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No descansar ni en vacaciones

Qué rabia, mierda, ya vuelve a oír esas voces que la reclaman, asustadas, dentro de su cabeza. Ante ella tiene las aguas temblorosas de El Perelló, el pueblo que ha elegido para coger fuerzas de cara a una segunda oleada de la pandemia. Pero ni así, no-hay-manera, la siguen reclamando:

—Mireia, ¿qué dosis de morfina le pongo para que no sufra?
—Mireia, por favor, ¿cómo funciona una bomba de infusión [mecanismo para poner la medicación en situaciones agónicas]?
—Mireia, ayúdame.
—Mireia…

Son las voces angustiadas de los sanitarios que tantas veces la han llamado estos últimos meses en situaciones límite para pedirle consejo. Sobre todo, dice, le vienen recuerdos de conversaciones reales que ha tenido con profesionales de la atención primaria que han atendido en residencias y que nunca habían tenido que hacer frente a tanta muerte, y tan fulminante. La llamaban a ella, Mireia Rusiñol, médico de atención paliativa domiciliaria con más de treinta años de experiencia, porque se había ofrecido como asesora ante la falta de manos. “Mi teléfono ha estado activo 12 horas cada día durante el pico de la pandemia. Cada día me llamaban colegas que tenían que acompañar a morir a enfermos en cuestión de horas. ¡He estado dando pautas de sedación por teléfono muchos días de la semana!”, exclama exhausta.

Alejada del resto de bañistas, con la pertinente silla de plástico estratégicamente colocada bajo la sombra de unos pinos, asegura que estas vacaciones está teniendo más dificultades que nunca para desconectar por más que se esfuerce, porque tiene “una sensación de alerta constante” metida en el cuerpo: “Sufro porque sé que he dejado una responsabilidad muy importante a los compañeros. Piensa que los equipos con quienes trabajo están formados por diez profesionales y ahora han quedado cuatro en plena época de rebrotes”. Con los días, reconoce, conseguirá ir bajando la guardia. Tampoco tiene mucho margen, porque al final no cogió todas las vacaciones que tenía disponibles, para no dejar solas a las otras trabajadoras.

Como le ha pasado a esta médico de paliativos, la gestión que se está haciendo de la pandemia ha provocado que este verano haya trabajadoras de todos los sectores con verdaderas dificultades para disfrutar del descanso que se merecen. Para disfrutar como tocaría, en esos días en los que la gran preocupación tendría que ser tender bien el bañador para tenerlo seco el día siguiente, en esos días en los que el máximo placer tendría que ser devorar libros o autodefinidos con los pies rebozados de arena; en esos días en los que pones el modo avión y que le den a todo. La gestión de esta crisis nos ha enseñado las vergüenzas de todo un sistema, pero también ha puesto contra las cuerdas —y no ha sido hasta ahora que lo hemos visto— una de las conquistas sociales más costosas del siglo XX: las vacaciones.  

¿Pero qué hace que no podamos descansar del trabajo, como marca el Estatuto de los Trabajadores, ni en el verano que precisamente más nos lo merecemos porque hemos vivido una pandemia mundial? Detrás de los casos que hemos recogido en deriva hay un mismo fantasma: el de la precariedad laboral que se ha agravado todavía más de lo que ya lo estaba a raíz de la crisis provocada por la Covid-19. 

Así lo denuncia Nuria Vallès, doctora en sociología por la Universitat Autònoma de Barcelona, que sube la apuesta: “Desconectar durante las vacaciones no tendría que ser la prioridad. No se trata de tener buenas vacaciones, se trata que las personas trabajadoras tengan asegurados periodos de descanso de calidad”.

La investigadora, que es especialista en curas y robótica, incorpora también el elemento de género. Considera que la gestión de la pandemia ha supuesto un “retroceso histórico” en el reconocimiento de las curas en el ámbito público. “Si voy de vacaciones —ejemplifica—, a no ser que tenga los recursos necesarios para despreocuparme, continuaré teniendo que alimentar a los hijos, limpiar la casa, hacer la compra, gestionar la economía doméstica, preocuparme por la matrícula de los niños, estar pendiente de si mi madre se encuentra bien o mal”, todas ellas tareas que recaen sobre todo en las mujeres.

Entre aquellas personas que han visto truncada esta desconexión que tanto necesitaban o que se han encontrado con que no se ha producido de una forma tan liberadora como esperaban no hay solo profesionales de la sanidad. También están viviendo estas vacaciones precarias las trabajadoras de otros servicios esenciales, que vuelven a sufrir ahora un aumento de la presión a raíz del crecimiento de positivos.

Un caso más extremo es el de las trabajadoras que ni siquiera han podido hacer vacaciones; muchas otras no las han tenido porque sus jefes las obligaron a hacer vacaciones durante el confinamiento, o porque son autónomas y no se pueden plantear bajar la persiana y no facturar, aunque sea en agosto. “Teniendo en cuenta la precariedad laboral de quien tiene contrato y sin olvidar la economía informal —remata Nuria Vallès—, lo que necesitamos para descansar y tener una buena vida son condiciones laborales dignas”. 

Artículo 24 de la Declaración Universal de los Derechos Humanos:

“Toda persona tiene derecho al descanso, al goce del tiempo libre, a una limitación razonable de la duración del trabajo y a vacaciones pagadas”.

La trampa de la responsabilidad

—Es inevitable que nos sintamos responsables del trabajazo que le dejamos al equipo cuando nos vamos —apunta Mireia Rusiñol, bikini de tirante grueso y pareo bien arriba, sobre su sector, el de la sanidad—. Detrás hay un déficit de personal tremendo.

Las profesionales de la salud consultadas son conscientes que tras sus angustias se encuentra la vivencia propia de una pandemia —que las ha chafado físicamente y emocionalmente—, pero también la infrafinanciación del sistema sanitario. 

Mientras Rusiñol habla, una familia se emociona con un pato que desaparece en el agua, reflota como si fuera un corcho y sale, blup, vencedor, con un pez en la boca. Es casi imposible no desear que el sistema sanitario aguante a flote como el pato, porque está diseñado para hacerlo; y no porque hay trabajadoras que se dejan la piel, y las vacaciones.

Pero no.  

Los recortes en el Departamento de Salud impulsados por el gobierno de Artur Mas dejaron la sanidad catalana temblando: 2.400 profesionales y 1.100 camas menos desde el 2010 hasta el 2016. Un estudio del Círculo de Salud publicado a principios del 2020 aseguraba que el sistema sanitario catalán necesitaba una inyección de recursos de unos 5.000 millones de euros anuales para no colapsar. En este contexto afrontaron la pandemia las trabajadoras catalanas de la sanidad. 

Más allá de los hospitales, la precariedad abunda: 150.000 trabajadoras todavía esperan cobrar los ERTO en todo el Estado y las ayudas a autónomos se acabaron para muchas trabajadoras en julio, con nuevas restricciones que dejan fuera de esta ayuda, por ejemplo, a todas las trabajadoras por cuenta propia que no llevaran más de dos años dadas de alta como autónomas. Situaciones todas ellas que no permiten, ya no disfrutar de unas vacaciones en condiciones, sino tener unos ingresos dignos para vivir. 

Rusiñol explica que siempre hay menos manos en verano —“aunque tampoco tendría que ser normal”, comenta—, pero los casos consultados confirman que, estos meses de calor, hay equipos que están especialmente en cuadro. Primero, porque la carga asistencial es mayor que años anteriores en época de vacaciones y, segundo, porque se ha pedido a los profesionales que concentren las libranzas antes de que llegue el frío, ante la previsión de una segunda oleada de la pandemia. 

El Hospital de Día de Granollers, que se convirtió en zona covid durante el pico de la pandemia, es ejemplo de este desajuste: el calendario de vacaciones de este año es un tetris “de entradas y salidas” de personal, que han tenido que configurar al milímetro para conseguir que todo el mundo pueda descansar, ni que sea unos días. Así lo confirma la enfermera Imma Vidal, que es coordinadora en el centro: ella ha hecho solo dos semanas y media de fiesta cuando normalmente le tocarían cuatro. “Además, nos han dicho que no nos vayamos lejos, que estemos localizables por si faltan manos”, añade por teléfono. La lista de sanitarias que no están teniendo unas vacaciones de verano como tocaría se amplía. 

Ella es de las que creía que apagaría el móvil y fuera.

—Pensaba que diría “Aquí os quedáis y ya me diréis”, pero no —remacha por teléfono Vidal, todavía espitosa, sobre revolucionada, con esa voz de no haber frenado todavía la inercia de tantos meses al límite—. Es la vez que más necesito las vacaciones de toda mi vida, y el primer día llegué a casa llorando. De cara afuera decimos “Me iré a casa y desconectaré”. Somos unas bocas, porque, cuando sabes que tienes compañeros positivos que se tienen que aislar, escribes, llamas, te ofreces. O simplemente cuando oyes que alguien dice “¡Qué calor!”, entonces tu cabeza piensa en ellas, que sabes que están sudando la máscara facial bajo varias capas de EPI. Es que es muy fuerte. Nosotras siempre llevamos ropa interior de repuesto para cambiarnos a media tarde: salimos empapadas de allí dentro… Nos sentimos responsables por las que dejamos trabajando, y más ahora después de todo lo que hemos vivido juntas.

Las condiciones extremas en las que han vivido la pandemia también han fortalecido de forma brutal los vínculos humanos en los pasillos de los centros hospitalarios, y esto también ha hecho más difícil todavía la misión de desconectar del todo del trabajo. La enfermera del Hospital de Día de Granollers recuerda que por edad, ella misma es casi población de riesgo. De nuevo, no había vivido nunca unas vacaciones parecidas: “Hay cosas que quedarán por siempre jamás entre mis compañeros y yo, que no puedo explicar a mi familia porque sería muy fuerte para ellos. Por eso creo también que me siento triste. Porque más que nunca siento que ellos forman parte de mí y, si ellos no están bien, yo tampoco”. 

En las residencias de gente mayor, duramente castigadas por la pandemia, también cogieron el teléfono para comunicar las muertes a los familiares. Carla Salas, que es psicóloga en la residencia Alchemika de Barcelona, recuerda aquellas llamadas. “La relación que tienes con el paciente es todavía más estrecha en los geriátricos porque no hay la movilidad propia de un hospital —una proximidad que se ha acentuado con la pandemia—. A las trabajadoras nos han podido dar la mano; a sus familias, no. Y desde marzo que no las pueden ver en condiciones”. Solo lo pudieron hacer durante menos de un mes, tres veces como máximo, y no más de media hora. 

*** 

Y, todavía, nos llega un Whatsapp que confirma, una vez más, que la gestión de la pandemia cuestiona si de verdad tenemos garantizado el derecho laboral de las vacaciones. Es la madre de una amiga que trabaja en un CAP de Terres de l’Ebre:

“Una enfermera positiva, el pediatra, un médico y un enfermero aislados 14 días y PCR. Y una administrativa de baja por estrés 😯 Estamos bajo mínimos, ya veremos mañana qué podemos arreglar 😢 Pero bueno, ¿qué vamos a hacer? Es lo que hay, hasta el 31 de agosto toca torear”. 

Y entonces vuelves a pensar en aquellas voces que le impedían oír el mar a Mireia Rusiñol los primeros días de vacaciones, y ahora las piensas distinto. Si hasta ahora las habías pensado con un “hostia puta”, ahora las piensas con rabia. Con el enfado de saber, y con el miedo de prever, que, si la segunda oleada se confirma, el sistema lo soportarán profesionales que no han descansado lo que se merecían. Los que no han tenido ni un mes de descanso —la mayoría temen no poder agotar las vacaciones que les deben antes de final de año—, después de haberlo dado todo en el ojo del huracán.

Como Marta Giró, residente de tercer año, que en marzo abandonó su especialidad, oftalmología, por una planta covid: “Muchos no estábamos preparados y nos lanzaron a los leones”. Dice que simplemente quiere no pensar. Sólo se ha cogido dos semanas de vacaciones para no perder tiempo de formación.

La conquista social es ahora un privilegio

La historia de la conquista social de las vacaciones en el Estado español empieza en el siglo XIX. Desde la fallida Constitución de Cádiz, en 1812, las clases populares y trabajadoras empiezan a luchar por mejores condiciones de trabajo, entre las cuales, las vacaciones pagadas. La primera regulación, sin embargo, tarda un siglo en llegar. Una ley de 1918 (conocida como “el Estatuto de Maura”) indicaba que los funcionarios disfrutarían anualmente de unas vacaciones de quince días consecutivos, siempre que las necesidades del servicio lo permitieran. 

Con leyes sucesivas, el abanico de trabajadoras que podían disfrutar de vacaciones se fue abriendo, hasta llegar a la Segunda República, cuando en 1931 se aprueba la Ley de Contratos Laborales y, en el artículo 56 leemos: “El trabajador tendrá derecho a un permiso ininterrumpido de siete días, al menos si su contrato de trabajo ha durado un año. (…) El disfrute de ésta no supone descuento alguno del salario que gane el trabajador”. No, Franco no trajo las vacaciones (ni la Seguridad Social).

“En un momento en el que estamos perdiendo derechos laborales y se están agravando las formas de desigualdad, tenemos que recordar que las vacaciones son una conquista social que consiguió la lucha sindical —denuncia la doctora en sociología Nuria Vallès—,  y que se está convirtiendo, cada día más, en un privilegio para unos pocos”. 

Un siglo después, y en el contexto de la pandemia, parece que volvemos a considerar las vacaciones como un privilegio, o como un lujo, y no como un hito histórico que hay que cuidar, como un fuego que se encendió con mucho esfuerzo y que hay que mantener vivo para que no se apague. Para Nuria Vallès hay un síntoma inequívoco de que la vertiente social ha sido apartada de la ecuación de la gestión de la pandemia: “Faltan doctoras en ciencias sociales en el gabinete de crisis de la pandemia”. 

En la misma línea, el epidemiólogo social Pedro Gullón, miembro del colectivo Silesia y co-autor de Epidemocracia (Capitan Swing, 2020), define la actual crisis sanitaria dentro de un contexto de crisis social global que denomina “crisis matryoshka”. La crisis de la Covid-19 estaría dentro de los recortes de la crisis financiera de 2008, que estarían dentro de una crisis general del sistema económico en colapso, que estaría dentro de la crisis climática, que él considera la última matryoshka.

De vacaciones con el fuego encendido

Las playas que no son playas, que son voces mezcladas o flashes de situaciones agónicas, playas que no te ven respirar hondo, que son nervios en el estómago porque “tendría” que estar “allí”, son las protagonistas secundarias de este reportaje. 

En la playa de Santa Llúcia, que es la que ha elegido Rusiñol, tres jóvenes se hacen fotos riendo de forma exagerada —carne de storie— mientras ella celebra que se ha podido acabar su primer libro después de meses sin tiempo ni concentración. “Los primeros días de las vacaciones era como si me hubieran apaleado, necesitaba estar sola y que nadie me dijera absolutamente nada”, explicará días más tarde. Carla, música profesional, prefirió las aguas de Tossa de Mar para su primer día de vacaciones: “Llevo cinco meses encerrada en casa sin casi trabajar, ¿y ahora me voy de vacaciones? No sé si me lo merezco mucho”, pensó entonces esta vecina de Cerdanyola del Vallès que señala el sentimiento de “culpabilidad”, la “poca intensidad” y la falta de dinero como los compañeros más desagradables de estas vacaciones.

Otro caso es el de Amalia Bartolini, que trabaja como coordinadora de voluntarios en una entidad por los derechos de las personas sin hogar, el centro de acogida ASSÍS. Ella todavía no ha pisado el mar, pero tampoco tiene claro que lo pueda hacer. “¿A quién le dejo este tetris de voluntarios que es más complejo que nunca? Normalmente cerramos el centro quince días, pero este año hemos decidido mantenerlo abierto. Además, la mayoría de voluntarios que tenemos ahora son nuevos, porque los que teníamos eran población de riesgo y no se podían exponer. De verdad, espero poderme coger algunos días en septiembre, porque estoy agotada”, reconoce mientras habla con el proveedor que le lleva el pan, y al que se escucha de fondo. 

—Son pastas y pan. Ponelas en la cocina, por favor. Sí. Dale. Cuando termine ya me ocupo yo —le va diciendo rapidísimo, casi atropellada, con ese acento sincopado que arrastra y la delata como originaria de la provincia de Córdoba, en Argentina. 

Imma Vidal también confirma que los decorados de costa han sido testigos forzados de este jaque a las vacaciones. “En Instagram no paras de ver playas, también los Pirineos, pero ni así verás desconectar a las sanitarias: ninguna envía fotografías de calas con mucha gente y por todas partes te escriben recordatorios de llevar la mascarilla y mensajes de apoyo a las colegas”. Salas, que ya hace un mes que volvió a la residencia, lo sintetiza por la presión de hacer unas vacaciones seguras: “Notábamos que teníamos necesidad de coger vacaciones, de desconectar un poco, pero a la vez teníamos miedo por lo que nos encontraríamos, de si cogíamos algo y volvíamos a llevar el virus a la residencia”. 

Ellas lo denominan “el síndrome del fuego encendido”, en referencia a aquella angustia que se te instala en el estómago, cuando, de golpe, estás fuera de casa y no recuerdas si te has dejado los fogones encendidos o —cruzas los dedos— apagados; cuando no sabes si tienes la casa en llamas o sencillamente el estrés te está jugando una mala pasada. El síndrome del fuego encendido también es la alarma del trabajo, el 24/7, el “Llamadme, haced el favor, para cualquier cosa”. La centrifugación contra la que están luchando muchas trabajadoras este verano para poder abstraerse y disfrutar de un derecho laboral que, a menudo, queda en un segundo plano: el de las vacaciones.

Todas las entrevistadas coinciden que nadie les había avisado que esto les pasaría. Como mucho hablan de conversaciones informales con las compañeras, a menudo por Whatsapp, que las advertían, descolocadas, de las llamas. Como un día hicieron, las unas con las otras, las mujeres romanas que mantuvieron vivo durante siglos el fuego sagrado del templo de Vesta para evitar el desastre en la ciudad. Con suerte, algunas de ellas, las trabajadoras del siglo XXI —quién sabe si las vestales también lo hicieron—, días después han conseguido dar un golpe en la mesa y decir “Me lo merezco”. Tampoco tenían elección.

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