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Putochinomaricón, hipervínculo de identidades

Cuando le preguntan si se presenta como cantante, artista o performer, Chenta Tsai (Taiwán, 1991) responde que es sobre todo una decepción para sus padres. Durante la sesión de fotos, mira a la cámara con cara extremadamente seria. En cambio, cuando se sube al escenario como DJ, todo son saltos, sonrisas y coreografías, suenen los Backstreet Boys, Daddy Yankee o Navegando en Internet, un hit rescatado de Eurojunior. Son las dos caras de Putochinomaricón, su alter ego artístico.

Tsai llegó a Madrid con su familia antes de cumplir el primer año de vida. 27 después, es graduado en arquitectura y violín, pero se le conoce más por la carrera que ha construido a partir de apropiarse de los insultos que recibe desde la infancia. “Puto chino”. “Maricón”. Y, a veces, los dos a la vez. En 2017 se dio a conocer con temas como Gente de mierda y este 2019 presentó su segundo EP, Miseria humana, y también un libro, Arroz Tres Delicias: Sexo, raza y género (Plan B).

Chenta Tsai rehuye el lenguaje académico en busca de las formas más sencillas, aunque las combina con expresiones propias de los activismos feministas y queer o el uso del género neutro. Además, Putochinomaricón es una cascada de referencias de la cultura popular y, tras 40 minutos de conversación, cuando damos la entrevista por finalizada, se disculpa por ello: “Soy un hipervínculo constante, me cuesta mucho centrarme en un tema y no acabo de ordenar el pensamiento, porque una cosa me lleva a otras otras mil…”.

¿Crees que esa forma de pensar tiene algo de generacional?

Igual sí. Muchos amigos míos piensan así. También pienso en la forma en que contamos las cosas. Cuentas de memes como La Pícara Justina o Dieta Blanda están creando contenidos inmediatos que son superrelevantes hoy día. Creo que crear un meme ahora es como el escribir una columna antes. Tiene un poder de efectividad para transmitir una idea que infravaloramos muchísimo. Siento que ahora no es que seamos más rápidos, pero sí manejamos otros códigos. Estoy fascinado con TikTok, porque un meme de 15 segundos te lo puede decir todo.

Pero a la vez también tienes una columna en El País, que sería ese espacio más clásico.

Creo que ahí soy un poco caballo de Troya. Lo que quiero es que la gente que no está familiarizada con nuestros códigos pueda adentrarse y aliarse realmente. Simplemente busco mostrar otra forma de ver Madrid, que no sea desde una perspectiva hegemónica. Hay mucha gente que ni de coña se va a poner en Instagram a seguir cuentas de memes, pero porque quizás no entienden ese código. Por eso es importante no olvidarse de los medios tradicionales.

Has dicho en alguna ocasión que intentas ser el referente que no pudiste tener en tu infancia. ¿Qué referentes tuviste?

Mis referentes eran muy mainstream, porque Internet no estaba tan desarrollado para el mainstream como ahora, que puedes conectar con otras personas como tú. Mis referentes eran un poco lo que llamamos figuras cishomonormativas [personas homosexuales que asumen los modelos cisheteronormativos]. Jesús Vázquez, Elle DeGeneres… Gente que ha hecho mucho por el colectivo, pero desde la cishomonormatividad, y sin ser sujetos racializados. A nivel musical, mis primeros referentes fueron Tchaikovsky y los O-Zone. Descubrí a Tchaikovsky dentro de la academia, en el conservatorio superior donde estudié violín, y me chocó, porque nunca imaginé que en la academia íbamos a estudiar sujetos disidentes como referentes. Y creo que fue el único, porque el currículum eran básicamente hombres cis, heterosexuales y blancos. El jazz, por ejemplo, no estaba en el currículum obligatorio, lo estudié como una optativa. Por eso Tchaikovsky fue un referente para mí. Conecté mucho con sus canciones. Sin conocer tanto su historia, el saber que era un sujeto homosexual cambió mi perspectiva.

¿Cómo surge Putochinomaricón?

Surge de la rabia y la ira que venía acumulando desde hacía mucho tiempo. Y también del descubrimiento de que esas sensaciones eran algo colectivo. Empecé a poner nombre a esas experiencias y llamarlas racismo o heteropatriarcado muy tarde en mi vida.

¿Qué te hizo empezar a verlo como una cuestión colectiva?

Cuando conocí al colectivo AYLLU, un colectivo de migrantes racializades, que tiene residencia en Matadero. Un día en el Orgullo Crítico estábamos organizando el bloque racializado y me invitaron, y ahí empecé a conectar con elles y a hablar sobre el antirracismo interseccionado con la disidencia sexual y de género. Fue de los primeros espacios donde me sentí completo, y creo que mi identidad surgió un poco de ahí, de descubrir que hay otras personas que han pasado por algo parecido y no es un caso aislado ni mucho menos.

Trabajas desde una reivindicación del feísmo. ¿Por qué?

El feísmo y el humor siempre los hemos utilizado dentro de la comunidad y la cultura disidente sexual y de género, sobre todo como herramientas para contestar a un sistema que siempre nos ha excluido y oprimido. Reivindico el feísmo y el humor en mi trabajo porque a veces estoy cansado de llorar y está bien traer un poco de buenas vibras, poder reírte de algo que realmente te duele. Muchas personas igual no lo pueden utilizar porque les resulta doloroso, pero a mí me funciona. De momento. Un ejemplo muy claro de todo esto es la comunidad y la cultura ballroom. Fue originada por Crystal LaBeija, la madre de la House of LaBeija, que tras ver la desigualdad en los jurados de los concursos de belleza, que calificaban a las reinas racializadas de forma racista y las excluían, quiso crear un espacio donde las mujeres racializadas y disidentes sexuales y de género pudieran tener cabida en esa narrativa.

¿Y esa cultura ballroom la vives hoy en Madrid?

Estaba en la Kiki House of Súmac, que se disolvió porque cada una tenía sus intereses, pero somos muy buenas amigas. Mi identidad ha sido construida de forma muy fragmentada, pero al igual que con el colectivo AYLLU, en la comunidad ballroom pude sentir mi yo completo. No tener que decir más “en esta situación soy homosexual” y “aquí soy el racializado”, sino que entendían mi cuerpo en plenitud. No sé dónde estaría yo si no fuera por elles, porque poco a poco ves lo importante que es la colectividad. Por eso me veo cada vez menos músico, menos artista y menos todo, porque al final todo ocurre por cadenas.

Y en el relato que hacemos queda lo individual y se invisibiliza ese factor más colectivo.

Sí, y es horrible. Es el capitalismo, y esa industria de la música que siempre quiere vender la idea de que sólo puede existir una de cada cosa: Bad Gyal, la reina del dancehall, no sé quién, la reina del flamenco… Tenemos que empezar a cuestionar esta verticalidad en la industria del arte.

Volviendo a la cuestión de los referentes, comentabas el papel fundamental que tuvo Internet para ti.

Los colectivos asiáticos como Oryza o Catàrsia, los colectivos LGTBQI+… Yo conecté con ellos gracias a Internet, y le debo toda esta red de relaciones de amistad. Claro que también tiene sus contras: la cuestión de los números, los followers, quieras o no se crea una especie de jerarquía extraña si un activista tiene más followers. Tenemos que pensarnos muy bien en este espacio, porque siento que nos hemos metido ahí saltando a la piscina pero hay mucho que reflexionar. Si Instagram o TikTok son lugares donde reivindicar, o bien hay límites. Pero me encantan los hackeos que tienen que ver con utilizar la tecnología de una forma muy propia. El artista chileno Felipe Rivas habla de contratecnologías, cuando utilizamos por ejemplo un chat normal, como Habbo Hotel, para conectar con otros disidentes sexuales. La tecnología siempre ha formado parte de mí, desde los trece años, cuando estaba en Habbo Hotel porque no tenía amigues, o cuando tenía el chat de Terra y podía hablar con gente desconocida, o en Te Vi de Chueca.com… Me permitía ver que existía esta gente, porque yo tuve la desgracia de no estar en un entorno muy abierto, y por eso siempre sentía que no encajaba del todo.

Cantas “tú no eres activista, sólo sabes compartir…”. Visto esto, ¿dónde está la frontera?

[Ríe] La escribí hace dos o tres años, y al final me gusta contradecirme, porque cuando me contradigo descubro que estoy aprendiendo y estoy creciendo. No quiero decir que el activismo de calle sea la única forma de hacer activismo, porque eso es capacitista. Hay gente que no puede ir a una manifestación por el motivo que sea, y no por eso les vamos a decir que no son activistas. Más bien lo que criticaba en la canción era el postureo. En el primer EP trataba mucho este tema, y me reía de mí mismo, porque yo también lo hago.

Una cuestión que has reivindicado en muchas ocasiones es el racismo dentro de la comunidad LGTBI, y especialmente la fetichización en las aplicaciones de ligue para hombres.

Es importante diferenciar la mercantilización especialmente de los cuerpos gays, que nos empaqueta en un estilo de vida ultracapitalista, del fetiche sobre los cuerpos racializados tanto dentro como fuera de la comunidad disidente sexual y de género, que es un hecho histórico. En el caso de la población asiática del este podemos remontarnos a cuando en Estados Unidos se planteó la idea del Yellow Peril, o Peligro Amarillo, que era una estrategia para proyectar una imagen amenazante de que los chinos iban a chinificar los Estados Unidos, cuando fueron ellos los que nos llevaron ahí de entrada para construir los ferrocarriles y demás. Empezaron a representarnos como a sujetos poco masculinos, muy poco deseables, y a caracterizarnos de forma racista, con la cola de caballo y los dientes de conejo. Tanto la perspectiva fetichista como de rechazo vienen de ahí.

Pero el prejuicio hacia las personas asiáticas del este opera de forma distinta al que puedan sufrir personas negras o latinas.

Los Estados Unidos intentaron reparar esa cagada del Yellow Peril creando el mito de la minoría modélica. Es la idea de que los asiáticos del este, a pesar del racismo institucional y leyes como la ley de expulsión de chinos, hemos podido salir de eso y tenemos trabajos importantes, como de programadores, y ocupamos un porcentaje significativo de las universidades. Este mito se usó como una estrategia para criminalizar a la comunidad latina y negra. Es una forma de dividir a la comunidad racializada. Curiosamente esto se ha traducido a España, aunque la minoría modélica no exista aquí. Mucha de la población china que viene aquí no es de clase media alta, pero sigue habiendo esta imagen de que prosperamos, aunque prácticamente no haya asiáticos del este en las universidades de España. El racismo es muy distinto pero está muy ligado. Cuando se derogó la esclavitud de los negros necesitaban una alternativa, y ahí está la historia de los culíes, que eran los trabajadores chinos. Enviaban barcos a China a buscar mano de obra barata, y ahí les daban contratos donde les decían cosas que no eran verdad y tenían unas condiciones nefastas. Dicen que de ahí viene la expresión ‘te han engañado como a un chino’. Es escalofriante lo fragmentada que es la historia pero al final lo atada que está. La cultura se permea, nos contagiamos y de la nada empezamos a construir esta narrativa racista, tanto social como institucional, de lo que significa ser chino, negro, latino, disidente sexual… Es como un puzle mal hecho por un señor cisheterosexual blanco que se aburría en casa.

Partes de la ausencia de referentes en el mainstream, pero ahora tú tienes acceso a estos espacios: los medios de comunicación, una discográfica, una editorial… ¿Por qué crees que has podido acceder a ellos?

Pues no tengo ni idea, pero me siento muy agradecido. Y ahora lo que estoy aprendiendo también es a desocupar los espacios. No sé si soy influencer o no, pero ahora hay una idea construida de que un influencer vale para todo, y eso es una mentira muy grande. No podemos abarcarlo todo, porque no somos profesionales en todo y al final creamos truños. Ahora tengo una sección en Carne Cruda que dura doce minutos pero me paso tres días para preparar el guión porque no quiero caer en esa truñez. No sé por qué me han buscado, pero supongo que tiene que ver con que hablo con mucha sinceridad y utilizo un lenguaje cercano porque realmente no sé hablar de forma académica. Y además, utilizar un lenguaje que no sea entendible es capacitista. Si no utilizamos un lenguaje accesible hay muchas personas que no pueden entrar, no pueden entenderlo. Intento usar un lenguaje cercano para explicar cuestiones que a mí todavía me resultan difíciles.

¿Crees que los medios esperan que representes algo?

Creo que no, por lo menos yo lo dejo muy claro. Es que al final yo he tenido muchos privilegios: no he venido en un camión, mis padres no han llegado en patera, tengo papeles, he podido estudiar… Por eso no puedo representar a muchas personas, sólo puedo representarme a mí. Tampoco creo que la solución sea sólo que me quite para cederle el espacio a otra persona, lo que necesitamos es más gente dentro, porque al final, si no, lo que creamos son iconos, portavoces, y eso es lo que no deberíamos construir.

¿Confundimos la idea de tener referentes con la representación?

¡Total! Es muy peligroso pensar que una persona puede hablar por todes. Por eso cada vez me siento más en mi lugar hablando desde el colectivo, y me está ocurriendo mucho últimamente con el proyecto de Putochinomaricón. Me está costando cada vez más hablar por mí, y por eso tengo una relación cada vez más cercana con SOS Racismo o la plataforma del 12N. Intento estar siempre ahí y ofrecer todo lo que pueda.

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