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No hay lugar para la infravivienda en Instagram

Todo el que dispone de una casa se ha tenido que encerrar en ella durante casi tres meses por la Covid-19. Desde dentro de las casas, y con las casas como escenario, nos hemos comunicado con familia, amigos y colegas de trabajo. Hemos enseñado nuestras casas, y hemos visto las casas de los demás. Espacios iluminados, jardines, piscinas, bonitas vistas en stories, tik toks y tuits… pero de celebridades. Porque la mayor parte de las casas no disponen de las comodidades que los influencers muestran al mundo. Entidades en defensa de la vivienda digna destacan que la comparación ha azuzado el estrés de muchos por la vivienda durante estos meses. Ha añadido un problema psicosocial transversal que se suma a la precaria situación del parque de vivienda de Barcelona, y a la incertidumbre de muchos ciudadanos de no saber si podrán mantener su hogar en la ‘nueva normalidad’.

Mejores casas. Más grandes, con más luz, con terraza. Muchos las han imaginado durante el confinamiento, o las han incluso soñado. Otros las han visto, y las han maldecido, de scroll en scroll en sus redes sociales, posteadas por sus influencers favoritos.

Los hay que incluso las han dibujado.

“Me vi dibujando la fachada de enfrente y el texto que ponía debajo era: ‘Me dan envidia los vecinos porque les da más el sol que a mi’. Yo iba con jersey y ellos en calzoncillos. He ido recopilando dibujos durante la cuarentena. Me he dado cuenta que solo he dibujado la casa. Mi obsesión por ver un poco el sol”, explica Elena Mompó, ilustradora y gráfica textil de 29 años. Elena ha pasado la cuarentena en un estudio de no más de 50m2 con su pareja.

La joven es asidua de las redes sociales. Las usa para mostrar sus trabajos y también para inspirarse. Pero durante el encierro por el coronavirus, se volvieron una tortura. Un escaparate de viviendas inalcanzables al que tuvo que decir basta. Le minaba el ánimo. “Uso las redes para seguir a ilustradores y gente a la que admiro. Veía sus vidas y veía que todo el mundo tenía un estudio y estaba dibujando un montón y yo ahí teletrabajando y sin espacio para ello en mi casa. Eso me absorbía energía. Todo el mundo con casa grande y currazos”, apunta.

“Tema stories en terrazas… Dejé de mirar totalmente. Sobretodo por la comparación, es inevitable estar mirando Instagram y no compararse”, acompaña.

El caso de Elena no es aislado. El uso intensivo de redes sociales y las comparaciones que relata la joven han provocado sensación de estrés y ahogo en relación a los hogares. Han hecho todavía más cuesta arriba el confinamiento. Entre stories, ha aflorado una realidad todavía más cruenta: la vivienda es desigual, antigua y precaria en Barcelona. Así lo afirman dos de las principales plataformas en defensa del derecho a una vivienda y unas condiciones dignas en ella, la Plataforma de Afectados por la Hipoteca (PAH) y la Alianza contra la Pobreza Energética (APE), que los días de confinamiento estricto tuvieron que reinventarse en asambleas virtuales y cuidados en línea.

Maria Campuzano, portavoz de la APE, explica que durante las semanas de encierro han detectado muchas más familias que viven en condiciones precarias: “La crisis sanitaria ha visibilizado aún más vulnerabilidades. La gente que era vulnerable, ahora lo es más; y muchos de los que no lo eran, ahora lo son”. La sobreexposición a las redes durante el confinamiento, y la campaña de publicidad de administraciones y grandes empresas ha tenido por objetivo actuar en la moral de la ciudadanía al estilo de las píldoras de soma, la droga que en Un mundo feliz de Aldous Huxley (1932) servía para curar los sentimientos más melancólicos: “Lo que ha conseguido esa campaña es generar aún más frustración a las personas que no tienen una vivienda digna”.

Durante las semanas de encierro, la APE han detectado muchas más familias que viven en condiciones precarias. Las personas que acuden tanto a la APE como a la PAH acostumbran a presentar más de un tipo de inseguridad relacionada con la vivienda, ya sea por el pago de la misma o relacionada con pobreza energética: “Los niveles de vulnerabilidad —avisa Campuzano— se solapan. Quien no puede pagar los suministros suele tener deudas con las suministradoras y también condiciones precarias en su vivienda”.

El parque de vivienda de Barcelona es, por lo general, antiguo e ineficiente energéticamente. Así se extrae de los datos del informe Emergencia habitacional, pobreza energética y salud, que la APE, la PAH, el Observatori DESC y Enginyers Sense Fronteres presentaron el 16 de julio. Un estudio hecho a partir de 415 cuestionarios respondidos entre junio del 2017 y enero de 2020, de manera presencial a personas afectadas por problemas de emergencia habitacional.

El 65% de las personas encuestadas en el informe vive en pisos construidos antes de 1979, de los que casi la mitad tiene goteras o humedades. Esto coincide con la información que arroja el Instituto Nacional de Estadística (INE) al respecto: En España, más de la mitad de las viviendas se construyeron antes de 1980. Según el censo de 2011, el más reciente, de las 18 millones de viviendas, 3.308.301 son de antes de 1960. A partir de entonces, y en solo 20 años, se levantaron 6.423.591 más, casi el doble de las que habían. El estado en que se conservan los edificios es difícil de valorar, aunque el INE muestra que un 5,52% de las viviendas no presentan todas las condiciones requeridas para vivir dignamente: más de 800.000 son deficientes, más de 125.000 se clasifican como malas y casi 40.000 son ruinosas.

Según el INE, en Barcelona solo son mayoritarias las viviendas de más de 90 m2 en los barrios del Upper Diagonal, en Vila Olímpica y en la zona más noble del Eixample, la central (de Balmes a Girona). Las viviendas de menos de 60 m2 son mayoritarias en distritos como Nou Barris, Gràcia, Horta-Guinardó, y en los barrios de El Besòs i el Maresme, El Poblenou, en las Marines de Port y Prat Vermell, y en todo el casco antiguo.

En l’Hospitalet de Llobregat, los pisos de menos de 60 metros cuadrados son los mayoritarios en todos los barrios de la ciudad, excepto en los polígonos industriales y los bloques del Gornal y de Bellvitge. Y no porque ahí abunden los chalets; en Bellvitge, al igual que en la Mina, Ciutat Meridiana o Badia del Vallès, lo que hay es edificios bloque, aislados y desarrollistas, polígonos de viviendas. En Bellvitge se empezaron levantando pisos de 68m2, con cocina, sala de estar y tres dormitorios. Hacia los 70 se añadieron bloques de pisos de 80m2, y alguna torre de 100m2. El salón gana espacio a las habitaciones en estas construcciones, pensadas para llevar la vida social a los lugares comunes como el comedor y restringir el dormitorio a eso, a dormir.

“Lo que más hemos notado es miedo, incerteza, en saber qué va a ser de ellos”, explica Lucía Delgado. El estado de alarma frenó el proceso de regularización de los alquileres sociales que mucha gente que acude a la PAH estaba tramitando. En muchos casos solo faltaba una firma, ya que estaba toda la documentación entregada, pero todo eso se paró en seco. “Mucha gente tiene miedo de volver al primer paso –lamenta Delgado–. Se están alargando los plazos de negociación, y ahora que los desahucios se han reactivado, esas personas vuelven a tener el miedo de que las echen de casa”, sentencia Lucía Delgado, portavoz de la PAH Barcelona.

Wendy Galeas se encuentra en la situación que describe Delgado. Vive en el barrio de Trinitat Nova con dos de sus hijos. Desde que llegó a Barcelona hace dieciocho años ha trabajado un poco de todo, pero se detiene recordando su paso por la tienda de fotos. Se declara una persona curiosa, dice que estudió fotografía por gusto. “Y por saber mejor mi trabajo”, suelta. Pero la era digital y la crisis económica cerraron la tienda, y Wendy también perdió su segundo trabajo. Desde entonces fue muy difícil remontar, y en 2016, después de quedarse en paro, se retrasó tres meses en el pago del alquiler.

El informe Emergencia habitacional. Pobreza Energética y Salud muestra que el 74% de las personas encuestadas con problemas de empleo son mujeres. Además, el 38% son familias monomarentales, como el caso de Wendy Galeas.

Aunque consiguió trabajo rápido y llegó a un acuerdo con el propietario para saldar la deuda de tres meses, no pudo evitar ser desahuciada, en virtud de la modificación de la Ley de Enjuiciamiento Civil aprobada en 2018 (comúnmente llamada desahucio exprés), que permitía desalojar en menos de 20 días viviendas ocupadas propiedad de particulares, entidades sin ánimo de lucro o de la Administración pública.

Una vez desahuciada de su antiguo piso de Badalona, Galeas conoció una persona que le abrió otro piso, a cambio de 1.000 euros: “Entramos y cambiamos la cerradura. A los tres días vino la policía. Buscaban a las personas que vivían antes ahí, para desahuciarlas. Así que nuestro caso se alargó un poco, mientras se cerraba el anterior.” Y así empezó a ocupar en precario.

Desde entonces, febrero de 2018, lucha junto a la PAH para conseguir firmar un alquiler social para los casi 40 m2 del piso que habita en la Trinitat.

“De lo que no se ha hablado durante el estado de alarma es de las personas que vivimos en pisos sin suministros, o en pisos pequeñísimos. Nosotros no nos hemos podido poner a hacer vídeos y tik toks de ‘Oh, qué guay me lo paso jugando con todo el papel higiénico que he arrasado como loco del supermercado’. Yo porque no puedo, no porque no quiera, no porque no me divierta, porque soy persona y tengo sensibilidad… sino porque mi situación durante el confinamiento era que no podía salir, que no tenía dinero para comprar suficiente comida, ni cómo gestionar el inmueble en que vivo, porque cualquier noche podían venir a echarme, y a dónde voy a ir…”, reflexiona Wendy Galeas. Este último extremo, el del desahucio, se prohibió por el Gobierno, al menos hasta que acabó el estado de alarma, ya que desde el día 4 de junio, los desahucios se han reanudado en todo el Estado.

Galeas, junto a sus dos hijos, vivió durante dos años y cuatro meses sin luz, hasta que, a mediados de mayo consiguió suministro eléctrico: “Cuando, a mitad de confinamiento, conseguimos tener luz en casa y pude cargar el móvil en casa y conectarme a redes, pensé que la gente se lo estaba tomando todo a cachondeo. Quizá por evadirse de la realidad, pero pensé que faltaba información sobre los que no lo estamos pasando bien. Al final, te acaba por no apetecer explicar tus historias por redes. Cuando salen estos personajes famosos a enseñar sus casas, divirtiéndose, pienso que muy bien por ellos, pero que deberían informar también de los que no podemos; de por qué no podemos”, supone Wendy. No hay infravivienda en Instagram.

Para Lucía Delgado, en la PAH toda la sobreexposición del nivel de vida y de las casas de algunos que hemos visto estos meses se ha encajado “como un bofetón de realidad”, y añade: “Ya sabíamos que había desigualdad, pero parece que en general, todo esto ha servido para visibilizar aún más quién cuenta y quién no. Hemos notado mucha falta de conciencia de saber lo que está pasando en el día a día entre la gente que vive en ciudades y pueblos. Hay una parte de la sociedad que ha sido excluida de su propia sociedad. Gente sin papeles, sin residencia, sin contrato, sin vivienda. Todos esos no cuentan”.

Ya desconfinados, y temiendo un nuevo e incierto encierro, Wendy Galeas sigue luchando junto a la PAH por su alquiler social, y por acabar de regularizar todos los suministros, para vivir tranquila. En su casa también están pendientes de una multa que la policía le puso a su hijo al principio del confinamiento, a ver si al final pueden no pagarla. Le multaron mientras llevaba una batería de coche a casa de un amigo, para cargarla. Una vez cargada servía para alumbrar el baño de su casa, una bombillita que se podía encender, al menos durante unos días: “La persona que nos traía las baterías vive en Mollet del Vallès, así que durante el confinamiento nos quedamos sin. Mi hijo —explica Galeas—, con la excusa de pasear al perro, llevaba a cargar las baterías. Pero el mismo policía le vio demasiadas veces paseando al mismo perro…”. Por más que el hijo de Wendy se desgañitó explicándole que necesitaba la batería para, al menos, alumbrar su baño unos días, el policía no le creyó.

Elena Mompó califica su casa como pequeña. Aunque eso no era un problema antes de la crisis por la pandemia. “Nos sobraba el espacio”, sentencia. “Hasta que tuvimos que empezar a teletrabajar los dos en casa. Los dos comíamos y teletrabajamos en la misma mesa”.

“Yo me llevé el equipo a casa y estaba contenta por no tener que desplazarme, tengo una tableta y me basta, pero como mi casa es un estudio, el ordenador está en la mesa del comedor y ocupa más de media mesa. No me queda ni media para comer y hacer cualquier otro hobbie. Estos meses mi casa ha acabado siendo un ordenador: cualquier cosa que quisiera hacer era imposible, se ha convertido en una jaula”, zanja.

Ahora, la joven anda de plena mudanza. Su empresa, encargada de servir estampados a grandes firmas del sector téxtil, ha decidido prescindir de local. Eso le ha obligado a buscar un nuevo espacio. Han tenido suerte. “Cuando empiezas a buscar piso es todo super agresivo. Todo el mundo me decía que era buen momento, pero solo he visto mucha demanda, cosas caras y por meses; pisos turísticos sacados para alquiler temporal. Miramos por un precio más barato e imposible. Al final tuvimos que irnos a uno algo más amplio y caro, y tendremos que comprar todos los muebles. Pero tiene luz”.

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