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¿Y si un día no vamos a trabajar?

Sabemos que sin nosotros los empresarios agrícolas no podrían sacar adelante las campañas. Sabemos que sin las mujeres inmigrantes muchas familias no podrían dejar a sus mayores, enfermos y niños en casa para ir a trabajar. Somos esenciales, pero no nos tratan con la dignidad que merecemos. Hemos comprendido que sólo si nos unimos tendremos poder. ¿Y si un día nos levantamos y ninguno de nosotros va a trabajar?

He visto muchas personas morir en el desierto y en el Mediterráneo.

He pasado noches en blanco, sin poder dormir ni un minuto, en una chabola, en Lepe, rodeado de compañeros y compañeras africanas, porque la verdad es que en estos guetos sólo estamos nosotros, los africanos. No sabes lo que es una chabola hasta que no pasas la primera noche dentro. Jamás hubiera pensado, cuando empecé mi viaje hace cuatro años, tras haber sobrevivido a mi camino a través de África y el Mediterráneo, que mi destino en Europa fuera este: trabajar en las campañas agrícolas y vivir en una chabola de cartón, plástico y palés en un gueto, rodeado de cientos de hombres y mujeres africanas que sufrían igual o más que yo.

Mi nombre es Seydou Diop. Nací en Senegal en 1991. Fui estudiante en la Universidad Cheikh Anta Diop de Dakar. Decidí viajar a Europa en 2016 para mejorar la situación económica de mi familia. En mi viaje pasé por Malí, Burkina Fasso, Níger y Libia. El viaje es extremo. Hasta ese momento no sabía que las personas pudiesen ser tan violentas y que tener la piel negra era tan peligroso.

Dicen que ningún ser humano es ilegal, pero en la práctica no es cierto. Cuando tuve que cruzar ese desierto lleno de tumbas de personas que como yo buscaban una vida mejor, cuando tuve que esperar durante semanas en una cueva en medio de la nada para meterme en una patera por la noche y atravesar el Mediterráneo, pese a saber que muchas personas antes que yo habían muerto intentándolo, en esos momentos me convirtieron en ilegal. Desde que abandoné el África negra, todo lo que hacía era ilegal y debía vivir escondido para no terminar encarcelado o muerto. Moverme era ilegal, buscar una vida mejor también.

Al llegar a Europa las cosas mejoran, pero no lo suficiente. Ya no tienes tanto miedo a perder tu vida, pero debes seguir escondido. Creo que lo que todos los inmigrantes ilegalizados compartimos es el miedo. Miedo a salir a la calle, a ir al médico, a ir a trabajar. Este miedo aumenta cuando tu piel es negra. Nuestra piel define nuestra vida en un continente donde el racismo descansa en el pensamiento más profundo, en la propia cultura. Cuando los políticos hablan de inmigración irregular parece que hablan solo de África. Hablan de pateras, de la valla de Melilla y de Ceuta, pero la realidad es que la mayoría de los inmigrantes irregulares llegan en avión y no vienen de África.

Nuestra piel define nuestra vida en un continente en el que el racismo descansa en el pensamiento más profundo, a la propia cultura

Sabemos que somos esenciales

Pero sabemos que somos importantes en este país. Sabemos que sin nosotros los empresarios agrícolas no podrían sacar adelante las campañas. Sabemos que sin las mujeres inmigrantes muchas familias españolas no podrían dejar a sus mayores, enfermos y niños en casa para ir a trabajar. Sabemos que somos esenciales, pero no logramos que nos traten con la dignidad que nos merecemos. Y es muy difícil unirse y organizarse entre personas a las que se ha convertido en irregulares, en ilegales, personas que no tienen derecho ni a trabajar ni a vivir en este país.

Y esta vulnerabilidad nos convierte en buenos trabajadores, fáciles de explotar y siempre disponibles. A nosotros no nos tienes que pagar más por las horas extras, ni nos tienes que pagar más por trabajar en festivos, tampoco nos tienes que dar de alta en la Seguridad Social, ni nos tienes que pagar la gasolina. Los jefes dicen que somos muy buenos trabajadores, que no damos problemas y que somos muy tranquilos.

Las autoridades también nos quieren sumisos. No recibimos ayudas sociales porque al no tener papeles no tenemos derecho a nada. No protestamos porque tenemos miedo de que nos expulsen a nuestros países. Todos dicen que somos muy tranquilos y no damos problemas, y parece que quieren que todo siga así. Un grupo de personas maltratadas, olvidadas y explotadas que no se quejan porque no tienen derecho ni a eso, el mayor regalo para un sistema capitalista como el actual.

En Lepe, en plena pandemia, después que unas 250 personas lo perdiesen todo en los incendios de los dos asentamientos chabolistas más grandes, y sin que las personas afectadas recibiesen la más mínima ayuda, ellas mismas, con el apoyo de compañeros y algunas organizaciones, decidieron acampar en la plaza del ayuntamiento para ver si así dejábamos, ellos y todos nosotros, de ser invisibles. Pero después de 28 días las desalojaron a la fuerza y a día de hoy siguen sin tener un alojamiento digno, ni siquiera han podido reconstruir el asentamiento donde malvivían. No sé dónde esperan las autoridades que estas personas duerman en la próxima campaña.

El panorama se presenta muy duro. La reacción del gobierno central ante la Proposición no de Ley (PNL) por la regularización de las personas migrantes ha sido una gran desilusión. La reapertura de los CIES. La posición de Bruselas ante la crisis de Grecia y las políticas de control de las fronteras. El papel de los medios de comunicación que muestran siempre las migraciones como si fueran una amenaza, como si fuésemos un peligro para este país. Nosotros, por ahora, no podemos votar, pero los nacionales de este país deben reflexionar bien sobre los dirigentes políticos que están eligiendo para gobernar, y deben saber que sus votos están provocando muerte y sufrimiento.

Sabemos que somos esenciales, pero no conseguimos que nos traten con la dignidad que merecemos

Trabajar donde nadie quiere, haciendo lo que nadie haría

En España, si no tienes papeles, y encima no hablas español y eres negro, no tienes muchas opciones de empleo. Pronto aprendí que debía conformarme con los trabajos que nadie quiere. Cierto es que mi primera campaña agrícola en Jaén fue bien, mi jefe me dio una casa digna donde vivir y cobraba mi jornada igual que el resto de mis compañeros. Pero esa campaña duró tan solo unos meses. Cuando acabó, seguí a mis compañeros senegaleses hasta Huelva y, sin darme cuenta, acabé en los asentamientos chabolistas de Lepe, donde viví durante toda la campaña, para luego ir a la de Albacete. Allí, cambié la chabola por un cartón en plena calle y un grupo de policías me detuvo un día cualquiera en la estación de autobuses por el simple hecho de no tener permiso de residencia.

La verdad, cualquier inmigrante irregularizado tiene mil historias como la mía que contar. Aunque la campaña agrícola de 2019 y 2020 va a estar en nuestra memoria para siempre porque, incluso en plena pandemia, hemos seguido siendo olvidados por todas las administraciones. Han confinado a personas en chabolas sin agua, ni luz, ni saneamiento. ¿Te imaginas lo que es eso? Sólo les dejaban salir para ir a trabajar y poco más. Y con miedo, porque cuando no tienes papeles es difícil justificar en un control que vas a trabajar.

Desde Asnuci hemos llamado a las puertas del gobierno central, diputación, subdelegación, ayuntamientos y del defensor del pueblo, para pedir la habilitación urgente de edificios públicos donde alojar a las personas de los asentamientos, o la instalación de módulos de aseos o puntos de agua fijos en los asentamientos. A lo máximo que llegamos fue a que nos cedieran un camión cisterna que debíamos gestionar nosotros voluntariamente porque el ayuntamiento decía no tener recursos humanos para ello. Y ahí estuvimos, en plena pandemia, de lunes a viernes de 15:00 a 20:00 yendo a todos los asentamientos de Lepe para que, al menos, llegase algo de agua potable. Como quien le lleva agua a los pajaritos del parque. Para mí una solución vergonzosa que terminamos aceptando por ser mejor que nada… Pero un camión cisterna no soluciona nada. Si en la media hora en la que estábamos con el camión en un asentamiento alguien estaba trabajando, ese día se quedaba sin agua.

Por suerte, esta campaña no la he vivido en la chabola, pero sé bien que lo que han vivido las personas que sí han residido en ellas ha sido horrible. Horrible no solo por las condiciones de los asentamientos, sino también por el desprecio recibido por parte de todas las autoridades incluso en plena pandemia. Dentro de una chabola te sientes tratado como si no valieses nada. Es muy difícil dar la cara y denunciar, porque sientes vergüenza, porque te sientes fracasado, porque tienes miedo de perder tu trabajo si tu jefe te ve. Cuando vivía en la chabola también huía de los periodistas.

Ahora, que mi vida por suerte está mejor, y no gracias a ninguna administración, pero que sigo viendo cada día como siguen sufriendo mis compañeros, he tomado la decisión de dar la cara y contar todo lo que estamos sufriendo. Sé que cuando viví en la chabola y fui maltratado y explotado no era un fracaso personal y que todo era culpa de un sistema migratorio racista y desigual, y por eso no siento ninguna vergüenza por lo que estamos sufriendo si no todo lo contrario, siento orgullo de nuestra fuerza y nuestra valentía.

Cuando se decretó el estado de alarma, Pedro Sánchez nos decía que no dejaría a nadie atrás, y todos nosotros tuvimos la esperanza de que hubiese algo de verdad en sus palabras y que las condiciones miserables de los asentamientos mejoraran. Pero estábamos equivocados. Imagino que nosotros nunca hemos sido nadie para este país. Interesamos para sacar la fruta, para hacer el trabajo que nadie quiere, también interesan nuestros países para saquear sus recursos, pero por lo demás no existimos ni importamos, y esta crisis nos ha servido para que esto nos quede muy claro.

Aunque para nosotros no es nuevo. Desde hace ya demasiados años, pedimos que se gestionen viviendas, albergues, alojamientos de alquiler donde poder vivir dignamente, que por supuesto pagaríamos, no queremos nada gratis, no somos unos aprovechados como algunos dicen. Ni nuestras peticiones a nivel individual o como miembros de otras redes, ni las peticiones de tantas otras asociaciones, han logrado respuestas dignas a nuestra situación.

La triste realidad es que todos señalan al otro cuándo toca decir quién tiene que invertir y buscar una solución a todo esto. Todos huyen de su responsabilidad. Los empresarios tampoco asumen la suya, dicen que bastante nos ayudan ya dándonos trabajo y un sueldo con el que poder vivir, y que es el gobierno el que tiene que darnos papeles y buscarnos un lugar dónde vivir.

La campaña agrícola de 2019 y 2020 permanecerá en nuestra memoria para siempre porque, incluso en plena pandemia, hemos seguido siendo olvidados por todas las administraciones

¿Y si un día nadie va a trabajar?

Parece que, poco a poco, los y las inmigrantes ilegalizados estamos comprendiendo que sólo si nos unimos tendremos poder. ¿Y si un día nos levantamos y ninguno de nosotros vamos a trabajar? Esta crisis sanitaria nos ha ayudado a comprender que no llegará ninguna mejora si no luchamos por ella, y por eso nace la campaña estatal Regularización YA y por eso hemos comenzado desde distintas asociaciones de inmigrantes a movilizarnos y a denunciar todo lo que estamos viviendo.

Si nosotros, hombres y mujeres inmigrantes, africanas, no nos movilizamos para cambiar esto nunca cambiará porque somos nosotros, los protagonistas, los afectados, los únicos que podemos unirnos e implicarnos lo suficiente para mejorarlo. Y en esta lucha tenemos que buscar dónde está nuestro poder. Y, en mi opinión, nuestro único poder está en la posibilidad que tenemos de organizarnos y hacer un parón laboral contundente para exigir la mejora de nuestras condiciones laborales, lo cual beneficiaría también a nuestros compañeros de trabajo nacionales, y que esa presión al sistema económico promueva una modificación de la legislación migratoria. Tenemos que hacerles comprender que si nos quieren en este país como trabajadores nos tienen que querer también como ciudadanos.

Ya hemos demostrado que somos muy trabajadores, pero ahora debemos organizarnos para hacer justo todo lo contrario.

Cuando nos organicemos para no ir a trabajar, nuestra suerte cambiará.

Hay que hacerles comprender que, si nos quieren en este país como trabajadores, nos tienen que querer también como ciudadanos

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