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Queralt Guinart, el arte útil y las bolleras de pueblo

Cuando Queralt Guinart (Moià, 1996) entendió que le gustaban las chicas, hace doce años, los referentes lésbicos al alcance de una alumna de 1o de ESO de un instituto de pueblo eran escasos. Desde entonces, se ha empeñado en dibujar las caras, los cuerpos y las historias —reales o imaginadas— de todas aquellas chicas que no eran visibles cuando ella más necesitaba verlas en Moià, su pueblo.

En sus ilustraciones aparecen chicas de cejas espesas, con piercings, septums y flechas clavadas en el corazón, que lloran y miran a cámara entre desafiantes y vulnerables, siempre honestas; chicas desnudándose para hacer el amor o enfrentándose a la melancolía después de masturbarse; caras con ojos tuertos esculpidas en claro oscuro, capturando un instante de duda, o quizás determinación, suspendido en medio de una orgía de palabras, garabatos, poemas escritos con urgencia, pájaros demasiado tristes para volar y soles que te animan a salir de la cama con una sonrisa.

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Es sábado, fin de semana en Barcelona, día laborable como el que más en los bares y tiendas de Moià. Situado en medio del Moianès —meseta y comarca—, rodeado de cerros, riachuelos moribundos y bosques que engullen campos, Moià es uno de aquellos lugares que se llenan cuando la ciudad, a una hora en coche, se vacía.

Queralt se crió en Moià y actualmente pasa la mayor parte del tiempo en Barcelona. El pueblo es un lugar maravilloso donde volver, pero para ello es necesario haberse ido. Ella lo hizo a los 16 años, cuando fue a Vic a estudiar el Bachillerato artístico y, de paso, salir del armario. De allí se mudó a la gran ciudad para formarse en EINA, Centro Universitario de Diseño y Arte de Barcelona. Ahora, con 24 años, siente que ha aprendido a reconciliarse con Moià; en parte, dice, porque ha visto que la ciudad también puede ser una mierda.

Queralt nos espera en casa de su familia, a dos pasos del centro del pueblo. Aprovechando que llegamos tarde ha sacado a pasear a su perra, de la que entre semana cuidan sus padres, impresores de oficio. Ilustraciones propias y ajenas cuelgan de las paredes. Pasamos a la cocina y nos ofrece café mientras desayuna una tostada. Explica que ha contratado a una amiga para que sea su manager. “Estoy muy liada”, dice. Y me la creo: no porque la note con prisas y estresada, sino al contrario; durante el rato que dura la entrevista está presente y atenta, como solo lo puede estar quién ha descubierto que el tiempo es escaso y, por lo tanto, muy preciado.

Dices que un artista tiene que identificar su “lucha honesta”. ¿Cuál es la tuya?

La desestigmatización de las relaciones lésbicas y bisexuales, y tratarlas desde un punto de vista normalizador. No quiero hacer propaganda, sino crear desde mi propia visión. Estoy haciendo el arte que me habría gustado ver cuando tenía 14 años.

¿Qué es la propaganda en el arte?

[Piensa unos segundos] Cuando te digo arte feminista, ¿en qué piensas? Mucha gente te diría: en un coño de color lila, unas flores… Vale. Esto funcionó hace seis o siete años porque tenía que funcionar. Teníamos que reivindicar la figura del coño. Ahora, para mí, repetir la imagen de un coño mil veces es propaganda. Porque ya no estás creando. Ya no estás poniendo de manifiesto tu problema personal y lo estás compartiendo y criticando. Estás siendo un medio reproductor. Yo no quiero hacer arte viral, quiero hacer arte útil.

¿Qué tipo de arte te parece útil para el feminismo? ¿Dónde está la lucha ahora?

En la reinvención del imaginario colectivo que se tiene del feminismo. Empezamos con imágenes muy básicas —hablo de un contexto espacial y temporal muy concreto, que es el que conozco—. Pero el feminismo se ha ido complicando. Empezamos en el Level 1, y hemos ido haciendo Level Up, Level Up, Level Up… transfeminismo, lesbofeminismo, lesbianismo político, mil contradicciones… ¿El feminismo tiene que ser anticapitalista? Todo esto afecta a cómo el feminismo se muestra gráfica o audiovisualmente. Porque si hace unos años dibujar un coño era revolucionario, hacerlo ahora y decir que es una imagen feminista es un problema. ¿Qué pasa con todas las mujeres que no tienen coño? ¿Y los hombres que tienen coño?

Pero hay gente para quien un coño sigue siendo revolucionario, ¿no?

Esto pasará siempre. No tenemos que caer en el clasismo porque hay gente que no se ha informado más. ¡Es un palo leer teoría feminista! Es mucho mejor una novela de Ken Follet, o Stephen King, ¡es la hostia! ¡Queremos sangre y semen! Para mí, leer teoría feminista eran deberes, pero hice el esfuerzo y ahora me flipa muchísimo, porque estás todo el rato enfadándote con todo el mundo [arruga los morros y hace como que refunfuña]. Y entras tú misma en contradicciones, que esto mola mucho.

Repetir la imagen de un coño mil veces es propaganda. Yo no quiero hacer arte viral, quiero hacer arte útil

¿Sientes que con tus ilustraciones haces de puente entre ciertos debates y gente que quizás no ha leído nunca un libro sobre feminismos?

Sí. Por ejemplo, a mí me gusta hablar del trabajo sexual. No me gustaría que sonara pedante porque hay gente que sufre muchísimo, pero hay dilemas súper interesantes y es un tema que tiene que estar sobre la mesa. Además, resulta violento. Muy violento. No solo el trabajo sexual; también el sexo en general. El sexo en el siglo XXI sigue violentando. Y a mí me fascina. Entonces, lo que hago es colgar muchos dibujos en Instagram que hacen apología del amor romántico desde una perspectiva LGTBI —y este es otro tema, que como mujeres lesbianas solo nos podemos vender correctamente cuando hacemos apología del amor romántico, en fin…—, pues tú vas tirando apología del amor romántico, insertando siempre tus dos frases de crítica, y a la quinta publicación te marcas una ilustración súper dura sobre sadomasoquismo y trabajo sexual. ¡Pam! La has colado. Y todas las seguidoras que conseguiste con las otras ilustraciones se lo tragan. Y hacer estas publicaciones más duras de vez en cuando hace que la gente se acerque. Poquito a poco, pero se acercan.

¿Te preocupa que tus obras envejezcan mal y decir “Qué estaba pensando cuando hice este dibujo”? ¿Has borrado publicaciones?

Sí. Pero si borro dibujos es porque están mal de técnica. A nivel político, sí hay algunos que los veo y pienso: “Uf, tía…”. Pero son obras que no llegué a publicar nunca, son de antes de empezar a formarme en el feminismo. Yo era chunga tirando a machista. Tuve unas obsesiones con la tauromaquia, mujeres en pelotas… El problema es la gente que no se disculpa. Quién lo ha hecho muy bien es Paula Bonet, que tenía obras muy chungas que idealizaban el amor romántico y tóxico. Y la tía hizo un post en Twitter enumerándolas, diciendo que no tendrían que salir más a la luz y que se tendrían que dejar de vender. Y pienso: “Olé, tía”. Con el arte te tienes que renovar todo el rato, a todos los niveles. Tienes que adaptar las técnicas a lo que está viniendo: ya no se imprime, ahora es serigrafía; ya no es serigrafía, ahora todo es digital; ahora las cosas se tienen que mover, aprende a animar. Y todo esto tiene que ir de la mano del momento histórico, de las necesidades políticas y sociales de tu tiempo.

¿Vives con el miedo de que te cancelen por carca?

Sí, constantemente. No solo por carca, sino especialmente que me critiquen por querer apropiarme de una lucha. De eso sí tengo miedo. Me ralla que se me dé visibilidad a mí, que llevo solo diez años en esto, cuando hay chicas que llevan muchísimo más tiempo militando. Además, el contexto feminista en Barcelona y en Catalunya es duro. Te cancelan y es duro. Y lo tiene que ser. Y si algún día me cancelan, olé ellas. Muy bien hecho. Cuando vote a Esquerra Republicana ya habrá otra chica que lo hará tres mil veces mejor.

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Cuando Queralt se fue de Moià, lo hizo harta de aquel no-sé-qué del pueblo que no quiere cambiar nunca, de sentir que no había lugar para ella y sus inquietudes. Harta de la heterosexualidad obligatoria, de los plátanos en las clases de educación sexual y los “Ay, Queralt, ¿te gusta este tío? ¡Me ha dicho que se quiere liar contigo!”.

Durante años, volver a Moià suponía convertirse en “la lesbiana del pueblo”: llevar a una amiga a la fiesta mayor y sentir que había chicos —algunos de su mismo CAU— que las veían como una atracción y les proponían hacer un trío. La historia de Queralt no es inédita: sentirte la lesbiana del pueblo no quiere decir que seas la única, sino que te sientes sola siéndolo.

Ahora, Queralt ya no se siente así. Se pone súper contenta hablando del “emprendimiento lésbico” entre las chicas más jóvenes de Moià. “Las yung lesbians”, cuenta entre divertida y sacándose un peso de encima. Sin duda, parte de la culpa es suya: cuanto más “lesbianas del pueblo” hay, menos sentido tiene que alguna ostente el título.

Que me critiquen por apropiarme de una lucha. De eso sí tengo miedo. Me ralla que se me dé visibilidad, cuando las hay que llevan más tiempo militando

Ella ha encontrado en Instagram un trampolín para su lucha por la visibilidad lésbica. Un espacio donde, igual que en Moià, no le importa dar la cara; ya sea compartiendo su obra gráfica a través del perfil @kerrature, o más recientemente —desde que una pandemia nos obligó a pasar la primavera confinados, para ser precisos— mediante el canal @Bunyol_TV, “una tele radicalmente descentralista, improvisada y bollera”. El proyecto ha ido creciendo en base de instalives, sumando colaboradoras y estrenando secciones de denuncia y de salseo, siempre haciendo política. Queralt siente que cada vez hay más gente que la sigue, se fija en lo que hace y la escucha cuando habla, y ya ha descubierto que el precio a pagar es una mezcla de vértigo por la sobreexposición, síndrome de la impostora y soledad.

También ha aprendido que una parte de Catalunya —que no es un pueblo, pero a menudo lo parece— se ha dado cuenta este 2020 que fuera de Barcelona también hay lesbianas.

Catalunya ha descubierto las lesbianas de pueblo y tú te has convertido en su representante. ¿Cómo lo llevas?

Mal. El problema es que yo tenga que explicar que hay bolleras en Catalunya cuando llevamos existiendo desde Lesbos. Y así de sopetón me convierto en la alcaldesa de las bolleras de Catalunya…. Antes que nada, esto no es así. Y segundo, que todo ello evidencia que mucha gente realmente pensaba que no existíamos. Estaba el Gaixample, el Pride, Barcelona 99% ocupada por hombres, la cultura pop-gay, Tina Turner, Cher… ¡Miquel Iceta! Los gays están presentes en TV3, como Toni Cruanyes. ¿Dónde están las lesbianas en la Corporació Catalana de Mitjans Audiovisuals? Seguimos teniendo el techo de cristal que nos impide salir del armario.

¿Por qué crees que sigue existiendo este techo de cristal?

Las lesbianas y bisexuales somos disidentes del modelo familiar y consecuentemente lo somos del económico. Somos dos mujeres —y esto si somos dos, porque con el lío del poliamor podemos ser cuatro o cinco, la pesadilla del hombre hetero-cis—, dos mujeres que cobramos menos que un hombre. Si formamos una familia consumiremos menos que una pareja de hombres. Y en los pueblos también hay una gran diferencia. Los hombres tenían la libertad de irse, de pasar “largas estancias en la montaña respirando aire” o yo que sé; no, escuche, este señor donde iba es a Barcelona a comer rabos. Es así. La opresión del lesbianismo y la bisexualidad es puramente patriarcal. Con las mujeres, en cambio, decían “La de Casa Tal vive con una amiga”; no vive con una amiga, son pareja desde hace tiempo. De golpe resulta que queremos dejar de vivir con amigas y hacerlo en pareja.

¿El eje pueble-ciudad es importante dentro de la comunidad lésbica?

Yo creo que Bunyol TV lo petó porque nos posicionamos como descentralistas. Cada día conectábamos con una lesbiana de una comarca diferente, y la lesbiana de las Terres de l’Ebre hablaba con la de Lleida y veía que tenían los mismos problemas. Te venían ganas de conocer y compartir. Además, mucha gente que vivía en Barcelona se fue a pasar el confinamiento a su pueblo. Yo quiero mucho a mis padres, pero conversar con ellos es extremadamente aburrido. Lo mismo pasa con los amigos del pueblo. Lo que mola es llegar a Barcelona, porque absolutamente toda mi burbuja social son lesbianas o bisexuales, y esto es una suerte. Conversar con la gente heteronormativa de Moià es una pesadilla.

Aun así, las cosas han cambiado mucho: en otras entrevistas has dicho que ya no te sientes la lesbiana del pueblo, que entre las chicas más jóvenes de Moià hay “mucho emprendimiento lésbico”, y que en parte te sientes responsable de ello. Imagino que las cosas no solo han cambiado en Moià. ¿Qué ha pasado a escala global?

Se ha hecho mucho trabajo con los contenidos culturales, sobre todo con las series, que son un punto de inflexión cultural súper heavy. Que puedas elegir el contenido que quieres ver significa que puedes elegir en qué contexto social te quieres mover. Puedes elegir mirar Anatomía de Grey o Euphoria. Puedes elegir Skins o La Riera. Ha empezado a haber referentes lésbicos muy potentes; siempre yanquis, aquí no hay nada porque somos así. Pero esto ha abierto miras, y no hablo de nosotros: lo importante no es que nos empoderemos nosotras como bolleras, porque ya lo estamos; lo importante es que la gente acepte que nosotras tenemos derecho a empoderarnos. Y creo que con esto la industria cultural ha hecho muy buen trabajo.

Lo más importante no es que nos empoderemos como bolleras, porque ya lo estamos; lo más importante es que la gente acepte que  tenemos derecho a ello

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La primera foto que Queralt publicó en Instagram como @kerrature es del 17 de abril del 2012: un plano detalle de los controles de volumen de un bajo eléctrico, sin hashtags, solo la palabra “rhythm”. A través de 1.232 publicaciones, las fotos cotidianas dejan paso a las ilustraciones, ofreciendo la retrospectiva más completa de su progresión como artista, hasta día de hoy.

Su primer tuit es mucho más reciente, del 26 de enero del 2020. También sin hashtags: “Me podéis dar ya el carné de lesbian icon de barna porfavooooooor ya no se que mas tengo que hacerrrrr”. Desde entonces, ha hecho 1.266 tuits. Sigue a 129 personas y tiene 2.712 seguidores.

Queralt es una de las únicas personas que conozco que seguramente genera más contenido en las redes sociales del que consume. Y esto, en parte, también es su trabajo.

Diga’m si us plau que no anirem a fer birres, que quedarem perquè m’estiris dels teus cabells, que farem les paus, omplirem la buidor, que llegirem, que farem silenci, que ens posarem molta molta estona en mode avió”. Durante el confinamiento colaboraste en la canción “Quedar y follar” de Sr.Chen junto con Pavvla y Kquimi Saigi. Recitas un poema, y acabas así. ¿Pones el móvil en modo avión alguna vez?

Cuando dibujo sí, lo dejo en el piso de abajo.

¿Te gustaría ponerlo en modo avión más a menudo y más rato?

[Responde con voz resignada] No puedo. Tengo trabajo. Muchas veces pregunto a instagramers que conozco para picarlos: “¿Qué harías si de golpe deja de existir Instagram? Se cae. De golpe. Desapareces”. Me dicen que se moverían, que harían exposiciones. Y yo: “¡Una polla como una olla! Caerías en el olvido. No existirías. Igual que yo”. A mí ahora mismo me estalla Instagram y me la paso llorando. Porque somos unos psicópatas dependientes de esto. Y esto es también un problema cultural y político. No se han incentivado lo suficiente las iniciativas físicas para que los artistas se puedan expresar fuera de las redes. Éstas se han convertido en el lugar seguro donde publicas y se te reconoce. Pero cansa mucho: la gente quiere saber qué eres, quién eres, con quién te mueves, y dónde vives, y cómo vives.

Cuando tenía menos seguidores sabía perfectamente con quién hablaba. Pero cuánto más gente te sigue más sola te sientes. Es triste

En las redes tienes un indicador muy claro, los likes, para saber qué funciona y qué no. Cuando tu vida es el contenido, ¿cuesta separar la realidad de la pantalla?

Hay un alter ego. Y quién diga que no que venga aquí y me chupe un pie. Sé qué puedo decir y qué no. Yo no puedo explicar que el otro día me comí un entrecot de medio kilo, porque vienen todas y me cortan la cabeza. Sé muy bien qué tengo, qué decir para tener me gustas y que si hablo de ciertas cosas perderé seguidores… Es muy psicópata. Y yo lo hago poco, pero hay peña que se expone muchísimo. No sé cómo lo viven. Hace unos meses tuve un ataque de pánico bastante gracioso sobre mostrarme y dejar de ser una figura anónima.

Tienes 12.200 seguidores en Instagram y subiendo. 

Cuando tenía menos seguidores sabía perfectamente con quién hablaba, quiénes eran mis fans. Con 3.000 o 4.000 followers me abrían chicas y sabía a quién me dirigía. Ahora tengo 12.000 y hablo porque me da la gana hablar. Y cada vez te sigue más gente, y más, y más, y cuánta más gente te sigue más sola te sientes. Es triste.

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La mesa de estudio de Queralt está iluminada por tres lámparas que cuelgan del techo. Sobre la mesa veo una obra a medias. Me fijo y me sorprende descubrir que se trata de una chica negra; no recuerdo ninguna otra ilustración de Queralt donde la protagonista sea afrodescendiente. Ella me lo confirma: es la primera. A pesar de que la visibilización de las lesbianas es su lucha, siente que no hace lo suficiente para representar a personas racializadas. Menciona a Yolanda Sey, una de las tres voces de las Sey Sisters, con quienes a menudo coincide en el Konvent de Berga, meca del circuito artístico alternativo. Queralt reconoce que gracias a ella ha tomado conciencia de la falta de visibilidad de las modelos no-blancas. De nuevo, el arte como herramienta para crear y consolidar referentes.

Preocupada como estás con la visibilidad, ¿te da miedo dibujar realidades que quizás no conoces y que parezca que lo haces para quedar bien? ¿Caer en el tokenismo?

El día de la visibilidad lésbica hice un dibujo y una de las chicas se llamaba Amina, que es un nombre árabe. Simplemente porque me apeteció. Y me abrieron muchas chicas musulmanas que me siguen dándome las gracias porque les resulta imposible encontrar contenidos LGTBI con representación árabe o africana. Pero es complicado porque tienes que ofrecer contenidos que te salgan de manera natural. Y esto es un trabajo político, es un trabajo muy mental, de construcción de un ideario propio, nuevo. Parafrasando a Marta Mas, que lo dijo muy claro en una entrevista: “No podéis decir que yo sea una fotógrafa revolucionaria ni feminista porque nada del que hago es revolucionario o feminista. Para serlo tendría que tener una amplia representación, conseguir desestigmatizar sectores que sufren, y todo esto no lo hago”. Y no lo hace porque no es su entorno, porque trabaja desde una posición de privilegio, de artista blanquita que ha tenido la oportunidad de trabajar, de estudiar, con un piso… Y trabajar desde aquí y posicionarte como ilustradora con perspectiva de género es complicado. Además, como mujer sientes el síndrome de la impostora, que estás mintiendo todo el rato. En la actualidad, decidir cuál es tu lucha honesta es lo más complicado para un artista.

  • Edición de texto: Laia Seró y Catalina Gayà.

  • Edición gráfica: Arianna Giménez Beltrán.

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