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Rita Rakosnik, menos polvos de mierda y más cartas de amor

En el salón de una alargada casa del Eixample, donde casi cada habitación tiene una biblioteca, Rita Rakosnik (Barcelona, 1993) despacha desde donde más le gusta: la pasión. La joven, que estudió Historia del Arte, empieza a asomar la cabeza en la crítica cultural barcelonesa: ha comisariado exposiciones (Com no ser vista en Can Basté) y ha escrito artículos en medios como Núvol o El Nacional.

Todas sus producciones son fruto de un equilibrio entre horas de lectura de clásicos –la mayoría, feministas– y horas de visionado de stories. Un maridaje entre teoría y cultura pop que exhibe cuando habla. De Brigitte Vasallo a Rihanna. Tiene un nervio racional que demuestra también en los gestos: se mueve y se mueve sobre un sillón orejero, como si estuviera sobre un flotador en una piscina. Todo, eso sí, con gusto.

Rakosnik cruza y descruza los temas tanto o más que las piernas: trap, lujo y poliamor. Y también, algo que le ha valido no pocas críticas en redes: un replanteamiento del amor romántico desde el feminismo, pero lejos de la moralización y de su demonización.

El mimo y la precisión con los que atiende a las preguntas los emplea también en su pluscuamperfecto feed de Instagram. Para 830 seguidores. Una performance para pocos, parte de su obra artística, dispuesta a repensar la concepción del glamour y de las propias redes. A sus amigas les gusta definirla como ghost influencer, algo así como avanzada de lo avanzado; en la sombra, pero con tino. Su trayectoria empieza a ser cada vez menos ghost. Pasos firmes para combatir el bocachanclismo.

Subes poco contenido a las redes… No parece muy de nuestros días.

[Largo silencio. Se lleva las manos a la cabeza una y otra vez, formando en el aire una diadema fugaz] El flagelarse, el perfeccionismo excesivo, cosas con las que convivo en el día a día, me han frenado de hacer cosas. Pero no me preocupa: lo que más rechazo es la mediocridad y las cosas anodinas. Hay que saber estar callado y no producir a veces, no decir. Ahora esto se está convirtiendo en un leitmotiv, el no hacer. Sobre todo en el mundillo de las humanidades y de la literatura. Es ya una totebag de La Central. ¿Quién puede permitírselo? No todo el mundo puede, es verdad. Yo me lo he podido permitir hasta cierto punto. Pero, sea como sea, sé que no quiero contribuir a hacer mierda, esa obligación a posicionarse… El paradigma del creador de contenido hay quien lo ha convertido en profesión, pero todos los demás lo hacemos igual. Creo que habría que anteponer al creador de contenido el generador de pensamiento.

Seguimos fantaseando con la idea que existe un mundo sin Internet. ¿Cómo generar un mundo de pensamiento fuera de la velocidad de Internet?

Esa dicotomía es una falacia, sí. Estamos atravesados por las redes. En la exposición que hice en Can Basté, se dice: “De la carne al pixel”. Los límites son más borrosos que nunca. Hay gente pensando en esto: posturas más aceleracionistas, de “A ver cómo explotan las redes”, y posturas –las que más me interesan– materialistas. Siempre hemos estado mediados por la tecnología. El mundo que deja el móvil también se capitaliza. [Pone voz de pija] “Un mundo sin móbil, retiro de reiki…” y tu puta madre. ¿Quéee? Me siento más cercana a los feminismos materialistas, por ejemplo, del manifiesto xenofeminista, del que no comparto todos los puntos, pero que habla de otro modo sobre la alienación: no podemos escapar de ella, sino transitarla y ver qué hacer con ella.

Siempre hemos estado mediados por la tecnología. El mundo que deja el móvil también se capitaliza

¿Qué sacas de los referentes que exploraste en tu exposición?

La exposición fue un encargo de Can Basté. De primeras, no hubiese planteado una exposición con esas premisas, una exposición con referentes mujeres; tengo tan integrado que mi entorno son mujeres, que lo que leo son mujeres, que como premisa nunca lo haría. Pero al ser un encargo, probé. Le di la vuelta y lo que hice fue plantear una expo como una carta abierta, un archivo expandido, en el que hago mucha trampa. Soy una estafadora. Con Cómo no ser vista, el título, la expo parece sobre invisibilización/visibilización, pero no lo es: es una cita de un video ensayo de Hito Steyerl, How not to be seen. Cinco lecciones para ser invisible, vamos. Me monté un tinglado a partir de la correspondencia amorosa, porque yo lo que quiero es que me envíen cartas de amor bonitas. Yo les envié cartas a las actantes, jugando con la idea de email spam de los 2000. Me interesaba también la preocupación por la estética. Yo quiero hacer cosas bonitas. Y, claro, de Vivian Mayer a Kim Kardashian o Paris Hilton, esa yuxtaposición. Aún los hay que creen que existe alta y baja cultura.

¿Cómo vives tú las redes? 

No he reflexionado tanto sobre las propias redes, porque las tengo muy naturalizadas. Y no me considero experta ni activista digital, en ese sentido. Pero la red que más uso es Instagram. Aunque ahora también uso Twitter; antes del confinamiento me liaba con los RT, debo reconocer. Dos colegas, Juana Dolores y Sandy Moldavia, hicieron una exposición a través de Instagram, @hybris.viral, donde pusieron mi cuenta de Instagram como ejemplo de cuenta preocupada por la estética, pero no sometida a la tiranía del feed y de los likes. Pues quizás sí. Me hizo mucha ilusión. En mi cuenta de Instagram hay casi un TOC para que el feed quede perfecto, como una composición. Hay una performatividad total.

Las ‘selfies’ han demostrado que pueden ser un arma de empoderamiento, un lugar para la vulnerabilidad radical

Entrando en el uso de tu cuenta: es el antijuego de Instagram. Porque te esfuerzas por lo estético para tan solo 830 seguidores. Siempre pensamos ese esfuerzo para las masas, ¿no?

Instagram es un trabajo, lo monetices o no. Eso tiene que ver con la ambición, que no es lo mismo que la pretensión; a mi me encanta la primera y aborrezco la segunda. Citando a Yung Beef: “Aunque no conseguí nada, mami, tuve mucha ambición”. No me considero revolucionaria, pero me considero ambiciosa, claro que sí, por todo lo alto. “Sintiéndome Rihanna aunque sea de la Humana”. Tiene mucho que ver con mi concepción de qué son el estilo y el gusto. Me encantan las selfies. Han demostrado que pueden ser un arma de empoderamiento, un lugar para la vulnerabilidad radical, aunque yo no pueda hacer mucho activismo con mi cuerpo por ser joven y mona. Usando Instagram de esta forma tan premeditada, tanto en fotos como en paratextos, evidencio lo contrario a lo instantáneo. Contraponerlo me parece interesante contra Instagram, que aplica una norma súper rígida, y censura, y ejerce violencia. Además, rechazo la idea de parecer espontánea y casual. No lo he sido en mi vida.

¿Todos hacemos nuestra performance en redes, seamos más o menos conscientes?

Sí, y yo la evidencio a saco.

Se parece a lo que has escrito sobre La Zowi: se infantiliza su forma de actuar y, por ello, no encaja en los cánones feministas. Desde ciertos feminismos se podría atacar también tu forma de objetualizarte…

Se ha, se ha…

¿Sí?

Juzgar el arte moralmente no aporta nada. Y juzgarlo por el rasero de una supuesta semilla emancipatoria… En el caso de La Zowi, no es su intención resultar política y además, sin serlo, lo consigue por cómo se socializa su música. “¡Yo qué me voy a hacer filósofa! Estoy cansada, quiero que me preguntéis por la yerba que fumo y por mis productores”. Me siento identificada con ella, y con Rihanna o Lana del Rey, pero sin las polémicas racistas de esta última. Son tías que se sexualizan de manera poderosa y utilizan los atributos de su feminidad de forma muy interesante. La vulnerabilidad, el poder de atracción, la seducción, el capital erótico… lo utilizan para desarrollar imaginarios o piezas artísticas muy interesantes. Hay un feminismo que no penaliza y que no culpabiliza a una mujer por vestirse provocativamente. Lo que se decía antes de “armas de mujer”, para el beneficio propio, me parece fantástico. No soy La Zowi, pero me siento cercana a lo que ella expresa. Y luego está toda la crítica fácil del feminismo que se hace llamar “radical”. Me hierve la sangre que este grupúsculo se haya apropiado de un epíteto tan guay como “radical” para marginar a algunas mujeres. Que ciertas feministas con visión puritana, y esto me ha pasado, me señalen diciendo que soy una niña con la cabeza hueca y –cita literal– que “le hago flaco favor al feminismo”… y me llaman esclava del patriarcado. Cuando alguien me dice esto, les suelto la chapa de la vida y se quedan locas.

¿Cuál es esa chapa?  

Sin que yo sea una liberal y sin que no vea los peligros de la libre elección, por el hecho de que yo misma me objetualice no soy menos feminista. Por vanidad y por narcisismo lo hago. Y sé lo que eso conlleva. Sé lo que conlleva vestir así por la calle [se mira de arriba a abajo, repasando el vestido largo que hoy luce], pero lo hago igualmente. Y no soy naif. Es el mismo tipo de feminismo que criminaliza a las trabajadoras sexuales. Mismos argumentos. ¿En qué momento aprovecharte del sistema que te explota y darle la vuelta es negativo? La seducción y la belleza son parte de la vida. Me explota la cabeza. Me he tenido que enfrentar a esos feminismos moralizantes y puritanos, a una escala pequeñísima, porque no soy nadie, pero me ha pasado.

Me hierve la sangre que un grupúsculo feminista se apropie del epíteto ‘radical’ para marginar a algunas mujeres

Tienes un trabajo precario, vives en casa de tus padres, no tienes una vida de lujo, pero reivindicas el glamour. ¿Eres por ello una aliada del capital?

Yo no me considero nadie para hablar de precariedad, tengo claro mi privilegio. Hablar de precariedad en el mundo de las artes se ha convertido en una moda… y, en muchos casos, veo esa tendencia en voces que no son tan precarias. Yo sé que, por mi ámbito, como trabajadora de la cultura, podría entrar en ese marco, pero yo tengo un lugar donde caerme muerta. Me hierve la sangre también ver quién romantiza la pobreza. Es una mierda. Otra cosa es que a mí me encanta reivindicar el lujo y el glamour, sin poder vivir como Paris Hilton. Por eso me gusta el trap y la utilización de la moda y los logos que hacen. Esa ostentación. Siempre me he preocupado por vestir bien y por tener estilo, que es diferente a seguir tendencias. Ves a cada uno… “Me he comprado un top de satén por Ali Express”. Pues eso, no eres vanguardista de la moda. [Ríe]

¿El estilo solo sirve para la construcción del yo? ¿Hay alguna correa de transmisión hacia lo colectivo?

Por supuesto que tiene que ver con el yo, y con la expresión de la personalidad, pero obviamente tú te vistes y estás en contacto con personas; hay una mediación del modelito. A no ser que te quedes en tu casa todo el día con tu batín. Pero tú te vistes y socializas. Esto sonará antiguo, pero es un respeto y una consideración hacia los demás, aunque entiendo a quién no le apetezca. Pero para mí tiene que ver con lo artístico, aunque sea funcional. Esta cosa de que nos arreglamos para las unas y las otras, lo decimos mucho con las amigas. Me parece que es convertirlo en una ocasión especial.

¿Reforzar una simbología?

De alguna manera, supongo. Hay mucha cosa sociológica tras esto.

¿Ser estiloso se ha desclasado? Porque poder, puedes vestir de marca falsa. 

Hay algo democratizador en ser estiloso. Los pobres vistiendo como los ricos, y los ricos como los pobres. En Catalunya, la burguesía catalana tiene esa cosa de ser discreto y de demonizar al ostentoso porque es hortera. Ahora, es verdad que el capital que manda es el económico, porque antes el económico y el cultural estaban más ligados. Siguen estando ligados, pero ahora hay más hegemonía de lo económico. Y ahí surge el nuevo rico y Donald Trump… y cómo tiene decorada su casa. Es la imagen que se hace la gente de clase baja de cómo vive un rico. Como hija y descendiente de la burguesía catalana, no me interesa nada eso de rechazar la ostentación. Reivindicar el lujo es una cosa democrática. “Uy, yo, discreto. Todo carísimo, pero que no se vea”. Yung Beef, si lo tiene, sacará a pasear el Ferrari. El lujo y el glamour, aunque sea de imitación o pegatina, son cosas que le dan alegría a la vida. De la misma manera que te puede interesar el arte o la pintura.

Me encanta reivindicar el lujo y el glamour, sin poder vivir como Paris Hilton. Por eso me gusta el trap

¿La austeridad está promovida por la izquierda? 

Sí. Tengo un tuit sobre eso: “Uno de los peores errores de la izquierda ha sido demonizar el lujo”. Una imitación de mercadillo de Gucci, pero también el lujo como actitud. Por eso me interesa el trap, porque lo ha entendido.

¿El lujo es individualidad? 

No tiene porqué. Porque luego Yung Beef, en concreto, es el primero que dice que “Al rico le robo pero a mis amigos les comparto todo”. Igual hay que romper la asociación entre el lujo y lo individualista y lo no comunitario.

¿El lujo se puede desligar del consumo?

El glamour, o como le quieras llamar, tiene que ver con una cosa que tengo muy presente, que es la elegancia, que parece patrimonio de las clases ricas de siempre, y es mentira. Yo veo elegancia en muchos sitios. No es patrimonio de clase.

¿La elegancia es la belleza cotidiana? 

Sí. Me repito: ni lujo ni elegancia deberían ser patrimonio de ninguna clase.

Hay algo democratizador en ser estiloso. La elegancia no es patrimonio de las clases ricas

Otra de tus grandes motivaciones es la pasión. Ese feminismo más moralista te ataca por una perpetuación de lo romántico. Junto a la poeta Juana Dolores (PaperLlull), ¿proponéis una tercera vía del amor fuera de esa perpetuación, pero también lejos de los discursos imperantes de la no monogamia? 

Todas estas reflexiones vienen ya de hace tiempo, de lo que se ha llamado poliamor o discursos de la no monogamia, sí. Y vividos en mis propias carnes. Porque yo veo a mucha gente hablar de estos temas y no haberlo hecho nunca. Sé lo que es, para lo bueno y para lo malo; aunque solo con la experiencia no puedes hablar del tema, porque la experiencia no equivale a conocimiento. Dicho esto, toda esta eclosión de nuevos modelos relacionales, que tienen mucho sentido, porque lo que se conoce como amor romántico peta y no nos sirve –evidente–, lo cuestionan, pero también hacen tabula rasa, aunque hay cosas ahí, en el amor romántico, que son súper válidas y que nos dan la vida.

¿Por ejemplo? 

Los vínculos estables y prolongados en el tiempo, o el cuidarse, o la lealtad, como concepto, y no ligado a una relación exclusiva. Hay muchos valores que de repente parecen tradicionales, asociados al amor romántico, que me interesan. ¿De qué romanticismo hablamos, además? Porque, como movimiento literario y cultural, cada uno tiene una visión de él. Me interesa Brigitte Vasallo cuando lo define como “el amor Disney. Hay discursos sobre el poliamor, en la actualidad, mediocres y que dan carta blanca a caer en un consumo de cuerpos y sembrar el mundo de cadáveres emocionales. Lo de la mejor opción, como se ve en Tinder, de la que he sido usuaria. Ese “Siempre habrá un update”. La tinderización de los afectos… Cuestionemos la monogamia como único modelo exclusivo de vida, pero no demonicemos todo el resto: ampliemos. Ampliemos ese abanico de posibilidades sin de repente destruirlo todo, porque a una persona, por conveniencia o por logística, le puede ir mejor tener una relación monógama o abierta jerárquica. A nivel teórico me parece interesante, pero el poliamor, de verdad… Me explota la cabeza. Igual porque soy una intensa y una pasional de la vida. Me parece empezar la casa por el tejado.

Darle el marco del poliamor a un tío hetero es casi darle una granada, sembrar el mundo de cadáveres emocionales

¿En qué sentido?

Sobre todo desde el marco de las relaciones heteros, que es lo que conozco. Porque darle el marco del poliamor a un tío hetero es casi darle una granada, sinceramente. Porque esto le puede dar manga ancha para ser un miserable emocional y encima legitimarse mediante un discurso que lo avala para no cuidar y tratar a la gente como objetos. No me interesa para nada lo de Mark Fisher y la hedonía depresiva, una especie de búsqueda del placer constante y del cuerpo disponible, pero a la vez estar podrido por dentro. Hay una frase de la Juani [Juana Dolores] que dice: “El feminismo anticapitalista será romántico o no será”. Ser romántico es muy amplio y estaría bien que lo desliguemos de lo tóxico.

Ser feminista no tiene que significar matar lo simbólico de las relaciones, lo que las hace especiales, ¿no?

Claro.

¿Permiten las redes sociales y las plataformas de contactos dar simbologías a ese nuevo amor romántico? ¿Permite un duelo el ghosting [desaparecer en Tinder]?

Roland Barthes ya hablaba de ghosting en Fragmentos de un discurso amoroso, eso es muy viejo. Yo lo que pienso es que hay que escribir una ars amatoria del siglo XXI, unos nuevos fragmentos para un nuevo discurso amoroso; si mis males de amores no me lo impiden, lo intentaré hacer yo. [Ríe] Pero es una cosa a construir colectivamente. Hay que tener un debate real sobre estos temas. Porque cuando Vasallo habla sobre el poliamor… Yo me veo muy poliamorosa, pero con mis amigas. Las relaciones más intensas y fructíferas son las que he tenido con mis amigas. Me parece político e interesante desjerarquizar los afectos de la pareja. Con esto no quiere decir que critique a quien se aísla porque tiene una pareja y quiere a una familia. Pero hacer el esfuerzo en la amistad… La amistad es romántica y platónica. ¿Por qué eso no es poliamor y follarme a cinco pavos, sí?

¿Porque el sexo está en el centro? 

Sí. Y eso es tricky. Hay demonizaciones del amor romántico que no van de cara, porque realmente lo que interesa es el consumo de cuerpos sin que eso implique una responsabilidad emocional. Tengo otro tuit que dice: “Mi animal mitológico favorito es la responsabilidad emocional en los tíos hetero”. Aunque cuidado con el absurdo de la gestión de las emociones…

¿Absurdo?

Yo no quiero gestionar mis emociones. Quiero sentirlas. Yo he llegado a oír cada cosa… “Cuando tu pareja haya quedado con otro, hazte un diagrama de quesitos de tus sentimientos. Quesito de frustración, quesito de…”. ¿Tú crees que si me muero de celos puedo hacer eso? El poliamor no elimina los celos. Una cosa que dijo Marina Garcés que me parece clave: “Nos están colando amor liberalizado por amor libre”. Muchos discursos de la no monogamia dicen que trazan discursos del amor libre con los anarquistas del siglo XIX, cuando esas personas hablaban de una sociedad igualitaria y comunal, muy diferente a la actual. Menos polvos de mierda y más cartas de amor, por favor.

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