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Trabajo (mucho) porque me gusta

“Pero si trabajas de lo que quieres”. “¡Eso no es trabajo!”. “Ya llegará la estabilidad”. Con la excusa de que son vocacionales, los trabajos ‘creativos’ se han convertido en sinónimo de autoexplotación. Prácticas características del sector del arte, como la temporalidad y la precariedad, se trasladan a oficios de la comunicación y la cultura. Y las consecuencias para la salud mental son directas. Las mismas tecnologías que azuzan el problema son parte de la solución; la esperanza puede ser 2.0.

Solo hay una clase de nervios peores que los que se tienen sobre un escenario. Y son los que se tienen antes y después de subirse a él cuando, al consultar el móvil, las notificaciones duplican al público de la sala. Las mayoría de escenas discurren hoy en stories. No hace falta ser artista para experimentar el sofoco de la proyección.

Educadora social de profesión, Anabel Lorente ha vivido dichos nervios en múltiples ocasiones. Los del escenario, de forma puntual, y los del móvil, de forma regular, desde que publicara en septiembre de 2018 un vídeo en su cuenta de Instagram donde reflexionaba sobre situaciones cotidianas bajo perspectiva feminista. True story, llamó a los bocetos.

La joven, del barrio del Clot de Barcelona, siempre había fantaseado con la idea de dedicarse a trabajos creativos. Tras esos vídeos, hubo match; en menos de dos meses, los followers se multiplicaron y su móvil se llenó de notificaciones. Centenares de mensajes de personas que habían pasado por las mismas situaciones que ella describía y, camuflados entre ellos, algunas ofertas de colaboración: “Las notificaciones eran incontables: cada dos minutos, veinte, que era el máximo que me dejaba ver”.

El aluvión fue tal que Lorente petó.

La autora de True story, @catana3el en redes sociales, se vio en una encrucijada: no podía dejar su trabajo de media jornada como educadora por la inestabilidad de las propuestas que le llegaban, todas ofrecimientos puntuales y, por lo general, no bien remuneradas. Pero a la vez un halo de esperanza la invadía cada vez que un nuevo mensaje hacía vibrar el teléfono. “Tengo que contestar, tal vez sea algo interesante”, se decía.

La participación en la Navidad de ese mismo año en un recital de comedia en Madrid fue el principio del fin. No estaba en su mejor momento, pero… “la oportunidad”. Sobre el escenario, contaba su propia experiencia vital. Y nadie se reía. Lo contaba con tanta crudeza, que no arrancaba ni una mueca. Lorente ya acudía a un especialista para tratar síntomas de ansiedad y depresión que la sobreexposición acrecentó.

Pocos días después, desapareció de las redes sociales.

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La historia de Anabel no es una excepción. 

No todo el mundo gana followers con cada bocanada de aire. Pero sí es generacional el deseo de trabajar de algo que nos guste, nos llene y, en última instancia, nos dé de comer. Y el mercado laboral parece estar encantado. Tanto es así que diferentes voces se han movilizado contra los trabajos hegemónicos del capitalismo inmaterial, apodado así porque las competencias y habilidades individuales del trabajador se convierten en el centro de la actividad productiva. Persona y trabajo se fusionan. 

Una de las expertas que más relevancia ha ganado en los últimos años es la de la doctora Remedios Zafra. Autora de El entusiasmo, Premio Anagrama de Ensayo 2017. La especialista alerta de los peligros de los trabajos cimentados en el yo, trabajos que construyen la identidad y que no solo sirven para pagar las facturas.

“Cada vez se puede llevar más al mundo cultural, creativo o académico. El antiguo modo de producción artístico está pasando a ser el económico dominante. El modo artístico convertía una vocación en el centro de la práctica, no tenía porqué ser remunerada, convertía al yo en el centro del trabajo. La vanidad como forma de pago”, dicta Zafra, que atiende la llamada telefónica de DERIVA entre tutorías universitarias.

Las prácticas hasta ahora consentidas en el mundo artístico (dar por hecho el pago sólo con la visibilidad, la temporalidad y consecuente la precariedad), han pasado a ser el centro de muchos trabajos publicitarios, académicos, periodísticos, comunicativos y culturales. 

En España hay actualmente, según el Foro Europeo de Profesionales Independientes (EFIP), 700.000 trabajadores independientes. Un 40% más que hace diez años. El mismo año de la publicación del libro de Zafra, 2017, se apuntó en el festival WeShare de Barcelona que en 2020 la mitad de los trabajadores de Estados Unidos serían autónomos. No ha sido tal el caso, pero la popularización de la uberización económica –trabajos puntuales y de plataforma– es incuestionable; la asociación Freelancing in America cree que la cifra de trabajo autónomo (50% sobre el total) se alcanzará definitivamente en 2027.

Remedios Zafra hace años que defiende que el gran error es seguir viendo la proliferación de estas prácticas como algo “solo de artistas”. “Esto caracteriza a casi todos los trabajadores que utilizan la tecnología, y cada vez lo hará más. La tecnología ha sido el punto de inflexión, y siempre bajo los epígrafes de buen tono de flexibilizar el trabajo”. Asegura Zafra que las empresas saben que estos trabajos parten de una vocación y por ello se benefician de la “temporalidad y precariedad de las personas que están siempre disponibles para ser aspirantes. Conozco personas de la academia de 40 y 50 años que siguen en esa rueda de aspirantes, pese a ser grandes profesionales”.

En la misma línea se expresa la profesora, directora y ensayista, Ingrid Guardiola: “Estos problemas afectan a todos los sectores. Y solo se explican los casos de éxito. Se está haciendo una operación de márketing para que el futuro sea más flexible, más precario, más inestable. Así acabaremos siendo más conformistas”.

La red laboral para autónomos Malt, la principal del estado con 170.000 freelancers registrados, secunda las palabras de las expertas: el 75% de los encuestados decidió deliberadamente hacerse freelance. Porque buscaban mayor estabilidad entre la vida laboral y personal, saciar su espíritu emprendedor y aprovechar una oportunidad. La media de edad de la plataforma está en 35 años. 

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Hoy día es imposible tener una mesa de trabajo vacía. Se pueden quitar plantas, posits, luces, llaves, libros y tabaco. Pero sólo el móvil ya ocupa más espacio –mental– que todos esos objetos juntos. 

Queralt Lahoz dispone un ordenador (cerrado), dos libretas y el teléfono sobre la mesa. Se enfoca a escribir.

“Piiip”, le aturde el teléfono. 

Lo pone en silencio. 

Las luces se encienden. “No es blanca, será un correo”. 

Vuelve a la libreta. 

Mira el teléfono: un correo sin relevancia. Ni una línea escrita en media hora. 

Queralt Lahoz, cantautora de Santa Coloma de Gramenet de 28 años, trabaja en su primer EP en solitario, 1917 (Say it Loud Records). La joven vive de la música desde hace tres años gracias a un proyecto a dúo, De la Carmela. No puede decir que no a nada: mensajes, llamadas, correo electrónico e Instagram (@queralt_lahoz) son la vía para llegar al trabajo.

“Seas ilustrador o cantante, dentro o fuera del arte, te esclavizas. Tienes una autoexigencia tan, tan fuerte… Y te la comes tú solo. Nos han individualizado. Llegas a un punto de ‘tengo que estar a esa hora’, ‘cumplir con esa fecha…’. Todo para cumplir con las expectativas y el trabajo autoimpuesto. Cada vez más trabajo y menos remuneración. Es una rueda en la que estamos todos: estar estupendo y perfecto, llegar a la meta sin parecer que sudas”, dice.

“El sistema intenta normalizar y dar por hecho que los trabajos son una secuencia de pequeñas actividades y colaboraciones, eufemismos varios, que van llenando nuestros tiempos hasta el punto de quitarnos lo más valioso: el tiempo vacío, necesario para la toma de conciencia, para retomar nuestra actividad creativa y para [desarrollar] nuestra solidaridad entre iguales”, define Zafra. “En estos trabajos se mezcla vida y trabajo de forma muy clara, la forma que tienen de implicarte es desde un conductismo extraño, reforzando positivamente tu ánimo e identidad, entrando en un terreno que en principio recae sobre el individuo. La tarea de pensarse y cultivarse debe recaer sobre uno mismo. Si lo hace la empresa, todo uno está en venta”, matiza Ingrid Guardiola.

Queralt Lahoz dedica hora y cincuenta minutos de su día a Instagram. La mayoría del tiempo responde mensajes de su comunidad, unos 7.000 followers. Entre sorbos a una taza de café con leche que ya ha rellenado una vez, comenta: “Somos nosotros los que seguimos el ritmo. Tiene un punto adictivo, porque te das cuenta que la gente está pendiente de ti y tu quieres hacerte visible; ese ‘ey, ey, ey’ nos engaña y nos hace esclavos. Los algoritmos: no sale destacado, no se ve, hay que volver a publicar”. 

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“Gilles Deleuze [filósofo francés] comentaba, en relación a la creatividad, que no se trataba tanto de elegir una u otra técnica, sino elegir entre la domesticación o la misma creatividad. ¿Qué queremos hacer, lo que hace todo el mundo o queremos detenernos y romper esa lógica? Igual hay que esforzarse por aceptar menos y aprender a enfrentar el rechazo y profundizar más en esa lógica aditiva de acumular méritos. Esa domesticación tiene que ver con la ansiedad, elegir domesticación te somete. Te coloca en esa vía de hacer lo que hace todo el mundo. Me preguntan mis estudiantes: ‘¿Podemos hacer otras cosas?’. Tenemos que hacer otras cosas. Hay un hartazgo de que esto no nos sirva, que nos dañe, que nos enferme. Las enfermedades del alma han sido hasta hace poco algo que ocultamos. Todos necesitamos de ansiolíticos y relajar el ritmo, creemos que somos unos pocos, pero es impresionante como allí donde miremos es lo cotidiano”, explica Zafra. 

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Después de meses de silencio en Youtube, Anabel Lorente publicó un vídeo: “POR QUÉ DESAPARECÍ”.

En él explicaba las consecuencias en la salud mental y emocional del trabajo de sus sueños. De un trabajo precario y estresante. Las consecuencias de la mala relación entre ego y trabajo, y la recurrente autoexplotación.

“Me he dado cuenta muchas veces que mi ego se sustentaba en un mundo horrible. Las redes se dedican a insuflar ego a todos, y el enganche va más allá de los números de los influencers. He sido capaz de salir de ello, pero me ha costado mucho daño emocional. Me saqué las aplicaciones porque sufría ansiedad. Le cogí miedo a dos aplicaciones. ¡Me daba ansiedad tener dos aplicaciones con tantas notificaciones!”.

Un buen día, eliminó las aplicaciones. 

Pero después de refugiarse en yoga, amigos y familia, sintió que debía compartir el completo de su relato en las mismas redes que la habían ahogado. “Mira, no sé si un día me pegaré un tiro en la cabeza pero al menos sabréis por qué”, se dijo. “Quería acercar a quien lo ha sufrido –y a quien no–, todo esto. Tengo una depresion, tomo medicación, pero tengo días que soy la más graciosa de mi casa. La depresión no te marca una identidad”, describe risueña Lorente, semanas después de la publicación de “POR QUÉ DESAPARECÍ”.

Ingrid Guardiola ve en el reconocimiento de las herramientas no sólo una forma de empoderamiento respecto a las redes sociales, sino también respecto a los trabajos del yo, del capitalismo inmaterial. “Hay que conocer las herramientas con las que trabajamos, es muy fácil conocer los mecanismos de un libro [ríe]. Debemos esforzarnos en saber cómo funcionan los algoritmos, qué se prioriza, cómo está jerarquizada la información en la interfaz. Eso me permite cuestionar cómo las páginas ponen en valor unas informaciones respecto a otras. Entender la naturaleza económica de estas herramientas. Las interfaces no generan verdades y experiencias autónomas, así que tienen que estar en permanente diálogo con nuestro entorno inmediato, por lo que no hay que limitar las protestas a la esfera online, hay que estar en el mundo físico porque sino de nada sirve”.

La experta en pantallas aboga por la separación entre vida personal y laboral: “Hay una propaganda de marketing que ha mostrado como espacios de realización personal lo que son espacios de producción. Alrededor de toda esa cultura digital de la autorrealización y la emprendeduría mal entendida hay muchos trabajos que se basan en que cada uno es su jefe y cada uno debe crearse su propio trabajo. Ese ‘hemos de crear trabajos que todavía no existen’. Toda esa economía informal de la emprendeduría acaba creando problemas estructurales muy antiguos: formas del trabajo precarias, on demand, algo que empezó en los ochenta, con equipos muy atomizados. Se pierde la idea de grupo y de cuerpo de trabajadores. No hay experiencia de la colectividad, por lo que no se tendrá fuerza para pedir los derechos. Autónomos solos sin red social para reclamar. Hay que empezar a poner los nombres y describir las situaciones como tocan”. 

Una posible salida a la situación, más allá de la toma de conciencia, recae en los aprendizajes del feminismo. “Hay una analogía entre estas formas de explotación contemporáneas con lo que ha hecho el patriarcado, que se ha caracterizado por hacer a las mujeres responsables de su propia subordinación. Les ha hecho tener siempre un tono afectivo para cuando llegue ‘la oportunidad’. Esa analogía me hace tener una visión positiva: hemos visto formas de resistencia para enfrentar esa perversión estructural”, apunta Zafra. “El feminismo actual se apoya en un vínculo político clásico renovado en las redes; una fraternidad que une a quienes hemos vivido situaciones de subordinación”.

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