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Sushi y ‘burgers’ de primera necesidad

Hasta nuevo aviso, desde ese sábado 14 de marzo solo existían dos tipos de trabajos: los esenciales y los no esenciales. Así lo dispuso el Real Decreto 463/2020 con el que se declaró el estado de alarma en el Estado español por la crisis sanitaria de la Covid-19. A los pocos días, ya no había horas punta. Los vagones de metro se vaciaron de trabajadores no esenciales. Las calles, de tan quietas, parecían una foto. Los semáforos estaban de adorno.

Y, de repente: fiuuuuuuuuuuuuuuuuuuuum!

Una bicicleta rompía la estampa. Era tal el silencio que se oía nítidamente el roce de los neumáticos con el asfalto. Levantabas la vista y era una de esas bicis con caparazón. Amarillo. Verde. Azul. Alguien había pedido algo a domicilio.

“Nosotros no estuvimos nada de acuerdo con que se incluyera a los riders [repartidores de plataforma] como trabajadores esenciales —dice Nuria Soto, portavoz del sindicato Riders x Derechos—, y menos sin delimitar qué tipo de productos se podía pedir por las apps y cuáles no. ¿Que te traigan sushi a casa es primera necesidad?”.

En el mismo sentido, Robert Castro, abogado laboralista y portavoz del sindicato FreeRiders, denuncia que se ignoraron por completo las demandas de los sindicatos. “Se puso en la calle a los repartidores sin poder garantizar su seguridad. Las empresas que dieron material de protección lo hicieron mal y tarde. Y lo que es peor, con una prevención de riesgos laborales insuficiente y cutre”, se queja.

La portavoz de Riders x Derechos añade que “enviar una newsletter con información que puedes conseguir tú mismo en Google no sirve para nada”. “Y a la vista está que los protocolos de estas empresas no han funcionado. Se han producido aglomeraciones en los restaurantes y hemos visto repartidores sin guantes y sin mascarilla”, se explaya Soto.

Glovo, principal empresa del sector, con cerca de 11.000 repartidores en todo el Estado, no ha accedido a dar una entrevista a deriva. Vía correo electrónico, se ha remitido a una valoración general sobre su actividad durante la pandemia, en la que se puede leer: 

Desde el inicio de la pandemia, la compañía ha proporcionado kits de seguridad e higiene a los colaboradores para protegerse y evitar contagios, entregando más 130.000 guantes y 190.000 mascarillas.

Estas son las historias de cuatro riders que trabajaron durante el confinamiento.

La cápsula de seguridad

Nunca me había dado este dolor. Es constante… como una aguja que se me clava.

La semana pasada estuve con full pastillas.

Empezó en el lumbago, abajo en la espalda. Se me alivia, luego me vuelve a aparecer. Se me sube por un costado y se me queda en el trapezio.

Cambié la amortiguación de atrás de mi moto para descartar que fuera de eso. Me dejé 310 euros en unos YSS porque los míos estaban gastados, pero el dolor siguió. 

Ahora me estoy tomando pastillas más fuertes y hoy amanecí mejor. Voy a descansar un par de días. Total, hace poco un cliente me valoró mal una entrega y en la app se me han abierto menos horas para repartir. 

Es una mierda porque es mi única fuente de ingresos y en Glovo, si no trabajas, no ingresas. Yo necesito producir porque detrás de esto es que pago mi piso, que mi familia come y que le envío dinero a mi madre cada fin de mes. Pero hasta el fin de semana, que no cuenten conmigo.

La primera quincena fue una paranoia. Nos enfrentamos a algo invisible, no le hacían tests a nadie y la ciudad entera quería que le lleváramos sus pedidos. Sentí miedo, como todos, y me vi un foco de contagio. En seguida me compré gel y una mascarilla como pude. Todas las medidas que apliqué corrieron de mi parte.

Decidí trabajar del tirón. De las diez de la mañana hasta las ocho de la tarde. Cuando salía por la mañana me llevaba mi sandwich de jamón y queso y lo comía en la calle. Así evitaba ir dos veces a casa y exponer a mi chica.

Pero lo que de verdad me hacía sentir seguro era mi casco. Es de esos que cubren la cabeza entera. Negro. Lo llevaba puesto todo el rato, durante horas y horas. No me lo quitaba en ningún momento y ahora me tiene medio afectado. Para mí, era como estar dentro de una cápsula de seguridad. 

Cada vez que iba a entregar algo, me subía la visera. A veces me abrían la puerta o, simplemente, me decían:

—Déjalo ahí.

Nos enfrentamos a algo invisible, no le hacían tests a nadie y la ciudad entera quería que le lleváramos sus pedidos

***

Yo me he sentido esencial, pero los clientes nos usaban por completo. 

Un día me entró un pedido que decía:

Ven a recoger una bolsa.

Así que fui y se la recogí a la señora. 

Cuando vas a recibir el paquete, en la app de Glovo no te aparece el punto de entrega. Solo cuando lo recoges es que te aparece el destino.

Le das a un botón y te aparece la calle y el número. Lo puse en el Google Maps y me fui para el lugar. Cuando llegué casi por inercia… ¿te puedes creer que estaba frente a un hospital?

Buff…

Te juro que mi cuerpo empezó a temblar… ¿Será que este sea el día en que me contagie?

Imaginé que traía algo para un paciente ingresado. Cerré mi casco y, tratando de aguantar la respiración, fui a donde las recepcionistas.

—Hola… me han enviado a entregar esto, pero yo no voy a subir, no quiero ir a la habitación del paciente…

Ellas tampoco querían subir. No estaba permitido pasar a según qué zonas. De últimas, me tocó llamar a la señora:

—Mira… de verdad, esto que has hecho… No me has avisado de que era para un hospital y estamos en la situación en la que estamos. Te llamo para decirte que no voy a subir a la habitación a entregar el paquete, voy a tratar de dejarlo en recepción.

Me fui tan rápido como pude. Me desinfecté con el gel y seguí repartiendo.

Luego de ese, tuve que hacer otras tres entregas en hospitales. Les enviaban ropa, tablets, libros… cosas para que los pacientes se distrajeran. Repartí en el Universitario de Moncloa, el San Rafael y el Hospital La Princesa.

Es verdad que oficialmente Glovo dijo que durante el confinamiento no nos penalizarían por cancelar pedidos. Pero uno nunca sabe qué hace la empresa en realidad con nosotros y qué consecuencias puede tener, por ejemplo, rechazar muchos pedidos.

Y no era solo eso. El principal problema era que yo no sabía que estaba yendo a hospitales cuando recogía las cosas. Los clientes no me lo decían.

Ya sabes, eso de “Ah bueno, un repartidor… que se las apañe”.

Cada vez que entraba me ponía a temblar. Cerraba el casco, intentaba no respirar y dejar el paquete como podía. 

Una única vez fue que subí a la primera planta. Era un caso que me daba mucha pena. El paciente estaba en una habitación ahí encerrado. Subí las escaleras y le toqué la puerta:

—Aquí se lo dejo…

¿Pesadillas? No, no tuve pesadillas. Llegaba tan reventado a casa que dormía del tirón.

Mi cuerpo al límite

Si el virus estaba en algún sitio era en esas colas.

Te acercabas al KFC de carrer de Sants, en Barcelona, y veías a quince o veinte riders apiñados en la puerta. Pegados los unos a los otros.

Tras el tapón humano, una mesa con gel desinfectante nos bloqueaba la entrada al restaurante. El objetivo de los riders era abrirse paso entre ese muro de personas frente a la mesa. Y esperar. 

Al otro lado del cristal, una chica del KFC hacía treinta funciones a la vez. Preparaba pedidos, ordenaba bolsas, revisaba tickets.

Cada cierto tiempo, salía del interior con las manos llenas de bolsas. Y empezaba la locura.

Abría la puerta y los riders como:

—¡Uaaaaaaaaaaaaaaaaaaaarrrrgggg! —se abalanzaban sobre ella.

Se creaba un muro acústico tan fuerte que era imposible oír nada si no estabas en primera fila. Entonces se ponía a gritar uno a uno el código de los pedidos que sacaba:

—¡Glovo Dos-Nueve-Cincooooo!

—¡Glovo Cero-Cinco-Ochoooo!

—¡Uber Hache-Jota-Cinco-Cuatro-Dos-Uuuuuu!

—¡Glovo Cinco-Nueve-Seeeeeis!

—¡Uber Cuatro-Ocho-Te-Seis-Uvedobleeeeee!

—¡Uber Cu-Efe-Dos-Efe-Sieteeeeee!

—¡Glovo Nueve-Cero-Treeeeeees!

—¡Glovo Uno-Seis-Doooooos!

—¡Uber Cuatro-Cinco-Uve-Erre-Cerooooo!

—¡Glovo Seis-Cuatro-Sieteeeee!

Al poco rato veías cómo iba perdiendo la voz. Todos iban a saco para recoger su bolsa e irse corriendo a entregarla. 

La distancia de seguridad era totalmente inexistente. Para nosotros, el tiempo es dinero.

***

Nadie estudia para ser repartidor. No es el sueño de nadie, pero la vida da muchas vueltas. 

Yo me mudé a Barcelona hace cinco años para estudiar cine. Ya me gradué y ahora trabajo en una galería de arte. De vez en cuando también me llaman para rodajes y videoclips.

Cuando empezó el confinamiento, mis jefes me despidieron hasta que volviera a abrir la galería. Cuando me lo dijeron, ya llevaba diez días buscando trabajo.

No tengo superpoderes [ríe], pero soy de Milán. Mis amigos me decían que en Italia había un lockdown total, que no se podía salir de casa y que los únicos que estaban en la calle eran los riders.

Tenía que hacer algo para sobrevivir.

Así que me puse a buscar. Pero busqué a saco. A SACO. Cualquier tipo de trabajo. De cualquier cosa. Busque algo —¡ALGO!— para poder pagar el alquiler durante el lockdown y encontré esto de Uber Eats. Para mí fue como “¡Wow, salvada!”.

¿Paro? Qué va.

Ya sabes cómo va el mundo del arte y del cine. Casi siempre te pagan en negro. He firmado contratos, sí, pero nunca fueron seguidos. He trabajado mucho, pero no llego a un año cotizado.

La distancia de seguridad era totalmente inexistente. Para nosotros, el tiempo es dinero

***

Esto es lo más duro que he hecho nunca.

Tengo veinticinco años, soy técnica eléctrica y estoy acostumbrada a cargar material pesado durante rodajes de doce horas. No quiero hacerme la supermachota pero, aunque no tenga músculos de gimnasio, estoy más fuerte que una mujer media. Y que muchos hombres. De hecho, tengo el pelo corto y siempre me confunden con un tío.

Pero repartir con la bicicleta es otra cosa. Nunca he llevado mi cuerpo tan al límite. Siento como me dice:

—Para, por favor, para, para.

Salía los siete días de la semana. Si no, no me llegaba para el alquiler. Muchas veces te tocaba pedalear y pedalear cuesta arriba por 3,5 euros. 

Primero te duelen las piernas y la espalda. Luego llega un cansancio que es total.

Sushi, pokes, hamburguesas… Solo caprichos, nada esencial. 

Yo sabía que me tendría que pasar un montón de horas con la bici. Sabía que no iba a tener ningún derecho. Que iba a trabajar para el enemigo. Que los riders cobran una mierda. Que se matan. Todo eso lo sabía.

Ahora, cuando lo vives… cuando lo VI-VES, joder. Todo se superó, pero se superó mucho, mucho, mucho.

Durante el primer mes de confinamiento duro, Uber no me dio ningún tipo de material de seguridad. Nada.

Eso sí, cuando te conectabas a la app, siempre te salía un aviso:

Precauciones por el corona… bla, bla, bla, bla, bla… 

Veinte o treinta líneas de texto sobre las medidas de prevención. Las podías leer, o no. Daba igual.

Me tuve que comprar mi mascarilla de tela porque con las de tiras azules y blancas te ahogabas en las cuestas. Y guantes.

Entonces salías a repartir y, de repente, te saltaban avisos:

Ve con cuidado. Recuerda que estamos en estado de emergencia.

No me jodas, eso ya lo sé yo . [Ríe]

 

Cambio en el sistema de tarifas

El 16 de abril, un centenar de riders se concentraron en Madrid para denunciar que Glovo había bajado la tarifa base en los pedidos de corta distancia, los más habituales. En Barcelona, de 2,80 euros a 1,30 euros. En Vitoria, de 2,5 euros a 1 euro. En Madrid, Valencia y Sevilla, de 2,50 euros a 1,20 euros. 

La empresa lo comunicó de un día para otro vía correo electrónico:

A partir de hoy, verás reflejada una modificación económica de los parámetros.

En la misma circular, Glovo informaba al rider:

Hemos hecho un estudio de simulación para asegurar que el promedio de tus ingresos sigue siendo el mismo.

“A la vez que Glovo bajaba las tarifas a la mitad en plena pandemia, Oscar Pierre, CEO de la empresa, anunciaba en Twitter que su empresa estaba ofreciendo cosas tan guays como envíos gratis a médicos y medicamentos de parafarmacia, así como todo tipo de promociones —apunta la portavoz de Riders x Derechos, Nuria Soto—. Han aprovechado la pandemia para hacer un lavado de imagen”.

A la vez que Glovo bajaba las tarifas, anunciaba envíos gratis a médicos y todo tipo de promociones

Para Robert Castro, de FreeRiders, esta modificación es una “perversión”. “Muchos de los repartidores son migrantes. Algunos, con dificultades para hablar castellano. Si ya de por sí les es muy complicado encontrar trabajo, imagínate en plena pandemia. No les quedó otra que seguir repartiendo con las tarifas a la baja”, argumenta el portavoz. 

La valoración general remitida por Glovo no hace referencia a la modificación de las tarifas. Pero se lee: 

Durante la crisis las pymes que permanecieron abiertas en Glovo han visto crecer sus ventas diarias en la app hasta un 90% en comparación con datos previos a la crisis sanitaria.

Cervezas, tabaco y pilas

Yo estaba en casa preparándome para salir a trabajar, como cada tarde, cuando me enteré.

— Acá llegó un correo de Glovo donde dice que mañana nos cambian el sistema de las tarifas —le dije a mi mujer.

—¿Cambiaron para bien o para mal? —me contestó.

En ese momento no lo sabía. La comunicación decía que no íbamos a notar un efecto en las ganancias. Tocaba salir a la calle, repartir y echar cuentas.

Nadie, absolutamente nadie, se lo esperaba. Y eso nos molestó. Mucho. Fue el tema de conversación durante semanas, en la calle y en nuestros grupos de Whatsapp. Muchos riders quieren ser asalariados, muchos quieren ser autónomos, pero todos estábamos en contra del cambio de tarifas y de cómo se había hecho.

Sin embargo, para mí, nunca existió la posibilidad de dejar de trabajar. Los primeros días de confinamiento, mi mujer lo intentaba.

—Bueno, no te estoy obligando a quedarte en casa, ¿eh…? Pero que sepas que, si quieres quedarte… puedes quedarte…

El que diga que no sintió ese miedo estará mintiendo, pero las facturas llegaban puntuales. 

Salí desde el primer día. Glovo se tardó como otros veinte en entregarnos algunas mascarillas. De un solo uso. Al poco, volvieron a escasear. Quedaba de nuestro lado conseguir las medidas de protección.

En mi caso, un amigo encontró y las compartió conmigo.

***

Hace dos años, llegué de Venezuela. Vine solo, mi familia se quedó allá. Al llegar, se me hizo bastante complicado encontrar trabajo y la opción de repartir fue una gran solución. Vivía en una habitación en un piso compartido y tenía pocos gastos. Al tiempo, vinieron mi mujer y mi hijo y la cosa cambió.

***

—Papá, ¿qué tal te va con las nuevas tarifas? —me preguntó un día mi hijo. 

Le respondí lo mismo que les diría ahora a los responsables de Glovo. Pero en su momento, les concedí el beneficio de la duda. 

Tres días después del correo con el cambio de tarifas, Glovo nos mandó otro con una invitación. Nos convocaban a un Zoom para escuchar nuestras opiniones.

La reunión duró una hora. Por un lado, estaban el jefe de logística, el de comunicaciones y el de tecnología. Por el otro, éramos unos 400 repartidores. Yo no tuve la oportunidad de intervenir. Tratabas de pedir la palabra, pero siempre estabas en cola.

—Esperad unos días y veréis las ganancias diarias. Veréis las ganancias por horas. Daos cuenta de los números —nos decían.

Eso fue lo que hice. Esperé y seguí currando.

Uno de los pedidos que más recuerdo fue cuando le llevé el mercado a una señora de avanzada edad. 

—Mi hija me visitaba todos los días, pero ahora ya no puede venir —me dijo.

Había personas mayores que no podían salir de sus casas. O que les daba miedo. Esa misma señora me pidió si le podía botar la basura.

—No se preocupe, yo se la tiro.

Pero así como te cuento, hubo muchos otros pedidos que te hacían plantearte si eso era esencial. Cada noche, como antes del confinamiento, te pedían cervezas. Una madrugada repartí un paquete de tabaco y unas baterías AAA.

—Pues mira, hijo, antes igual en tres horas hacía diez pedidos. Ahora igual hago dieciséis, pero por la misma cantidad de dinero. O sea, que trabajo más, pero por la misma cantidad de dinero o incluso un poco menos —le contesté.

La disputa por el modelo laboral

Repartidores y sindicatos denuncian que la crisis de la Covid-19 ha tenido un especial impacto en los riders como consecuencia de la disputa por la relación laboral entre las apps y los repartidores.

“Glovo y las demás plataformas no hicieron una formación de riesgos laborales porque esto significaba entrar en contradicción con el modelo de autónomos que defienden”, afirma el portavoz de Free Riders. Para Robert Castro, una correcta formación hubiera implicado el reconocimiento de los riders como falsos autónomos, ya que “según la normativa de prevención de riesgos laborales, es responsabilidad de la empresa garantizar la salud y la seguridad de sus trabajadores”.

En el correo genérico que Glovo ha enviado a deriva se enumeran las medidas de protección a los repartidores que tomó la plataforma: “Entregas sin contacto”, “Pago con tarjeta”, “Entrega de kits de seguridad e higiene” y “Canal de comunicación 24 horas vía email”. Además, se añade:

La compañía ha dado soporte económico a los repartidores diagnosticados por el Covid-19 durante el tiempo que duró la cuarentena.

Pese a ser preguntado directamente por ello, Glovo no concreta la cantidad de este soporte ni si también estaba disponible para los riders con síntomas de Covid-19 que no pudieran hacerse los tests correspondientes.

“No necesitamos la compasión de las empresas contesta Nuria Soto, portavoz de Riders x Derechos—. Necesitamos derechos laborales y con eso ya viene todo. No es lo mismo que Glovo abra un fondo por enfermedad a que los riders coticen, tengan una baja laboral y cobren lo que les toca. Necesitamos que se nos reconozca como trabajadores”.

 

En la lista negra 

A mí el confinamiento me pilló en casa de mi madre.

Después del toñazo que casi me deja gilipollas, me daba palo que mis compañeros de piso me tuvieran que ayudar a ducharme y a limpiarme el culo, así que me fui a vivir con ella. Y claro, comida y todo eso, sí; pero dinero no me daba, ¿sabes? Y a mí se me acumulaban las facturas.

Cuando volví a tocar la bici todavía se me movía un diente y tenía el brazo un poco allá.

—Joder, ya estamos aquí otra vez —pensé. 

Mis colegas me preguntaban por qué estaba saliendo a repartir, por qué me la jugaba en plena pandemia si ganaba tan poco.

—Tío, pues porque yo con los 250 euros de la pensión de mi padre vivo diez o quince días al mes, no más.

Empecé a salir cada día. Me sentía absurdo repartiendo hamburguesas. Una amiga mía perdió dos familiares directos y no pude ir a verla. Ni yo ni nadie. Y me jodía profundamente pensar que tuvo que estar sola en el entierro, pero que esa misma noche la gente podía estar pidiendo pizzas a domicilio.

Hubo una vez que salí un poco antes de las ocho y alguien que me gritó:

—¡Esto también va por los repartidores!

Y yo me puse en plan joder, tío, me están poniendo al lado de los médicos, las enfermeras, las trabajadoras de supermercado… y yo estoy aquí repartiendo comida a gente a la que le da pereza cocinar. Yo no me merezco un aplauso, sino condiciones de trabajo dignas.

Después de eso, empecé siempre pasados los aplausos.

***

Mi bici es una bici negra del Decathlon de hace quince años. Reventada y llena de pegatinas. De las que llevo, la que más me gusta es la de Deliveroo explota.

Deliveroo explota. Deliveroo manipula. Deliveroo despide. Deliveroo esclaviza.

Esas son las mejores.

Luego también tengo muchos logos:

Riders x Derechos. Riders United. Yac. La Pájara. La Intersindical. La de No más precariedad.

Yo no me oculto.

A mí me conocen como el repartidor de la mochila de las pegatinas, porque a parte de la bici, la mochila también la tengo llena. Yo ahora curro para Uber Eats, pero voy con la de Glovo, y debajo del logo he puesto:

—MATA.

¿Sabes? Para que la gente vea el “Glovo” y debajo lean “mata”. GLOVO-MATA.

Alguna vez se me acerca tímidamente algún repartidor, pero no suelen preguntarme mucho, y menos por las pegatinas. Me saludan, ¿eh? Pero de lejos. Saben que, si los ven hablando conmigo, su trabajo puede correr peligro.

Es lo que tiene estar en la lista negra de una multinacional.

La verdad es que si hace cuatro años alguien me dice que hoy sería portavoz de un sindicato, que iría a Madrid a hablar con la ministra de trabajo o al Parlamento Europeo, lo primero que le habría dicho es que qué se ha fumado. Lo segundo, le habría pedido el número de su camello. [Ríe]

Tuve suerte. Me crucé con las personas indicadas y me abrieron los ojos sobre la figura del falso autónomo; para que se respeten nuestros derechos tenemos que estar organizados. 

Y eso fue lo que hicimos aquí en Valencia cuando el Gobierno nos declaró esenciales.

No había mascarillas en casi ninguna farmacia de este país y, durante el primer mes, las empresas no nos dieron nada para protegernos. Nos mandaban a la calle sin material sanitario.

Por eso en Riders x Derechos centramos nuestra lucha en proteger a los repartidores. Nos fuimos a reunir con el Ayuntamiento de Valencia y con la Generalitat para conseguir EPIs y geles. 

Avisábamos a los compañeros por redes sociales con mucha antelación y, cada jueves, a las siete de la tarde, nos poníamos a repartir en Plaza del Norte. Dábamos cinco mascarillas a cada uno. En total, fueron más de 3.000 artículos. 

Ahí sí me sentía útil, y no con las hamburguesitas de 12 euros a la espalda.

En esos repartos, las conversaciones entre repartidores eran las de siempre:

—No queda otra.

—Somos la última mierda.

Hubo un repartidor que se puso a llorar cuando le dimos la mascarilla y el gel, así te lo digo. Ten en cuenta que muchos compañeros son inmigrantes. Algunos con permiso de trabajo y otros, no. Pero todos dependen de esto para vivir y no podían enfermar. Tampoco pueden sindicarse porque, si alguna de estas empresas se entera de que se ha afiliado con nosotros, se va a la calle.

***

Ciento veintitrés pedidos. El otro día lo miré. Eso fue lo que repartí durante el confinamiento. ¿Lo que más? Esas hamburguesas. Ni supermercado ni mierdas, hamburguesas. Pero hamburguesas de hamburguesería, ¿eh? Hamburguesitas finas. De las que el pedido total le sale al cliente por cuarenta pavos y yo solo me llevo tres.

Lo único bueno de todo esto es que la peña parece —PA-RE-CE— que se sentía mal por pedir en plena pandemia y, tío, me han dado más propina en el tiempo de pandemia que en el resto de mi vida trabajando en estas aplicaciones.

¿Qué cómo sé que la peña se sentía mal? Pues porque cuando ha acabado el confinamiento se han acabado las propinas.

Lo que más repartí fueron esas hamburguesas. Ni supermercados ni mierdas, hamburguesas

***

Tengo una cicatriz en el labio que es para toda la vida.

Y ocho puntos, tío. Ocho puntos en el labio y cinco puntos en la ceja. Y el diente ese que se me sigue moviendo cinco meses después.

No te voy a mentir, iba con la presión con la que van todos los repartidores. La presión de cobrar por pedido. De entregar uno y tener que ir cagando hostias a por el siguiente porque necesitas facturar.

Es que te ves obligado a saltarte incluso semáforos y leyes de tráfico.

En un momento, me puse en contra dirección. Todos los coches me venían de cara. Para evitarlos, me metí por la plataforma del tranvía, ¿vale? Y cuando me metí en la plataforma, vi que detrás me perseguía un tranvía.

Pues, tío, le metí caña, le metí caña, le metí caña y al final…

Tuve suerte porque había una enfermera cerca y estuvo conmigo todo el rato. Me tocó el cuello para ver si tenía alguna fractura. 

—Me duele mucho la cara, la cara… —era lo único que yo les decía.

Normal que me doliera. Lo que es el labio, donde se junta la parte inferior con la superior… yo lo tenía completamente separado. No se juntaban la parte de arriba con la de abajo en ningún momento. Me lo había partido. El labio y la ceja. Y un esguince en el escafoides.

Me había comido un bolardo y tenía toda la cara destrozada.

Uber no me pagó nada por el accidente. Ellos te pagan lo que te cueste la hospitalización, que en España es cero. Pero es que no me enviaron ni un mail interesándose por mí. Y sabían que me había hostiado porque la policía los llamó mientras yo estaba en el suelo.

En cualquier otro trabajo, habría cobrado el seguro del trabajador. 

En el momento en el que tienes un accidente te das cuenta que hay que luchar para que se acabe la figura del falso autónomo.

De momento, si estas multinacionales saben mi nombre es que algo estaré haciendo bien. Con esto me basta.

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