a tu identidad, ¿te podrías definir?

Me siento amazig y catalán porque he crecido entre las dos culturas. Siempre he estimado a la cultura catalana. Mi familia siempre ha participado de asambleas, fiestas mayores, casales de barrio, asociaciones vecinales. Celebramos la Navidad, hacemos cagar el tió… Hablo en catalán con mis primos. Soy muy amazig y muy catalán.

Anteayer fue el Día de la Raza, ¿qué opinas de esta festividad?

Es vergonzoso que se celebre. Cuando estoy en Barcelona y veo la estatua de Colón, me siento humillado. Me denigra andar bajo él. Es un recordatorio de que el racismo y el colonialismo todavía mandan.

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