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Pablo Und Destruktion, trovador anticapitalista

Ni Whatsapp, ni prisa, ni pausa. El cantautor Pablo Und Destruktion ha construído una carrera musical al margen de la industria convencional. “El mercado en las últimas décadas ha barrido con todo”, aqueja. Católico, devoto del amor de Santo Tomás de Aquino, promueve la síntesis: cuando todas las batallas pasan por Twitter, él prefiere librar la propia en escenarios de asociaciones culturales y pueblos. Concierto, de concertar, de unir.

“Me dejas hacer un pito? No encuentro mi cajetilla”, pregunta, después de tocarse todos los bolsillos de la chaqueta. Anoche Pablo Und Destruktion tuvo concierto en Barcelona. Perdió los cigarros, y las primeras horas de este viernes.

El ‘y lo que surja’ es un irrenunciable para este cantautor que entiende el directo como el espacio para unir. Después de asomar la cabeza por la industria musical con su mezcla entre tonada, folk y psicodelia (Sangrín, 2014, lo situó en la palestra), cerró de portazo. Ahora se dedica a las pequeñas salas y los pueblos. Allá donde no hay que pagar parking.

El asturiano construye una carrera musical al margen de la indústria convencional, con la vista puesta en crear una cofradía de trovadores: oficios dignos y nuevas lealtades, sin redes digitales ni hiperconexión, sin adorar a un mercado que, según denuncia, “ha violado nuestra vida privada y la generosidad”. La respuesta, el amor como motor (el de Santo Tomás de Aquino, no el hollywoodiense), así lo cuenta en Futuros valores (Humo, 2020).

No tienes Whatsapp.

Me pillé smartphone en noviembre para un curro de profe. Pero cuando vi que no era tan importante para el trabajo, me quité de Whatsapp. De hecho, hace poco me llegó una multi SIM para poder tener mi zapatófono y mi teléfono como ordenador y aun así sigo sin él. Duré una semana con whats.

¿Por qué?

Me mostraba una cara de gente a la que respeto que no me gustaba. Les estaba perdiendo ese respeto por los grupos, los MEMES, las faltas de ortografía… Por ver que estaba escribiendo, y me respondían sin leer. Hay ciertas caras que no quiero conocer.

¿Se puede llevar a cabo una propuesta musical sin la hiperconectividad?

Soy consciente del poder que tienen las tecnologías y, como poder, estoy vigilante para que no me condicionen de más. Esto [señala el teléfono] es un mecanismo psicológico operante de mil pares. Te reduce las posibilidades de la realidad a un estímulo constante, te somete a un nivel muy productivo, de estar siempre trabajando. No puedo renunciar del todo a ello, porque no soy rico, básicamente, si no lo haría. Pero trato de controlarlo lo máximo posible.

¿Qué pierdes con tu apuesta?

No he tocado prácticamente en festivales. Mi lugar son las salas pequeñas, y cada vez quiero tocar más en pueblos: me lo paso bien, puedo aparcar sin que me cobren, y me voy de borrachera con todo el mundo. Hay que ser audaz y no meterse por el que parece es el único carril posible, el de las grandes multis. Yo no puedo ser el dueño de Facebook, Sony o Spotify, pero sí puedo tener una red de locales culturales y asociaciones a las que puedo ir.

¿Es suficiente?

Eso genera una caja de resistencia, para continuar la actividad con relativa dignidad. No me gusta tener mucho dinero sino continuar con mi labor, y eso se puede hacer en este circuito de forma austera. Además tienes mucha riqueza no económica: personas a las que conoces, nuevas lealtades. Pequeños poderes. ¿Para qué está el dinero? Para acceder a ciertos poderes. Hay algunos a los que no se puede acceder con él.

En Futuros Valores recuperas muchas virtudes que, disculpa, suenan ‘de antes’.

Tenemos el cerebro para choped, en general por lo del teléfono, y eso imposibilita la concentración. Y la concentración es la condición indispensable para cualquier tipo de magia. Todos los conjuros y artefactos mágicos se basan en aumentar la concentración en un punto concreto. Cuando todo tu poder está centrado en una cosa. La ruptura permanente de la concentración va en la dirección de inmovilizar. Pero no defiendo ciertas cosas porque sean del pasado, sino porque el mercado en las últimas décadas ha barrido con todo. El mercado ha violado nuestra vida privada y nuestro amor. Nuestra generosidad, ¡mira Airbnb! Se están perdiendo muchas cosas.

¿Qué más cosas?

Hay un problema económico, de clase, social. Pero también espiritual, moral, que nos está llevando a una época de delirio colectivo. Pasa en la política y en el arte. Siempre estoy con ese conflicto, no perder cierta sinceridad, cierta verdad, que me permite mantenerme en algo que puede que sea demodé, pero me da acceso a otros lugares, o perderlo. Yo en directo ese conflicto lo tengo resuelto. Las canciones explican unas cosas, en el lenguaje oral puedo meter otras, humor, lo que sea, y todo se entiende. Es algo que no consigo en Internet, ni en las entrevistas. Ahí no se puede conseguir. No está hecho para eso.

Tienes entrevistas de mil titulares. ¿No es el espacio para la complejidad?

O para la sencillez. La sencillez de lo que digo. En una entrevista habla el entrevistador más que el entrevistado. Llega un momento en que, o me lo tomo con cinismo y hago el capullo, o digo lo que pienso y si el otro quiere buscar el clickbait, ya me da igual. Yo no busco el conflicto, a mi me interesa la síntesis, la comunión, no quiero maniqueísmo de buenos y malos. De eso va concertar, hacer un concierto, de unir. Si mi entrevistador quiere quedarse solo con el golpe, que puedo dar para movilizar, es su responsabilidad.

Construímos perfiles de músicos. ¿Te tocó el maldito? ¿El izquierdoso?

A los músicos de pop, lo que yo hago, se nos valora por nuestra relación con lo mitológico, no por nuestra técnica musical. En una época tan pagana y politeísta como la nuestra, a algunos les interesa Afrodita y a otros Ares. Uno tiene que ser consciente que se va a encasillar en un arquetipo o en otro, y tiene que tenerlos presentes aunque a mí sinceramente no me guste, porque yo no soy politeista. Mi discurso mitológico es católico, con todo lo que tiene de absorber el paganismo y la influencia de Platón, tratar de crear una unidad trinitaria con el amor en el centro, no amor hollywoodense, sino amor de actitud.

Como Santo Tomás de Aquino.

Como motor, sí. Como el motor universal de superviviencia. Eso es algo que está presente en Leonard Cohen, habla de ello en The Future. Ahí me siento identificado, tenga o no éxito la propuesta. Cuando uno se da cuenta de la dimensión mitológica que tiene, se hace cargo de ella. Esta época pagana promueve demasiado el arquetipo. En el trap, putas y macarras. Es ese juego. Otros juegos, sí, el del artista atormentado. Simplificaciones de lo humano que a mí no me acaban de interesar. Las tengo en cuenta, pero las trato de esquivar.

El concierto es el epicentro, pero hay que tratar con el continente para llegar a él.

Yo di muchas vueltas. Tuve camino de ascenso. Y luego de bajada. Porque asomé la cabeza un poquito y no me gustó nada. Siempre me acuerdo de un libro, Moscú-Petushkí de Venedikt Yerofeyev, que habla un poco del triste camino de ascenso. En su caso en Rusia, en la jerarquía del partido. Y él decía: ‘Para vosotros el ascenso’. ‘Yo me quedo abajo y desde abajo me cago en cada peldaño de vuestra escala social’. Y eso es un poco lo que yo creo, esa es la responsabilidad que uno tiene como trovador o juglar, que es distinto del cazurro o el bufón, otros seres que pululan por la corte.

¿Cómo lo haces?

Ahora estoy en Discos Humeantes, hago cosas autogestionadas, a ellos les cedo algunas cosas de festivales o cosas de marcas, como con Estrella Galicia. Ahí hablan ellos. Con asociaciones, hablo yo. Mantener la actividad sin dejarse los principios. Pero hay que tener equilibrio para no caer en el problema del agua destilada.

¿Del agua destilada?

Uno no se puede destilar tanto como para ser agua destilada, porque sino nadie te puede beber. Y quema.

¿Es ese un conflicto clásico de la izquierda?

La izquierda no ha resuelto el problema de matar a Dios. La izquierda trata de materializar el cielo en la tierra, pero niega el catolicismo, y eso genera un problema. Hay ciertas cosas que obedecen al mundo de la política pero hay otras que tienen que ver con lo moral o lo personal. En ese sentido, se puede ser anacoreta e influir en política. En una sociedad desacralizada debería ser una parte de los artistas los que recuerden a los del fango político que son humanos y que se deben a unos fines. No es lo mismo decir algo a la ciudadanía cuando sabe que no vas a ganar dinero con ello y no te la vas a follar. Ese problema también ha estado presente en el underground, una escena que exige un voto de pobreza, pero el discurso ha sido robado por el mercado.

¿Con qué te casas tú?

Con la verdad. Me debo a aquello que sea verdadero.

Una idea muy sacra.

Y muy científica y racionalista. La verdad es verdad, la diga Agamenón o su porquero. La diga Santiago Abascal o Irene Montero. La verdad es la verdad. Y ahora en muchos discursos hay muchas mentiras. Porque la idea más bondadosa, si la lleva adelante una mala persona, se pervierte. No niego que las ideas tienen que ser buenas. La estrategia de lobos con piel de corderos es muy vil y perversa. Estamos metidos en eso, en sacar a los muertos de las tumbas y ponerlos en la palestra para conseguir dinero. Lo que quieren es una columnita en el periódico o un sillón en el parlamento. Hace falta vigilancia moral. Y con uno mismo. Y hay que establecerla con los demás sin hacerlo desde la soberbia.

¿Cómo bajas esto a la hora de aplicarte derechos laborales en la música?

Eso es un oficio. A mi nadie me ha ofrecido contratos multimillonarios, pero esto es un oficio antiguo, más o menos duro, como otro cualquiera. Ahora mismo yo para poder mantener mi discurso en un momento hostil para discursos que se salgan del sota-caballo-rey, del mercado, cuando izquierda y derecha alicatan ese discurso, mi pequeño sacrificio es dar clases entre semana para tener más distancia. Pidiendo en festivales algo más de caché, teniendo en mente siempre los pueblos y tratando bien a los que están ahí y que todo no obedezca a un patrón económico… Sé de buen tinta que se puede hacer una carrera musical humilde a base de no obsesionarse con los carriles de promo. La riqueza no son los numeritos del espejito del teléfono móvil. Uno vive con un techo, con gente alrededor que quiere, con comida. El resto se puede negociar. Y relativizar.

¿Qué referentes tienes?

No son muy famosos ahora. Pero cuando fui a Alemania una temporada y conocí su circuito de cantautores… O la temporada que estuve con Fee Reega, vi que uno batiéndose el cobre y tocando en pulgueros, puede. Con Animal con Parachoques (2012) di 100 conciertos. Poco dinero cada uno, pero pude dejar de currar y me relacioné con una forma de estar en el mundo muy particular: el movimiento continuo. Y no tiene que ver con desplazarse. En los pueblos se puede llegar a más lugares psicológicos. Eso se parece a lo que fue siempre la vida del juglar. La escena de Liceo Mutante, los de Ojalá Esté Mi Bici… Gente que trata de hacer cosas que están en otra dimensión. Pero es difícil. El ataque brutal del mercado a todo… El periodo de tiempo en el que yo me he convertido en adulto ha sido bestial. La misma conversación entre Yung Beef y C. Tangana en el Primavera, donde C. Tangana tenía razón. Le decía a Yung Beef: ‘Tú no estás fuera, tú estás abajo’. En ese sentido tiene un pensamiento religioso, de adoración al mercado, es un hombre de su tiempo y por eso le va bien. Sí que es verdad que solo existe el arriba o abajo, si el mercado es el Dios verdadero. Yo no creo que sea así. Todo está por hacer.

¿Por ejemplo?

Quiero hacer una cofradía de trovadores. Que no sea un sello, eh. Meter a gente de todo, que haga rap y de todo. No quiero que sea algo estético, sino de forma de operar. Que no busquemos beneficio económico, sino apoyo mutuo.

“El mecherín, porfa”. El músico tiene que marcharse, se le echa el tiempo encima. De vuelta a casa en coche quiere pasar por Montserrat. “¿Mágico, no? Me recuerda a Covadonga”.

NOTA: Esta entrevista fue realizada con anterioridad a la publicación del Estado de Alarma debido a la crisis sanitaria del Covid-19

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