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Querer y no querer ser madre en la postmaternidad

28 de septiembre, 28 de octubre, 28 de noviembre… 12 de diciembre: consulta médica. Colgado en la pared de la cocina, el calendario marca con puntos rojos el comienzo de cada ciclo menstrual y un ligero círculo negro, destacado entre un mar de números, fija la visita al ginecólogo de cada año. El café empieza a hervir y, mientras lleno la taza del desayuno, visualizo la sala de espera de esa conocida clínica de Barcelona especializada en salud femenina, donde numerosos carteles con rostros de mujer, algunos tersos, otros ajados por los años, recuerdan literalmente que “a partir de los 35 años, el número y calidad de los óvulos disminuye drásticamente”.

Ya en la clínica y sin pasar del vestíbulo, asumo la visita con pereza y cierta reticencia, pues es imposible no sentir la presión médica y social. Sé que una de las primeras preguntas que hará mi doctora tras entrar en el despacho (porque eso es lo que percibo, que despacha con una clienta más) será de nuevo si estoy pensando en tener hijos. Pero… ¿y si no tengo pareja, creo no estar con la persona adecuada o no me siento preparada para tenerlo sola? ¿Y si todavía no he dado con la respuesta y por el momento no sé si quiero tener niños o dudo constantemente de si quiero llevar una vida de “madre”? ¿A cuántas cosas deberé renunciar? ¿Es la maternidad el fin del desarrollo laboral y personal? ¿Por qué me hago estas preguntas y no otras? 

Conversaciones de bar, hilos de Twitter, posts en Instagram… Me tranquiliza ver que estas cuestiones también resuenan en otras mujeres, después de años en los que ser madre parecía el único camino a seguir y una experiencia de color de rosa. El concepto de maternidad se ha desmitificado: hemos decidido dar el paso, quebrar el silencio, expresar y romper con todos los tabús para mostrar la cara más compleja y oscura de la génesis, sin temor a cuestionarnos, de forma pública y constante, el querer o el poder (o no) procrear, así como el optar por nuevas fórmulas, tanto de gestación como de crianza, si finalmente decidimos hacerlo.

Mientras espero a que la enfermera pronuncie mi nombre, reviso estadísticas a través del móvil. Según los últimos estudios, en el Estado español el 25% de las mujeres jóvenes no serán madres, la edad del primer hijo o hija se ha ido retrasando hasta superar los 31 años y la maternidad a partir de los 40 se ha incrementado en un 62,3% en la última década.

La manera de vivir la maternidad ha cambiado, y así lo demuestran las múltiples experiencias que recoge la artista y activista María Llopis en Maternidades subversivas. Parteras, lactivistas, ecosexuales, gynepunks o actrices porno que cuentan en primera persona partos y crianzas fuera de la norma, y que me han permitido entender hasta qué punto la maternidad ha sido olvidada y debe incluirse en las luchas emancipadoras, huyendo de la imagen patriarcal, asexuada, medicalizada y desempoderada que existía hasta hace poco.

En el Estado español el 25% de las mujeres jóvenes no serán madres, la edad del primer hijo se retrasa hasta los 31 años y la maternidad a partir de los 40 sube un 62,3%

Como Llopis, hoy son muchas las mujeres que se atreven a escribir, a asumir dilemas y contradicciones y a ligar el viaje de la maternidad, la duda, el deseo y la realización al de la literatura sin miedos ni reservas. 

Los temas universales de la literatura han sido siempre el amor y la muerte, pero la maternidad se ha visto durante años relegada a obras menores o, incluso, a poemas o ensayos de grandes escritoras invisibilizadas por la historia, la crítica, los editores o los libros de texto. Pocas son las que se atrevieron a abordar con éxito este tema. 

Simone de Beauvoir, en El segundo sexo, ya habla de cómo la maternidad a veces se ha utilizado como una experiencia de dominación y no de emancipación o de creación de comunidad: “Se ha visto con qué velos poéticos se disimulaban las monótonas cargas que la abruman: tareas domésticas y maternidad; a cambio de su libertad, le han hecho el presente de los falaces tesoros de su ‘feminidad’”. O Adrienne Rich, que en su libro Nacemos de mujer también reflexiona sobre cómo las mujeres han sido madres e hijas, pero han escrito muy poco sobre este tema: “La vasta mayoría de imágenes visuales y literarias de la maternidad nos llega filtrada por la conciencia masculina individual y colectiva”.

Desde el fondo del pasillo resuena una voz. Es mi turno. Me pongo en pie dispuesta a cruzar ese laberinto de salitas de espera y maternidad programada que me llevará hasta la doctora. Por el camino voy pensando, mientras sonrío… ¿y qué opinaría de mí Beauvoir si me viera en estos momentos?

“Soy esa clase de monstruo,

una mezcla de furia con ternura,

de susurros con ganas de gritar,

¿y qué más?

de confusión y claridad,

de confusión completamente blanca”.

Madre soltera de Marina Yuszczuk

 

Duda. Miedos y presiones sociales

Desde hace tres años mis galerías de foto y grupos de Whatsapp se llenan de imágenes tiernas y caritas de niños sonriendo. En mi teléfono tengo más retratos de bebés que selfies. Me costó acostumbrarme a los cambios en las dinámicas de grupo introducidas por amigas y amigos primerizos. Del desajuste y rechazo inicial, seguramente propiciados por mis propias tormentas sentimentales y la diferencia en la etapa vital, fui entendiendo y apreciando la alegría compartida y resituando comparativas y deseos propios. 

Creo que la maternidad es un concepto que aparece en la vida de toda mujer de forma inevitable. Abuelas, progenitoras, tías, hermanas, primas, amigas… todas son espejo y vínculo latente que nos recuerda para qué estamos programadas: engendrar una nueva vida. Foco de interrogantes y también de esperanzas de descendencia en la familia, ya de bien joven me preguntaba si quería ser madre. Si optaría por reproducir el modelo clásico o rompería con lo establecido y, por tanto, debería luchar contra tópicos y patrones, siendo consciente que el justificar esa elección formaría parte de mi interacción social por mucho tiempo.

Como mujer blanca, occidental, cis y de clase media, la treintena marca de manera significativa la frontera biológica en la que plantearme realmente la maternidad, ya sea en pareja o en solitario. En La mujer singular y la ciudad la ensayista neoyorkina Vivian Gornick describe a la perfección este sentimiento: “El tiempo de la infancia parece no acabarse nunca, se expande, al contrario que el tiempo de una mujer madura, que siempre es escaso, siempre presiona, siempre es indicador fugaz de bienestar emocional”. Sin embargo, mi privilegio no evita que el peso del entorno y del tiempo sea algo difícil de gestionar y para lo que estamos emocionalmente poco preparadas: o sigues el camino marcado o te sientes y te harán sentir una fracasada.

Abuelas, progenitoras, tías, hermanas, primas, amigas… todas son espejo y vínculo latente que nos recuerda para qué estamos ‘programadas’: engendrar una nueva vida

Puede que a una mujer no le gusten los niños (los propios, nunca concebidos, o los de los allegados), o incluso puede tener meridianamente claro que, pese a gustarle, no quiere construir una vida en torno a su prole. Incluso puede no saberlo o no quererlo durante años y cambiar de opinión a lo largo de su vida. Lo cierto es que, llegada cierta edad, algunas debemos aprender a poner cara de póquer ante preguntas en público sobre por qué no hemos sido madres todavía o insinuaciones que apuntan a que sin hijos no seremos nunca una mujer completa. Estos y otros tantos convencionalismos los narra la periodista María Fernández Miranda con humor en su libro No Madres, en un claro intento por derribar el tabú de las mujeres que no somos madres sin temor a ser juzgadas.

Mientras la doctora repasa el resultado de la citología sentada en su sillón, no puedo evitar pensar que la disyuntiva sobre convertirse o no en progenitora suele estar relacionada con el hecho de tener pareja, de encontrar al compañero ideal con el que formar una familia. Me doy cuenta, entonces, de lo poco que contemplamos otras tipologías de unión fuera de la cultura monógama, o incluso de la orientación sexual, siempre imponiéndonos el código binario de género, pero también advirtiendo el gran peso que tiene ser educadas en el amor romántico, un tipo de amor ideal, de intensidad suprema y exaltación trascendente, que llevamos inyectado en el sistema nervioso. 

Soy consciente, por otro lado, que plantearme la maternidad en solitario representa asumir cargas económicas y emocionales, además de un sinfín de pruebas e intervenciones médicas para quedarme embarazada, como también sucede en el caso de las parejas lesbianas, trans o intersexuales que deciden tener descendencia.

Apretón de manos y me despido de la doctora hasta nuevo aviso. Es en ese momento cuando me doy cuenta hasta qué punto muchas mujeres anhelamos el formar parte de la norma y la tradición, para no desviarnos del pensamiento amoroso hegemónico y así no sentirnos apartadas.

“Mujeres que sufren el desamparo de las clínicas frías,

en contraste con sus cálidos cuerpos.

Mujeres que deben aprender a reconciliarse con su esencia femenina:

Espero y me duelo.

Mujeres solas en un mundo poblado por hombres

y mujeres con feroces ansias de bebés y cuerpos sanos”.

Tres mujeres de Sylvia Plath

 

Deseo. Imposibilidad e industria de la gestación

Es febrero y arrastro mi invierno, impregnado en los huesos, de nuevo hasta la gélida consulta ginecológica. Acabo de cumplir los 35 y decido volver hasta allí para conocer mi reserva ovárica y comprobar mi nivel de fertilidad, aquella que un día prendió cuando no entraba en mis planes y que, ahora que la edad y el círculo apremian, quiero verificar.

La entrada a la consulta es de lo más chocante. 

La doctora pregunta por qué acudo sola y no en pareja (masculina, por supuesto). Tras el primer encontronazo y cerciorarnos de que la reserva es buena, la especialista me invita a donar óvulos (contribuir al negocio, claro). Tras revelar mi edad, recién cumplida, automáticamente su discurso médico pasa de invitarme a regalar óvulos a congelarlos por un tiempo limitado y un módico precio de 3.000 euros, un precio que conlleva diversas exposiciones a periodos de hipermedicación.

Tras revelar mi edad, 35 recién cumplidos, el discurso médico pasa de invitarme a regalar óvulos a congelarlos por un tiempo limitado y un módico precio de 3.000 euros

El Estado español es el país de Europa con la tasa de fecundidad más baja, algo que preocupa sobremanera a las instituciones, pues una natalidad equilibrada asegura una aportación regular al sistema de pensiones. Por ello, es un país puntero en la industria de la reproducción asistida, lo que se llama también “medicina satisfactoria”, incluso es precursor de las clínicas low cost donde solo se publicitan las estadísticas que incluyen casos de éxito y no los intentos fallidos.

Son numerosas las amigas y conocidas que ahora deciden ser madres. Algunas de ellas han recurrido a tratamientos de inseminación artificial, fecundidad in vitro, estimulación ovárica o heparina tras tiempo intentando quedarse embarazadas o sufrir repetidos abortos. “Somos una generación en tiempo de descuento. Hemos sido más hijos que padres, Peter Pans adultos con muchas vidas posibles que, absorbidos por el hedonismo, revelamos constantes problemas con el compromiso y los lazos comunitarios. Un buen día te encuentras en una edad en la que piensas ‘Ahora o nunca’”. Así lo describió hace un par de años la escritora Silvia Nanclares en el festival literario organizado por el editor de la Revista de Letras, Albert Lladó, y en el que también participaron otras autoras como Marina Garcés o Paula Bonet.   

Es en ese “Ahora o nunca” donde la tormenta perfecta se desata: la urgencia, la ilusión, la obsesión, el miedo y la incertidumbre. Un cóctel repleto de estrés y frustración que nos demuestra lo poco preparadas que estamos para la maternidad no realizada. Nadie nos enseña a digerir ese deseo no cumplido, pero el sistema nos induce a vivirlo como un fracaso. Para no fracasar, ese mismo sistema nos empujará hacia la mercantilización de la maternidad. Una venta fría que, como en el caso de las funerarias cuando perdemos a un ser querido, se produce en un momento en el que el cliente se siente especialmente vulnerable. 

La soledad, los vetos y la culpa recaen siempre sobre el ‘cuerpo de la mujer’ y los problemas de fertilidad ‘masculinos’ son socialmente silenciados

Aunque la maternidad no resulta igual para todos. La soledad, los vetos y la culpa recaen siempre sobre el cuerpo de la mujer y los problemas de fertilidad masculinos son socialmente silenciados. Existe un claro sesgo patriarcal en la medicina reproductiva. “El estigma de la infertilidad y de la idea que ya no sirves como mujer es un claro síntoma de que hay un problema social en el que la industria reproductiva hace el agosto. Se debe ver como un síntoma social, muchos y muchas deben salir del armario”, reclama Nanclares. 

Otro hilo invisible une a todas aquellas mujeres que han tenido abortos espontáneos. Una de cada cinco mujeres sufre interrupciones del embarazo de forma abrupta y, hasta que la ilustradora Paula Bonet no hizo público y viral uno de esos episodios, muchas mujeres desconocían la normalidad con la que se producen. 

“Con la primera pérdida había viajado mucho, había pintado con aguarrás, había bebido. El contexto piensa que te está cuidando si lo silencia, si te invisibiliza. En el segundo embarazo, presa de la culpa y del protocolo médico, hice todo lo contrario y aún así volví a perderlo. Al publicar mi segunda experiencia de aborto espontáneo mucha gente me escribió explicando su experiencia y dándome las gracias por hacerlo público”, cuenta Bonet quien tras dos abortos, la muerte de sus dos abuelos y el nacimiento de dos sobrinos escribió e ilustró Roedores, un ensayo crudo sobre la relación emocional y anatómica de ser madre.

“Mientras tu vientre

esconde, nutre y protege

el enésimo fruto de tu anhelo,

de un amor más verdadero y humano…

 

Otros hacen programas

para dirigir tu futuro

y deciden según sus esquemas

cómo y cuándo tendrás que ser Madre”.

Mujer y madre de Elisa Kidané

 

Realización. Prejuicios y libertad de crianza

Todavía sorprendida por la conversación con la doctora, salgo de la clínica pensando en que mis dudas no se acabarán con la decisión o la posibilidad de ser madre.

¿Qué madre quiero ser? ¿Qué madre puedo ser? ¿Qué madre acabaré siendo?

La maternidad siempre me ha parecido un proceso en el que una acaba abriéndose en canal física y emocionalmente. Como compruebo en los cuerpos de amigas queridas, a los cambios corporales se suman las recomendaciones y directrices, la acumulación de cachivaches para la vida materna, millones de lecturas y una mochila repleta de dogmas. 

En marzo de 2014, la creativa publicitaria Laura Baena decidió aunar fuerzas para combatir ese sentimiento encontrado, mezcla de fracaso y culpabilidad, y fundó el Club de las Malasmadres, un espacio que cuenta con más de 500.000 mujeres con hijos, mucho sueño, poco tiempo y alergia a la ñoñería, tal y como se definen ellas mismas. En círculos como éste las madres perfectas, imperfectas, malas madres, híper madres, madres helicóptero, madres tigre… se apoyan las unas a las otras, se forman, comparten consejos y experiencias y, sobre todo, canalizan sus miedos e incertidumbres. 

Y, sin embargo, la maternidad está ligada, también e inevitablemente, a la renúncia, al concepto de largo plazo, de irreversibilidad, un salto al vacío que suele generar cierta claustrofobia, pero hay quién me invita (nos invita) a darle la vuelta. 

La filósofa y ensayista Marina Garcés advierte que “esta sensación es producto de la crisis moral de nuestro tiempo y la maternidad es la oportunidad para cambiar el yo por el nosotros en una sociedad occidental clientelar que nos constituye como individualistas”. Garcés recuerda que mirarse el ombligo también es una marca de la maternidad, una marca del vacío, una huella biológica del carácter más dependiente y que debemos buscar cómo rehacer nuestros vínculos. “Hay que cambiar la dependencia por el suplemento, dejar a un lado el cálculo de lo que ganamos o perdemos y pasar a vivir con, aprendiendo juntos a vivir y aprender a vivir juntos. ‘No tengo tiempo’ es la expresión de la derrota. Tenemos vida, hagámonos tiempo”, explica.

Somos complejas, imperfectas, diversas y contradictorias y, no por ello, extrañas. La duda sobre qué relación queremos establecer con la maternidad puede y debe acompañarnos a lo largo de la vida

La tribu: familia, hijos, hijas, parejas, amigos, amigas, madres, compañeras y desconocidas completan ese nosotros (y nosotras) que acompaña en el camino de la crianza. Una ayuda inestimable para desarmar jerarquías y asumir que las maternidades son libres y múltiples, todas imperfectas pero válidas, propias de cada mujer y de cómo quiere y puede vivir la maternidad.

***

Tres estadios: la duda, el deseo y la materialización de la maternidad. Me doy cuenta que, como en la República de Gilead de Margaret Atwood en el Cuento de la Criada, el sistema capitalista convierte a las mujeres en máquinas reproductivas. Piezas de un engranaje donde se imponen estándares de fertilidad, maternidad y amores ficticios y, cuando no cumplimos con ellos de forma natural, se nos empuja a hacerlo de forma artificial.

La realidad es que ninguna de nosotras encajamos del todo en este modelo, en esta distopía. Somos complejas, imperfectas, diversas y contradictorias y, no por ello, extrañas. La duda sobre qué tipo de relación queremos establecer con la maternidad puede y debe acompañarnos, por qué no, a lo largo de nuestra vida. Me resulta difícil decir hasta qué punto elegiré o no ser madre dadas las condiciones sociales que me rodean, pero si escojo que pase, sé que me ligaré inexorablemente a otra vida desconocida, un vínculo que atraviesa el cuerpo, atraviesa el alma y nos atraviesa a todos.

Sigo caminando. No revelaré a qué conclusión he llegado respecto al deseo de tener hijos (algo que me reservo para la intimidad). Pero sí resuena con fuerza en mí que bienvenidas sean la revolución y las dudas de ésta, la era de la postmaternidad.

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