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Periodismo-angustia

Este texto ‘no’ es una nota suicida.

En parte.

Buscando la referencia de “Este texto es una nota suicida” me salió el Teléfono de la Esperanza en Google. Para tranquilidad de todos, es la primera vez.

“Este texto es una nota suicida” es la llamativa frase con la que abría el prólogo de Los fantasmas de mi vida: Escritos sobre depresión, hauntología y futuros perdidos (2018). Dicho prólogo era de Pablo Schanton, periodista, crítico e investigador de música popular, especializado en rock y música electrónica.

Claro, no leí el libro –pendiente–, soy periodista freelance. Pero busqué la referencia por Internet (soy periodista freelance).

Los fantasmas de mi vida: Escritos sobre depresión, hauntología y futuros perdidos es uno de los diversos libros póstumos que Caja Negra Editora le publicó a Mark Fisher. El texto, en parte, funcionaba –tristemente– como nota suicida.

Unos días atrás se cumplieron cuatro años de la muerte de Fisher. Escritor y filósofo, el británico fue uno de los miembros más sagaces –también lo vi en Google– del aceleracionismo. Un tipo que hablaba de jodiendas a la brava, de historias injustas de muchos. No las peores. Pero sí malas. Cada día las de más gente.

La gran mentira que nos ha vendido el neoliberalismo es que si le quitamos a la gente la seguridad, de repente todo será creativo, un manantial de creatividad

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Andaba produciendo.

Mandando correos electrónicos para recolectar nuevos artículos a 60-80 euros: mi billete a los sueños que incluso mis padres –sin estudios y de la periferia de Barcelona ambos– tuvieron, ¿un sueldo? Mientras, recibía una clase del máster de profesorado. Otro billete.

Realmente buceaba por WhatsApp con la sesión de fondo. Tipo podcast.

Un colega me compartió un vídeo de Instagram.

Competía con la infumable clase vía Zoom; lo abrí, claro. Este era el vídeo (no hace falta marcharse de la página, transcribo abajo lo que interesa):

“La gran mentira que nos ha vendido el neoliberalismo es que si le quitamos a la gente la seguridad, si extraemos la seguridad social, de repente todo será creativo, un manantial de creatividad. Si le quitamos a la gente la seguridad lo que pasará es lo que me pasaba a mí cuando era autónomo: toda su energía creativa irá a parar a ‘¿Cómo puedo ganar dinero?’”.

Las palabras eran de Mark Fisher, también conocido como “K-punk” por su pasado bloguero. Y me revolvieron las tripas, hasta el punto que he tenido que usar la palabra “suicidio” en el subtítulo de un texto para captar la atención. Captatio benevolentiae tardía.

Fisher no habla directamente del periodismo en su speech. Pero sirve. Su proclama es tan válida hoy día que suena a “Rellene-aquí-con-su-mierda-de-trabajo-creativo-joven-precario”.

Lo que comenta el británico se puede aplicar perfectamente al periodismo alternativo en el Estado español. A la mayoría de proyectos que nacieron con ilusión y sin recursos después de la destrucción de más de 11.000 puestos de trabajo en la crisis –global y con especial afectación en el sector editorial– de 2008.

Sus palabras también se pueden aplicar muy mucho a la mayoría de oportunidades profesionales satelitales a los medios de comunicación de masas. Los pocos que aún flotan. Cada vez más lejos de la orilla.

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Soy de la generación que se zampó el sapo que dice que “Desde nuestra atalaya de estudios de grado y posgrado, incluso de doctorado, podemos ser lo que queramos”: pensamos desde el yo qué queríamos hacer, como si esa fuera la mayor conquista. Nunca pensamos desde nuestro privilegio qué sería más útil hacer. Sólo ser. Hasta ahora.

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“No deberíamos preocuparnos por ganar dinero todo el día. Esa es la depresiva realidad que nos ha sido impuesta artificialmente”, concluía Fisher. Y aún tenemos suerte

Pero sí, estamos preocupados.

Soy de la generación que pensó desde el ‘yo’ qué queríamos hacer, como si esa fuera la mayor conquista. Nunca pensamos desde nuestro privilegio qué sería más útil ‘hacer’. Sólo ‘ser’. Hasta ahora

Fisher popularizó el uso del concepto “hauntología” del polémico filósofo Jacques Derrida para describir la sensación dominante según la cual la cultura contemporánea está hechizada por los “futuros perdidos” de la modernidad. Lo copié tal cual de la Wikipedia. “El deseo de un futuro que nunca tuvo lugar”, cita en Los fantasmas de mi vida: Escritos sobre depresión, hauntología y futuros perdidos.

Esto ya es mío: el periodismo ha vivido, desde la citada crisis de 2008, de una nostalgia destructiva, combinada con una pizca de entusiasmo aterradora. Muchísimos periodistas hemos vivido en la cárcel de lo que gusta. Sarna con gusto… Ejerciendo de perfectos disfuncionales en casi todas las otras áreas de nuestra vida. La pasión lo ocupaba todo.

Esto no pasa únicamente –por desgracia– en el campo de la comunicación, como denunciaba Remedios Zafra, autora de El Entusiasmo (Anagrama, 2017), en deriva. Por el sueño, por el yo, por la firma, por el compromiso, por la libertad… El sector editorial, académico, publicitario, la industria-Internet, se ha ido zampando los derechos laborales. Con las consecuentes secuelas emocionales y mentales.

Otra especialista que ha pasado por esta revista, la ensayista Íngrid Guardiola, resumía: “Esta sociedad ya casi no es líquida, es etérea. Tenemos que empezar a poner límites sobre aquello que tiene precio y aquello que no lo tiene. Debe haber emociones y saberes de reserva y fomentar el secreto bien entendido entre nosotros: aquello que queremos compartir entre algunos y que no formará parte del mercado. Todo aquello que dejamos fuera del mercado, la vida, es allí donde nos lo jugamos todo”.

Todo esto acabó con Mark Fisher. A los 48 años se suicidó, sumido en la depresión.

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Tristemente, dedicarse al periodismo es una tómbola. “La realidad es que la mayoría de la gente que intenta vivir de las Artes fracasa. Casi todo el mundo que intenta tocar la guitarra acaba dejándolo y no lo convierte en su modo de vida. Y gastan dinero, y lo dejan. Esa es la realidad de las Artes. Todo el mundo que acabó haciendo algo importante en las Artes, en general, es porque era excepcional. Y, a su vez, esa gente son una excepción, una minoría de una minoría”, describe el ciberactivista Cory Doctorow.

Tal vez no sea solo cuestión de suerte. Pero comprar muchísima lotería no te garantiza revalidar la inversión.

A estas alturas somos varios los que hemos decidido que teníamos que dejar de vivir del entusiasmo. En nuestro sector, lo ha hecho esta modesta revista. Lo han hecho, desde la valentía también, otras como La Fronde Mag.

“¿Por qué seguimos haciendo esto?”. No obtuvieron las integrantes del magazín una respuesta clara ante el cansancio.

Nos pasó algo similar. Me pasó algo similar.

Tristemente, dedicarse al periodismo es una tómbola. Y a estas alturas somos varios los que hemos decidido que teníamos que dejar de vivir del entusiasmo

Pero dejar de hacer las cosas de cualquier forma son brotes verdes.

Dejar de hacer las cosas de cualquier forma, sin cuidarnos, sin tenernos en cuenta, sin tener en cuenta a quién dejamos de cuidar, también es una batalla legítima.

Una cura de ego, incluso. A los periodistas se nos dice constantemente que nos cuesta pensar en estructuras económicas, en cualquier cosa que tenga que ver con el dinero. Por eso se supone que, salvo excepciones contadas, fracasan nuestros proyectos editoriales. ¡Qué malos hijos del Renacimiento!

No bastaba con aprender un oficio en ruinas; debíamos emprender y aprender siete u ocho más. En nuestra veintena o treintena.

Total, para seguir creyéndonos impostores (y sobre todo impostoras).

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Como generación, millennials bastardos (que esto se lo haga suyo quien quiera, tenga la edad que tenga), hemos demostrado ser capaces de sacrificarnos –hasta la enfermedad– por ser quienes queríamos ser. Eso demuestra al menos que sabemos sacrificarnos. Pero, periodismo a pesar de todo, no. Periodismo-angustia, no. Periodismo, pues, ¿a qué precio?

¿Cómo lo hacemos? ¿Quién lo hará? ¿Quién podrá sacrificarse para hacerlo? ¿Podemos hacer esto desde otros modelos? ¿Se lo dejamos a los que vengan con energías renovadas y ya? ¿Si en las redacciones no podemos dialogar, no podemos ni pisarlas, podemos en los colectivos? ¿Y cuando los colectivos se sumen en la autoexplotación?

¿Cómo lo hacemos?

Pero, periodismo a pesar de todo, no. Periodismo-angustia, no. ¿A qué precio? ¿Si en las redacciones no podemos dialogar, no podemos ni pisarlas, podemos en los colectivos?

Este texto no es una nota suicida. Es el final de una apuesta y la denuncia de un fraude. De pocos o de muchos. No el peor. Pero un fraude: no hay recompensa que sustente el sufrimiento que provoca narrar este sistema. Menos la hay por vivirlo, claro está; lo hemos descrito tan bien como hemos sabido: atomización, vulnerabilización –citaba José Mansilla– y otros tantos palabros peores de nuestro día a día. Todos están en esta web.

Este texto es un diálogo abierto. Y una proclama: debemos seguir dudando, sea donde sea, aunque no sea en estas páginas.

  • Edición del texto: Cristina Allué

  • Edición gráfica: Elena Bulet

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